Heladera

Últimamente escribo de madrugada, un rato antes de ir a dormir. Es como si regresara, escribiendo, sobre alguna de las cosas que pasaron en el día o como si me despojara de algunas cosas antes de quitarme la ropa y meterme entre las sábanas. 
Si el día tuvo algo muy malo, difícilmente pueda escribir: voy directo a la cama y duermo profundo, casi sin sueños. Si el día tuvo algo muy bueno, a veces escribo pero mientras tanto hablo con alguien, y luego me cuesta dormir: es como si siguiese charlando (o escribiendo). 
Cuando no tengo nada que escribir, no escribo. Escucho: el ruido del calefón, el respirador de la heladera, la tos de un vecino. 
Escribo fragmentos cortitos, trato de que empiecen y terminen para que queden, así, en la hoja, y pueda después decir: acá está eso, como si abriese un cajón, la cortina, la puerta de casa.

 Guantes impares

Peter Orner cuenta que su padre era un hombre recio, con el que no se llevaba bien, un hombre, más bien, frío, distante, preocupado por sostener una vida y mantener a una familia, ese tipo de hombre, de ese tipo de época. Y que apenas si mostraba emociones, salvo un día, cuando compró un par de guantes muy particulares de los que estaba particularmente orgulloso. 
Orner cuenta que una de esas noches él tomó esos guantes y los escondió en un cajón de su pieza y nunca se los devolvió. El padre no sospechó de él ni de un robo, y anduvo apesadumbrado, confundido. 
Cuando finalmente pudo escribirla, lo hizo de modo literal, casi biográfico, como si estuviese mostrando una foto. 
La ficción era un guante que no le quedaba cómodo a su escritura, parece decir al final. Como si decir las cosas de un modo fuese parecido a disfrazar las cosas, y de otro fuese similar a desnudarlas.
Orner cuenta que siempre trató de escribir esta historia pero que no le salía, no podía llevarla a la ficción. 

 Préstamos


El vecino me prestó la guitarra. Era un préstamo por unos días, pero los días se transformaron en meses. En un momento olvidé que estaba tocando la guitarra del vecino. Sentí que era mi guitarra, me olvidé que me la habían prestado. Una tarde, mientras tocaba en el balcón, escuché que mi vecino se asomaba y me pedía, desde abajo, la guitarra. En cierto modo era como si se disculpara por pedírmela, como si una parte de la guitarra que estaba devolviendo fuese mía y esa parte no se pudiera pedir prestada. Ahora escucho como tocan canciones debajo del suelo. Puedo poner mi oído y escuchar.

Reuniones familiares


Cuando empiezo a escribir este texto no sé cómo terminarlo, pero entonces me entero de algo y el final le pertenece. Cuando comienzo a escribir este texto, acaba de estrenarse la última película de Herzog, inspirada en una empresa japonesa que ofrece un particular servicio: alquiler de personas para sustituir a otras (por ej: actuar del padre perdido de una adolescente, o de un familiar para una reunión). Cuando comienzo a escribir esto me encuentro con un texto precioso de Carolina Sanin en donde habla de crucigramas, de ríos, de la historia de su abuelo, del olvido y de nombres. Escribe Sanin: “Su gesto me recordaba que ninguno de los que nacemos en esta cultura tiene el apellido que le corresponde, que sería el nombre de la ancestra más remota, transmitido de mujer en mujer a través de generaciones”. Cuando estoy escribiendo este texto acabo de terminar un libro de Laura Wittner. El libro, me doy cuenta, es de la misma familia que el de Sanin, y a la vez es de la misma familia que la película Paterson, de Jim Jarmusch. Cuando estoy escribiendo este texto veo una serie en donde una comunidad puede viajar en el tiempo y, aún así, parece reacia a moverse en el espacio, a construir otros vínculos que no sean los de la sangre y los del territorio natal.

