La historia de la bruja albina

La mayor parte de la gente piensa que le tiene miedo a muchas cosas, pero sobre todo a morirse. Eso es muy tonto, es equivocado y está mal. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que sabe que sólo puede pasar una vez. De ninguna manera. Se le tiene miedo a algo que más o menos ya se conoce y que bajo ninguna condición uno desea que se vuelva a repetir. Por eso es totalmente falso que las personas le tienen miedo a la muerte, y es absolutamente verdadero que tienen pánico a quedarse solas.
Ahora imagínense lo difícil que debe haber sido la vida de la bruja albina. Una vida horrible, imposible de vivir en paz. No sólo porque ella no era una bruja común y corriente, igual a las otras, sino porque además vivía en el siglo XXI, donde ya nadie creía en brujas, y todos los chicos se la pasaban mirando un monitor. Como si fuera poco, la bruja albina era albina, o sea, muy pálida y de pelo blanco, parecía que la cara se la habían rociado con yeso y con cal y la habían golpeado hasta hacerla parecida una pared. Para colmo de males, jamás en la historia de todas las brujas había existido una bruja albina. Había existido la época de oro de las brujas, en la cual ellas iban de la mano de los dioses y de Jesús y si hacían un canto podían volar. Había existido la época de plata de las brujas, cuando tenían muchos amantes y muchos maridos y la sociedad les dejaba convertir la piedra en plata y a los niños buenos en hermafroditas. Había existido la época de fuego de las brujas, cuando todas las personas del pueblo si veían a una la quemaban y festejaban alrededor de los huesos incinerados de la que ya no era nada, ni vida, ni bruja. Pero entre tantas historias, nunca había habido noticia de una bruja albina y, como si esto fuera poco, y ella ya no se sintiera sumamente solitaria, además vivía en pleno siglo XXI, en el que las personas creían en muchas cosas pero en brujas no. Los niños se mantenían enfebrecidos, distraídos y ocupados todo el tiempo mirando la pantalla de sus celulares, la computadora o el televisor. No tenían tiempo para tener miedo o para pensar. Era terrible. Terrible y angustiante, la vida de la albina bruja.


Durante buena parte de su existencia se sintió enferma y depresiva. Se repetía a sí misma que no quería ser bruja, que nadie deseaba casarse con una mujer albina con la cara que parecía una pared. Sentía que todos la miraban con desprecio aunque sin temor, y pensó que lo mejor era preparar la pócima eterna que acabaría con todos sus problemas y se la llevaría de paseo en escoba al más allá. Es decir: la bruja albina quería matarse. De nada servía preparar maleficios para convertir gatos en mujeres o mujeres en gatos o gente pobre en sirvientes generosos. De nada servía cocinar pócimas para que los niños tardaran siglos en nacer y se fueran de la panza de la madre a jugar al mundo de las orugas. Los seres humanos eran todos feos, lo sabían, y no les importaba o, si les importaba demasiado, juntaban dinero y se hacían una operación o se compraban ropa o escondían su verdadera cara. No había persona alguna que convocara sus servicios de bruja, y de nada había servido el aprendizaje y el legado de siglos y siglos. Estaba sola. Horriblemente sola. Triste y encerrada, sin contacto alguno por toda la eternidad.
El problema era que estaba totalmente prohibido por la ley de brujas oficial que las brujas prepararan pócimas para matarse. Ellas podían convertirse en planta, en escoba, en nieve, en mujer de la calle o en animal, pero no podían dejar de existir en el mundo. La muerte de una bruja, decía la ley oficial, debía ser igual a la de cualquier persona normal: una muerte provocada por los otros, o una muerte espontánea, determinada por el azar. Sucede que nuestra bruja albina se sentía tan sola, tan sola y tan triste, con tanta angustia y tanto dolor, que prometió hacer todo para encontrar la fórmula perdida y, de una vez, matarse. Luchó, investigó, probó de todo. Años, años. Muchos años.


