Playmobil (una introducción)


Las ocho menos cuarto de la mañana. Una señora de pelo negro parecida a Mirtha Legrand dice cosas que no entiendo. Sonríe: tiene la boca pintada y una mano detrás del vestido. Tres señoras más jóvenes izan la bandera. La reja es negra y el sol es azul. La bandera sube hasta el tope y después baja hasta la mitad, un señor dice cosas muy extrañas y un par de chicas estúpidas que están al lado mío juegan, o sonríen. Veo que hacen movimientos con las manos, pero no entiendo. La reja es negra, el señor que abre la reja también, si las chicas no mueven las manos puedo ver entrar un auto verde. Fuera de horario. La bandera no se agita, otra señora dice unas palabras y creo que habla de nosotros. Mi padre tiene los ojos enrojecidos y las manos llenas de cal, mi prima no la veo, está del otro lado del jardín. La reja es negra, el auto es verde, veo salir una pierna enyesada y no hay sol. Empiezan a cantar el himno, como no me interesa la letra no lo puedo seguir, pero veo que Mirtha Legrand se lleva la mano al pecho. Tiene el pecho liso y llano como el de un hombre. Mis compañeras también. El sol es azul, hoy no hay viento. Si no mueven las manos lo puedo ver venir: tiene la pierna derecha enyesada. Trata de caminar rápido, porque llega tarde. En un momento, tropieza, se cae. Eso no lo ven. Cuando más tarde abren la puerta y lo hacen entrar, miro desde cerca de la ventana. El banco en que elegí sentarme estará colocado justo al lado de ella. El marco es verde y alguna vez lo pintarán. Si tuviera una mano de plástico podría estirarla y tocar las hojas, la reja está lejos y no puedo ver si hay sol. Escribo en el pizarrón de la clase mi nombre y pierna enyesada se incomoda. Doy media vuelta y miro el mensaje escrito, tengo los ojos entrecerrados y temo leer: hay poco lugar para el hombre en el reino de dios. La bandera no flamea y no sé todavía el lenguaje. Tengo las piernas flacas y las uñas sin morder. El marco alguna vez lo pintarán de verde, hay, no hay, hay sol. Mi madre tiene los ojos enrojecidos y las encías sangrantes. Un auto verde sale del edificio y si miro entre las manos de mis compañeras aún puedo ver las huellas en el piso, como si en medio de ese desorden de tierra hubiera pasado alguna vez un pequeño tractor. La señora que se parece a Mirtha Legrand me mira desde lejos y cuando hacen sonar el timbre pienso que suena como un pájaro horrible que está siendo descuartizado. Me apoya una mano sobre el hombro y dice algo sobre la belleza, sobre la madurez. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Trato de leer pero no sé qué he escrito en el pizarrón. Cuento en total treintitrés alumnos, no me alcanza con los dedos de la mano. Afuera hace sol y un poco de frío. Mi prima está del otro lado jardín. Si lo que he escrito es eso, hay poco lugar para el hombre en el reino de dios, puedo cambiar sólo unas letras, y en lugar de “hombre” y de “dios”, escribir “playmobil”. Las manos de mis compañeras se mueven y entre los pedazos de aire que quedan libres desearía ver: una cámara, los rasgos perceptibles del mes de marzo días antes de cambiar la estación, y un señor sacando fotografías, imaginando su próxima película, siendo feliz. Mi padre tiene las manos llenas de cal y mi prima no está. La bandera no flamea. Tendré las manos llenas de tiza, no habrá nadie que me pueda ver.
No habrá nadie que me pueda ver.






Postales taiwanesas, IV: agradecimientos










































































































Literatura Cordobesa



Se apellidaba Luna y tenía una radio, creo que la 99.4. Pasaba boleros, tenía una voz grave, ojos celestes y un taunus azul, el programa lo transmitía de siete a nueve, hacía todo solo, se encargaba de poner los temas, atender los llamados y modular su voz. Nosotros habíamos conocido a un porteño que vacacionaba en la casa de enfrente, tenía una novia brasilera y unas amigas santafesinas, nos juntábamos a charlar, una vez jugamos al strip poker mientras el locutor y su programa y la voz, a veces poníamos la radio para escuchar y reírnos, ahí estaba Luna, ponía a Sandro, a Montaner, a Luis Miguel, era realmente patético, siempre hacíamos chistes mientras lo veíamos partir taciturno y melancólico en su taunus azul, una vez incluso llamamos por teléfono, pedimos salir al aire, le dijimos algunos elogios para convencer y entonces uno de nosotros agarró el tubo y largó una sarta de insultos al aire, el tipo cortó, después a la noche mientras tomábamos cerveza sentados en una pirca lo vimos salir, tan sólo nos miró un segundo, después bajó la cabeza, tiró el pucho, arrancó.
Esa noche el agua del río estaba hermosa; el porteño y la brasilera, encantados con nuestro humor cordobés.
Viejas del agua había una. No, dos.

(Pd: si alguien le interesa, acá, la sensación)

Luz

Se llama Eufemia.
Es grande, como un ropero, es vieja,
como un ropero lleno de cajas sucias
y antigüedades.
Todos los días va a la iglesia, a rezarle a dios.
Es tan grande, Eufemia, que el cuerpo una tarde
le rompe una pierna,
la meten en camilla,
Eufemia tiene los ojos muy abiertos,
parece un ropero grande y viejo
que abre las puertas
y busca un rosario
en las cosas de los demás.



Escritura

En la cola de los bancos
en la cola del hospital
en la caja de la carnicería
quería reírme
pero no tenía de qué


Luz

Marcos tiene apellido célebre y no es
así, como lo he descrito, Marcos
tiene apellido célebre y su pariente más famoso
fue un ingeniero fracasado
que metió la cabeza en un tubo y empezó a hacerlo
girar, Marcos tiene una remera de Sepultura,
mucha gente se llama Marcos,
quiero decir,
mucha gente tiene un tubo que gira en la cabeza,
pero gira lento,
porque es lo que merecen.