 Salto en el tiempo: uno de los aciertos políticos del gobierno nacional 2011-2015 fue el plan Procrear. Siempre pensé que era una pena que el nombre de ese plan hubiera incitado a celebrar la procreación como gesto de progreso y de asentamiento en el territorio (más que pensar que era una pena, sentía pena: la de saberme excluido nominalmente). En un documental que he recomendado insistentemente Donna Haraway invita a que repensemos ciertas reglas sociales. Ella se pregunta: ¿Por qué no se festeja que la gente no desee tener hijos? (esta pregunta, aclara Donna, aclaro aquí, no tiene que ver con dejar de festejar a la gente que decide tenerlos). ¿Por qué no se pueden adoptar adultos?, pregunta Haraway luego: esa tampoco es una pregunta menor, en el sentido de que la legislación occidental favorece ciertos rituales y afinidades y desconoce otros. Es como si pensáramos nuestros vínculos como ese momento en que Marty McFly regresa en el tiempo y ve cómo sus padres se están conociendo y luego viaja al futuro y se entera que su familia está en la recta final de la decadencia. Preservar a la familia “de sangre” de los embates de la economía del tiempo parecería ser nuestra misión fundamental: difícil que esta no sea la trama oculta detrás de tantas tramas, el secreto a voces por tantos cantado. Pienso también en la serie “Friends”, que acompañó al menos a una generación. Esa serie ponía en escena un tipo de relación vincular que era el de los amigues-familia y desde ese acuerdo tácito construía la vida (y la historia) del grupo. Lamentablemente, esa relación también estaba acuarentenada, encapsulada en la endogamia que llevó a que el verdadero y máximo amor solo fuese posible puertas adentro.

Otro salto en el tiempo: desde 2019 tenía un proyecto de investigación que debí suspender por razones comprensibles a principios del 2020. Estaba entrevistando a artistas que residían o habían residido en Córdoba (provincia) para preguntarles por qué quedarse, por qué irse, entendiendo que ese dilema era parte constitutiva de las trayectorias artísticas en estas tierras. El proyecto se llama, curiosamente, “Formas de quedarse en casa”. Un artista me dijo que las respuestas que buscaba eran simples: la gente se queda en Córdoba porque tiene familia (cercana). Otra artista mientras tomábamos un helado me dijo: “con mi familia de sangre no tengo relación”, y entonces me habló de personas que eran sustanciales para imaginarse, siquiera, una vida, un hogar, pero no en el sentido de cuatro paredes hacia dentro, sino de cuatro paredes hacia afuera. 

Salto en el espacio: en “Asuntos de familia” (Hirozu Koreeda, 2018), una familia secuestra a una criatura, pero ese secuestro es, en cierto modo, una adopción. La película queda incluida entonces en esa curiosa genealogía de obras con familias disfuncionales al cuadrado (disfuncionalidad respecto a un estereotipo de familia que “funciona”; disfuncional respecto a la familia por “lazos de sangre”). Esta doble disfuncionalidad lleva incrustada la bacteria de la crítica a los modos de pensar nuestros vínculos “familiares”, algo que también acompaña a la película de Herzog (no casualmente ambos películas tienen como escenario a Japón). Podría seguir: mencionando un párrafo de un libro de Úrsula K Le Guin, o citando a una canción que dice “defiendo a mi familia / con mi paraguas blanco / tengo miedo de todos” (de una banda llamada, casualmente, “The National”); o podría hablar de esa hermosa familia a la distancia que forman Haraway y Latour, y cuyo llamado a pensar las vidas de otros modos sigue sonando con igual urgencia.

 Pero, como dije, cuando empecé este texto no sabía el final, sino que me encontré con él: falleció la querida Rosario Bléfari, que en una película actuó de Silvia Prieto, una mujer que quedaba traumada cuando se daba cuenta que no era la única persona llamada Silvia Prieto. Rosario Bléfari, quien, para una parte de una generación fue un hada madrina, una intensidad única y familiar, un fuego cercano. La mañana en que falleció los lobos aullaron a la fresca intemperie.  

(Publicado en Hoy Día Córdoba)


El caso del chico que tenía un perro, una pipa y el síndrome del visionismo histórico


Había una vez una socióloga que se convirtió en consejera culinaria, conocida como Paulina Cocina; un adicto a las pantallas especialista en resumir contenido de cine y tv, también conocido como “Te lo Resumo así nomás”, y un ex estudiante de comunicación y criminología que un día se disfrazó de historiador noctámbulo, también conocido como el joven Historias Innecesarias. Esto que puede parecer una demostración del emprendedurismo creativo en contextos sostenidos de aspereza económica también es la sucursal argentina de youtube.

Damian Kuc, el creador de “Historias innecesarias”, ha sido el último en sumarse a esa lista de pequeños notables inesperados. Desde hace un tiempo que Kuc (generalmente vestido de pijama en honor a su banda preferida y dándole un carácter trasnochado y no oficial a su personaje) deshilvana el archivo de historia general en busca de esas micropartículas que son las leyendas urbanas, el inventario de conspiraciones mundiales y los grandes hitos del crimen y la corrupción organizados.