Hasta que llegó un día muy especial. El techo de su morada siguió sucio y quieto, las telarañas siguieron pegoteadas en su mismo lugar, pero la puerta de la casa de la bruja albina se movió como si alguien la hubiese golpeado. No podía ser. No había forma. Esto era el siglo XXI, ella era una bruja innecesaria, nadie se preocuparía por visitarla en su hogar. La bruja siguió probando fórmulas y fórmulas sin distraer su atención. Inmediatamente, como si tuviese el diablo dentro, la puerta se movió otra vez. Se movió, se movió, se movió. Durante unos segundos, la bruja albina fue feliz: la puerta tenía un alma, alguien había encarnado en la puerta. La puerta tenía movimientos, personalidad. Ella, la bruja albina cuya cara parecía una pared golpeada, ya no estaría sola. Se acercó a abrazar a la puerta, agarró el picaporte como si fuese una mano, y bailó y saltó. Y fue de repente, por tanto movimiento, por su propia voluntad o por una extrañísima transformación, que la puerta se abrió y, detrás de ella, apareció un señor de barba muy parecido a la foto del mago Merlín. Dijo llamarse algo así como “Esteban”. Hablaba raro y muy mal, como si mientras hablara estuviese haciendo gárgaras de café. Detrás de la puerta y del señor de barba había muchos camiones y algunas cámaras filmadoras. Esteban explicó con su forma de hablar tan rara que era director de cine y pidió entrar. La bruja albina se sintió todavía más feliz. Sabía que el cine tenía que ver con la magia, que con las cámaras y otros aparatos el director podía convertir una cosa en algo mejor, que ninguna de las personas en el cine estaba sola y que además tenían una historia simpática para compartir y contar.
Pero las cosas no terminaron ahí.
Cuando el director le explicó que la necesitaba para hacer de bruja en una película infantil, apta para todo público y para el resto también, la bruja albina dejó de sentirse sola, bruja y miserable, y deseó como jamás había deseado aquello que, precisamente, tenía: el poder de ser la única bruja albina en pleno siglo XXI. Justamente, aquello que era. Ya nunca más estaría sola. Su vida entera de dolor estaba redimida. A partir de ahora, todo cobraba sentido. Tanto sufrimiento había valido la pena y había salido despedido lejos hacia atrás.


Esteban le explicó lentamente a la bruja albina lo que tenía que hacer. De los camiones salieron cámaras, máquinas y cables a más no poder. También decenas de personas mayores. No había niños ni animales, eso era raro. El director de la película le prometió a la bruja que los niños ya llegarían. Le repitió que la escena se filmaría en su casa y que lo mejor sería que ella se fuera a maquillar. Señaló hacia un camión negro con el techo de colores. Una señorita muy hermosa, con un cigarrillo largo en la mano y tatuajes en los hombros le dijo que entrara. Mientras la peinaba, la llenaba de polvos, le cambiaba el color del pelo y le probaba nuevas ropas, la bruja albina no dejaba de escuchar. La señorita del maquillaje hablaba mucho y parecía muy sabia. Usaba las palabras “belleza” y “arreglar” todo el tiempo. Se movía libremente por el espacio del camión como si fuese una libélula cantando, y le acariciaba el pelo albino con algo parecido al cariño maternal. Ya cerca del final, la bruja albina perdió un poco la timidez y se atrevió a decir que estaba muy ansiosa y que tenía miedo. La señorita del maquillaje tomó la mano temblorosa de la bruja, la agarró de la mandíbula y, luego de agacharse, le dijo: “Es mentira que las personas le tienen miedo a la muerte. No se le puede tener miedo a algo que uno no conoce y que solamente pasa una vez. Las personas sólo tienen miedo a estar solas. Y nunca en la historia del cine existieron personas solas”. Al principio la bruja albina no entendió. Después las palabras se movieron por su cabeza, su cuerpo, sus labios, la piel. Se dio cuenta que había recibido un conjuro.


