Enero, II


Una música.
Dijeron que iba a sentir una música, en Enero.
Que me fuera de la ciudad, que eligiera dónde, cuándo, que me fuera.
Dijeron que iba a escuchar una música, algo querían señalar con eso, alguna promesa de aprendizaje. Octavio pasa por lo menos seis horas mirando televisión. Ayer quería hablar con él, me miró dos segundos, en esos momentos su cara parecía descompuesta.
Traté de abrir la boca, pero me callé.
Seguí mirando a Octavio, hasta que se quedó dormido.
Dos o tres horas más tarde me despertó. Estaba apurado.
Dijo que no me preocupara, que tenía que salir.




Enero.
Quiero sacarle fotos a las plantas, a los arbustos. Quizás a algunos animales. Hay un gato en la casa, lo escucho todas las tardes, no abro la puerta pero lo escucho. Quizás una foto del gato me gustaría, pero tiene que ser sólo del gato, aunque puede haber, de fondo, una o dos plantas.
En la Colonia he sido bien recibido, la gente me trata de manera correcta y entiende de manera bastante inmediata que no tenemos nada de qué hablar. Necesito una cámara de fotos. Pienso en Octavio, pero es difícil encontrarlo. Pienso en la hermana de Octavio, eso tiene que funcionar. Está en bikini tomando sol cerca de la pileta. El agua o el sudor le cae por una de las piernas, es como si el mundo se hubiese puesto al revés por culpa de la hermana de Octavio, gota de agua nadando en un pedazo de piel.
Le pido la cámara.
Casi no me mira, me la señala. La voy a buscar.




Quiero sacarle fotos a plantas. Recorro bajo el calor toda la Colonia. Hay niños corriendo, ya se van a cansar. Fuera, un nudo de montañas. La gente las llama "sierras", pero son montañas, piedras, tierra sucia haciendo montón.
Tomo la cámara, me detengo en algo rojo que sale de un pedazo de hierba. Alguna fruta. Estoy seguro que si tuviera una persona al lado, me daría a entender que es venenosa.
Cosas rojas chorreando.
Eso, la cámara de fotos.
De vuelta en casa..., I


Pesebre (fragmento)

He regresado al barrio, a la ciudad, y noto algunos cambios. Las casas siguen enrejadas, el pasto sigue medianamente entrecortado, algunas casas han logrado ubicarse en alquiler. Hay arenilla que se junta en el borde de las veredas, algunas libustros podados, pero el jardinero sigue siendo el mismo, lo sé, aunque sean las dos de la mañana y no esté acá. Hay, esto no implica ninguna modificación, un perro por cada casa, aunque haya casas que no tengan perros, y haya perros que no tengan casa. El aire es pesado, húmedo, mi espalda es lentamente cortada por el vaivén de la transpiración. Dejo un poco de luz encendida, suficiente poca para que permita ver y me impida dormir, aunque sé que uno tras otro los ladridos se empezarán a escuchar, y con eso será suficiente. Siempre hubo perros en esta calle. Un perro por casa, una casa por persona. Gente envejeciendo y gente que nace. Y en la esquina siguiente, cerrando la numeración, la casa de mi tía Clarisa.


La tía Clarisa es la hermana de padre, la hermana única y mayor. La madre de tía Clarisa y de padre era mi abuela. Abuela está muerta. La última vez que me vio, antes de fallecer, me pidió que me cuidara. “Cuidate”, me dijo, en un balbuceo casi incomprensible, natal. Creo que esperaba que respondiera, pero no pude responder nada. No sabía si decir que sí, decir que no, o si decirle que mejor se cuidara ella. Después su cama quedó vacía, con el gato que ella había bordado en el centro de su almohadón.


He regresado al barrio, noto algunos cambios. La gente durante el verano apenas disfruta el amanecer, se levanta tarde, en su oficio de turistas. Los jóvenes hijos salen después. Pisotean un poco las sombras, casi tanteando la futura intensidad del sol, y más tarde parten, a cualquier lado, a la pileta, al río. Todavía tienen la oportunidad de ser bellos, parecen poco preocupados, equidistantes, en una felicidad probable de vacación. En cambio, los ancianos que perviven en la cuadra amanecen temprano. Salen en su inmensa mayoría acompañados de su carrito de empresarios minúsculos y una vieja lista de almacén para usar antes de que el resto de los seres vivientes invadan con su eficacia de emergencia las promociones del supermercado. Caminan despacio, el carrito que usualmente llevan para hacer las compras parece un carrito de bebé, pero el bebé está ausente, y vacío, aunque ellos a veces se dan vuelta para mirar, comprobar que está completa la lista de las compras, o esperar algún semáforo, algún auto que atraviesa despavorido la calle, hacia la ruta.


El padre de mi padre y de mi tía se llamaba Eusebio. Un nombre horrible, gigante, para un hombre que apenas conocí. Después abuela me contó que trabajaba en una empresa de tren, que más tarde pasó a la industria automotriz, y que finalmente trabajó haciéndole trámites a amigos ingenieros. Padre me había contado, en realidad, otra historia. Abuelo era hijo de una enorme familia, el padre de abuelo había hecho un montón de plata, abuelo era el hijo menor, el menos querido, el más lejano. Cuando se casó con abuela, la familia, contenta, lo dejó. Lentamente la brecha se fue abriendo, y el éxito caía como una lluvia poderosa de oro sobre el barrio exclusivo de los demás. Padre también me cuenta que Eusebio le pegaba a su hija. Su hija, Clarisa, que siguió viviendo con ellos. Incluso después, cuando mi abuelo falleció y sólo restaba la abuela.
Respecto a eso, a todo esto último, tía Clarisa no dice nada. Solamente habla con padre, para preguntarle por qué no ha pagado su cuenta de luz.


Hace mucho calor aquí, eso no implica nada nuevo. Las sierras están cerca, casi enfrente, como una enorme pared negra donde el sol se calienta y hace, más tarde, rebotar centuplicado el calor. Siguen siendo las mismas sierras, hay un pequeño caminito hecho por las pisadas de tierra de niños aburridos al atardecer. Yo tracé, también, ese camino. Pero ahora en realidad hay dos, el de siempre, y otro más, que corre paralelo, más puntiagudo, directo, y eficaz, en su carrera hasta la cima.
Ladrillitos de pascua


hoy tuve un ataque de pánico
viajábamos con el fer
arriba del colectivo
él me contaba de su día domingo
nadando con tres amigos, comían frutas,
a uno le tocó una manzana podrida
y la tiró, tan lejos,
que llegó de este lado del pasillo
donde el colectivo avanza
y está a la vez detenido
alguien espera de mí
una gran decisión

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todas las tardes sueño con una estantería
donde un hombre parecido a dios
cambia la fecha
en el papel


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en enero va a hacer un calor de tres putas
en enero va a cruzarme el cuerpo el sudor
como un batallón llevando cruces
de fuego
en enero todo va a ser enormemente aburrido
el estandarte que llevan los soldados
no tiene el nombre
de ninguna pasión