Sun canal de youtube parece tener cuatro comienzos: el primero, cuando a Kuc se le ocurre narrar la genealogía de las Tita y las Rodesia. El segundo comienzo del canal también es culinario: cuando Paulina Cocina le aconseja a Kuc que mude su reino a youtube y agrande la familia nacional. El tercer comienzo tiene un robo épico de por medio y la coincidencia estratégica de la aparición de un video con la película “El robo del siglo”. El cuarto comienzo es casicuarenténico: la pandemia hizo que la cantidad de suscriptores y visionados de las historias innecesarias se centuplicaran mientras las medidas sanitarias buscaban que la gente se quedara en sus casas. 

El éxito de su canal y el cada vez mayor número de suscriptores llevó a Kuc a crear más contenidos y a extender la duración de sus videos. Con mayor tiempo a mano, Kuc no solo se luce en el lujo de detalles; también tiende a hacerse repetitivo y a bajar línea hacia el final de sus videos, algo que ocasionalmente puede resultar efectivo pero que hace que el asombro forense ante las curiosidades de la historia quede bajo el estrado de la educación cívica y las buenas conductas (como si en Kuc se enfrentaran el modelo del detective del policial clásico versus el detective del policial negro).

Kuc, que abandonó rápidamente la carrera de criminología, tiene un particular interés por las historias horrorosas y el detalle escabroso. Kuc, que se presenta como un racionalista con pipa y hogar (una especie de disfraz de Sherlock sonámbulo) construye como su antagonista predilecto a las diversas sectas y grupos que divulgan el peligroso estado de conspiración continua. Kuc,  contemporáneo de Jorge Pinarello (la voz y la mano detrás de “Te lo resumo así nomás), organiza con claridad y dinámica sus contenidos, combinando el uso de fotografías y videos de archivo con un relato de fondo que incluye comentarios sagaces. Kuc, ex estudiante de comunicación, surfea en los archivos mediáticos haciendo ostensible las lamentables torpezas de cierto tipo de periodismo. Con solo veintitantos años, el joven historias innecesarias podría ser calificado como un Pigna posadolescente en pijama, si esto no pudiera ser insultante para los especialistas (un problema que “Paulina Cocina” supo evitar no calificándose a sí misma como “cocinera” sino como youtuber).

En realidad, Kuc parece deberle menos a la historia como disciplina que a ese árbol genealógico de youtubers que mixturan conocimientos disciplinares con autenticidad y desparpajo, y donde el entretenimiento se mezcla con la pedagogía, el reciclado y (cuando el número de seguidores crece) con la “opinión de actualidad”. En uno de sus últimos videos, por ejemplo, Kuc alerta sobre el consumo irónico, alertando y educando a su audiencia. A la sucursal argentina de youtube ya le ha ocurrido algo parecido: Pinarello tiene videos (más logrados) sobre la cultura de la cancelación y sobre la corrección política. Quizás esta tendencia a los contenidos de explicitación moral es una de las pequeñas extremidades del asunto, consecuencia de que los suscriptores se confundan con una forma del electorado.

¿Sobre qué hará Kuc sus próximo video? Esa no deja de ser la pregunta de cada semana. El historial de posibilidades, que parece enorme, también tiende a hacerse acotado y obvio cuando Kuc recurre a los casos de mayor rating nacional previo, haciendo que las historias innecesarias sean una reversión de la seccional de crímenes de los grandes medios y el canal de Kuc un segmento apócrifo de Televisión Registrada. Quizás en algún momento Kuc vuelva a recurrir a las historias menos conocidas y divulgadas (¡como el caso del hombre que inventó la máquina de llover!) o recurra al periodismo narrativo contemporáneo (ahí está, por ejemplo, el caso que investigó Leila Guerriero en “Los suicidas del fin del mundo”).

O, quizás, Kuc vaya hacia las fuentes y a la herencia que tiene detrás: “La historia universal de la infamia”, de Borges; “La sinagoga de los iconoclastas”, de Wilcock. Algo que no será la primera vez que ocurre: Jaime Altozano, el mejor representante de la armada española de youtube, hizo a principios de año un video en donde los contenidos tradicionales de su canal (especializado en la divulgación de los estudios musicales) se combinaron con las fakenews y los falsos documentales en un procedimiento ostensiblemente borgeano. En más de cuarenta minutos Altozano “explicó” por qué Mozart no usaba el Si Bemol: es una de las reliquias necesarias de la innecesaria historia de youtube.