La escena que había que filmar para la película tendría lugar dentro de la casa de la bruja albina. El director le explicó que tenía que entrar sola y esperar ahí y que cuando golpearan la puerta debía abrir, y no actuar ni nada parecido: solamente dejarse llevar. Le mostró cómo había cámaras en las ventanas, una en la chimenea puesta en visión vertical, una filmadora en el inodoro del baño y una camarita muy pequeña en la tapa colgante de una cacerola. Le sacaron unas fotos y luego vio que cada una de las personas se subía a su camión, el director se sentaba en una silla, y decía “a rodar”. Antes de entrar definitivamente a su casa, la bruja albina miró hacia atrás y buscó a la señorita del maquillaje. Pero no la encontró.
Se sentó en una silla de madera y, contemplando una de las telarañas, esperó sentada el momento decisivo, el momento final. Fueron sólo unos segundos que la bruja albina esperó. Luego escuchó que la calle entera se movía, como si un terremoto estuviera asolando la ciudad. E inmediatamente se escucharon infinidad de gritos. Miles y miles de gritos agudos, bulliciosos, inaguantables. Como el director le había indicado, escuchó que los gritos se acercaban, que el terremoto se dirigía a su casa y que eso que había detrás de la puerta comenzaba a golpear. La bruja albina estaba participando en una película. Algo único en la historia de las verdaderas brujas. Debía ser responsable, hacer un buen papel: representar algo que nadie nunca pudiese olvidar. Se levantó, se acomodó el pelo y, sin preguntar quién era, abrió la puerta. Cientos y cientos de cabezas de niños le sonreían de manera inocente, infantil y macabra. Detrás de ellos, elevado, sentado en una silla mecánica, daba instrucciones el director. La bruja albina no tuvo tiempo de mirarlo. Vio que cientos y cientos de niños entraban agolpadamente uno tras otro en la casa, se llevaban las cosas por delante, destrozaban el vidrio de la ventana, las cortinas, el marco de la puerta y la empezaban a rodear. Sintió que le rompían la ropa, la hacían caer, la daban vuelta y la arrastraban por el piso. Sintió que la boca de un niño le llenaba de saliva la oreja y que los otros le caminaban por encima con los pies descalzos, y que después otro se le prendía en la espalda, y uno le chupaba los pies. Fue entonces cuando la bruja albina apretó muy fuerte los puños, cerró los ojos, y con la boca en el suelo susurró todas las palabras hermosas.

8 comentarios:

Ramacciotti dijo...

"es un escritor que trabaja con la realización durante toda la vida de las fantasías de infancia; crea hechos imposibles mediante esa proyección y estos hechos generan delicia en la misma medida que fracaso."

Sí, esto lo dice Marcelo Cohen sobre Millhauser, pero lo puedo trasladar sin problemas a tu prosa: O al menos-seamos cautos- a esta narración.

La infancia, el poder de la infancia, al parecer se difumina.
Te acordas de Agamben contándonos que la infancia es la tierra donde se profana lo improfanable? Que venga a leer este cuento, y nos lo diga de nuevo.

P.d: Pregunta, ¿es de los cuentos para hermana menor?

Pregunta dos, ¿cuánto frío tiene que hacer para gritar "Sol" y que la palabra se congele, y la pueda agarrar, pintar de amarillo y colgarla en el techo de mi habitación? ¿Cuánto, por dios?

Yararán dijo...

Triste y bello, y sí, las personas tenemos miedo a estar solas con tanta gente rodeándonos.
Un beso

El perro que escribe dijo...

uhh, que buen final...
Me dejó una sensación que no sé... de conjuro

Pablo Natale dijo...

Delicia y fracaso.
Empecé a escribir este cuento en enero. Tuvo dos versiones más. Una para mi hermana menor, otra para mi hermano adolescente menor. No me cerraba ninguna.
Lo agarré de nuevo hace poco. Le fui cambiando cosas (detalles, detalles, detalles, lo de los hermafroditas, lo de los sirvientes generosos), y de pronto, casi sin querer, logré dar con el final que correspondía (que es como un conjuro, y, también, como una maldición).
Y ahora el cuento pertenece a otro lado.
Y me voy a hacer un café.
Delicia, fracaso, cine, la bruja albina sin nombre.

Anónimo dijo...

Pablo, de los últimos cuentos que subiste, este es el que más me gustó. El tono, el modo con el que llegas al final "y con la boca en el suelo susurró todas las palabras hermosas." pareciera que toda la narración anterior se justifica por esta frase de cierre. Lo leí con el mismo entusiasmo que un oso polar. Bravo, me gustó mucho, por eso el comentario largo.

un abrazo
alberto rm

La Nueva Melusina dijo...

pablo, ahi te dejé una cancioncita en el blog, a modo de trabajo práctico en comisión.

b.zzz.t dijo...

no tendra vampiros, pero sigue siendo hermosa esta historia.
ce vemos oso

Pablo Natale dijo...

La pregunta parece ser si el texto es para chicos o para grandes (pregunta que hicieron por fuera del blog). O, en todo caso, cuando dejaría de serlo.
Comentario largo para texto largo (muchas dudas al subirlo, digo, para qué subir algo tan extenso).

Peli de vampiros. Ver "Let the right ones in" (Elisa dixit).

Bertona´s tarea: dibujad a la bruja!!!!!