En el reino del qué hubiera pasado


Hace unos días salió la noticia de que científicos confirmaban la existencia de un universo paralelo. La noticia era falsa, al menos en este universo. La noticia que sí es verdadera es que el 2020 transcurre como el año del Covid19. Si antes de empezar el año nos decían que un virus obligaría a la población mundial a quedarse confinada, que se cerrarían fronteras y estaríamos aislados esperando la gran vacuna mientras la última versión del capitalismo quedaba en coma se hubiese escuchado un gran “plop”. Bien podríamos decir: este el año del “qué hubiera pasado si”, un año en que lo apenas imaginable tomó revancha, un año que hasta hace meses solo podría haber pasado un día en el universo paralelo. 

 Hubo, sin embargo, al menos tres ficciones que marcaron tendencia en la respiración del 2019 y que de alguna manera remota tienen que ver con todo esto. La primera fue la sencilla historia de un antihéroe: quizás lo más interesante de “Joker” no fue la actuación del señor Phoenix, sino que la película se situara en unos laterales años ochenta y lanzara esta indirecta: ¿Y si esta necesidad de glorificar superhéroes superegóticos que se las superbancan supersolos y son seminfalibles nos llevó a donde estamos? ¿Si el pasado (cinematográfico) hubiese sido distinto: seríamos quienes somos?

 Claro que esa indirecta es directamente norteamericana, del mismo modo en que lo son los premios Oscar, una institución que reconfiguró su propia historia otorgándole el premio a mejor película a una producción extranjera llamada curiosamente “Parasite” mientras la pandemia coronavirósica comenzaba su expansión. Es como si la pregunta del “Qué hubiera pasado si…” hubiese latido detrás de bambalinas y estatuillas de oro, suscitando un cambio (como mínimo “menor”) de dirección.

 La segunda ficción audiovisual que exploró el tema fue, casualmente, “Había una vez en Hollywood”: allí un Tarantino cinéfilo en grado nueve reconstruyó los sesenta hollywoodenses pero desde una pregunta menor, casi un mal chiste, ese tipo de preguntas que pueden rearmar narrativas: ¿qué hubiera pasado si en lugar de un artista refinado, el que vivía cerca del escenario del crimen de Sharon Tate era un actor de películas de acción que además tenía como amigo a su doble de riesgo, fornido y con corazón de pitbull? Esta voluntad de intervenir la historia ya recorría las venas del último Tarantino, que llegó a imaginar la muerte de Hitler en un combo cinemático todavía atado a la ética del suspenso continuo. “Había una vez en Hollywood” es una película de casi tres horas en donde el escenario y el retrato de época (no la épica, ni el suspenso) se comen el film: Tarantino parece ejercer la crítica y la autocrítica: ¿qué cine nos perdimos, a qué cine masacramos, qué hubiera pasado si…?

 La tercera ficción vino del otro lado del mapa y fue la que mejor supo captar el clima de época, ese mix cada vez más letal de turismo catástrofe y utopías mala onda miradas desde la semiconfortabilidad del núcleo familiar. En “Years and Years” podemos ver como una familia disfuncional seminclusiva inglesa acompaña el paseo al borde del apocalipsis del planeta entero: bomba nuclear, colapso bancario general de primer mundo, campos de refugiados, etc. Todo mientras el sistema general amenaza estallar y sigue perfeccionando su salvajismo. Con Black Mirror e Years and Years el “qué hubiera pasado si” fue disparado como una flecha hacia el futuro serial de nuestras experiencias. De esa manera, ambas series lograron ser, por unas temporadas, el canto de cisne de las distopías. Después les pusieron barbijo.

 Pero sería inapropiado destinarle al 2019 no solo la marca registrada del COVID19 sino el poderío sobre un modo social de imaginarnos y la insistencia repetida sobre una pregunta. Ahí están, por ejemplo, las novelas de César Aira, especialista continuo en el “qué hubiera pasado si”; ahí está también la novela “El hombre en el castillo” (1962) donde el cada vez más contemporáneo Philip K. Dick imaginó un mundo donde la segunda guerra mundial la ganaban Alemania y Japón. Es curioso el vínculo genético que todas estas obras y autores tienen con la historieta. De hecho, el final de Years and Years es básicamente un final que vira hacia la autoayuda y ¡el animé! Y no olvidemos, entonces, la saga “What if” de Marvel, especializada en imaginar qué hubiera pasado si algo en ese mundo de superhéroes era distinto: qué hubiera pasado si Wolverine era el rey de los vampiros, qué hubiera pasado si el hombre araña no se convertía en un luchador contra el crimen, etcétera.

 Existen preguntas tenebrosas: ¿Qué hubiera pasado si transitábamos la pandemia sin Ministerio de Salud? ¿Qué hubiera pasado si el país no se endeudaba por enésima vez en millones de dólares fugados? Son todas preguntas simples en la época donde lo que no imaginábamos se va haciendo su lugarcito. Pero: ¿existe la posibilidad de contarnos historias sin persistir en un estado lúgubre o en la historieta adictiva del fin de los tiempos? Quizás sea mejor, entonces, seguir escuchando y transformar la potencia del qué hubiera sido en la posibilidad del qué pasaría si. Como hace Donna Harraway, que en el documental/entrevista “Cuentos para la supervivencia terrenal” dice: “Aprender cómo contar otra historia y cómo aportar cosas al trabajo de quienes ya están contando de manera diferente”. Qué hubiera pasado si versus qué pasaría si. El mundo paralelo versus el mundo paralelo en este mundo.


(Publicado en Hoy Día Córdoba)

 


Estado de serie


1. Allá por mediados de febrero comencé a trabajar en un proyecto para una serie. Hace tiempo que quería hacerlo y la propuesta llegó en el momento adecuado. Reformulo: llegó antes de que nos estallara el asunto del Covid19, cuando todavía había planes a mediano plazo y cierta “claridad” en el horizonte. Entonces, cuando apenas comenzábamos a entender la complejidad del asunto sanitario y la cuarentena se asomaba en el horizonte, yo estaba pensando en una serie junto a un simpático equipo de trabajo entre los que se destacaban la dupla fan de las conspiraciones, el productor silencioso y una señorita que desmenuzaba cada detalle de nuestra futura historia con ojo clínico. Cada semana compartíamos un leve momento de euforia creativa y luego comenzaban las preguntas, la visión del panorama narrativo general y la lenta deconstrucción de las ideas que habíamos tenido. Terminábamos exhaustos, listos para comenzar de nuevo. Supe en carne propia lo que había sabido siempre: escribir una serie con vistas al gran mercado no es pan comido y se parece, más bien, a un lento trabajo de laboratorio.

 2. “El siglo XXI es el siglo de las series”, afirma precozmente Jorge Carrión en su libro “Teleshakespeare”. “Si tengo que elegir hoy entre hacer una serie o una película, elijo hacer series”, comentó David Lynch. Una Lucrecia Martel cinéfila dijo: “Las series son otra vez el puro argumento; una estructura mecánica y decimonónica por más que esté bien hecha. Las series nos han devuelto a la novela del siglo XIX. Es fruto del momento conservador que estamos viviendo. Se arriesga menos” (por suerte por la misma época que daba estas declaraciones Martel también habló bien del animé, introduciendo un interesante matiz en su postura). Sobre las series, un desoladoramente optimista Alessandro Baricco escribió en su último libro de ensayo: “a nivel mental, la serie es un movimiento y una película es un gesto. La serie no se cierra, no tiene fin, tiene su centro de gravedad al principio y no al final, exactamente como la posexperiencia”.    

 3. Cada semana me encuentro con que hay un nuevo problema grave en el mundo; también con que hay un gatito nuevo, un meme nuevo, un influencer nuevo y una nueva serie que debemos ver sí o sí. El mundo contemporáneo podría resumirse de distintas maneras: una fábrica de perfeccionar desigualdades económicas, una insistente construcción para no contemplar el vacío, una bancarrota ecológica, un supermercado de series. Esta semana es “The Last Dance”, la semana pasada fue “Run”, la anterior fue “Unortodhox”. Casi que podríamos armar un calendario en relación con las series que se fueron poniendo de moda y recordar nuestras vidas en relación con ellas. Por ejemplo: “Recuerdo cuando vi Stranger Things: era invierno, hacía mucho frío, comenzaba la presidencia de Mc Macri, la luz de mi pieza se apagaba y se prendía”. O también: “Recuerdo cuando vi el capítulo 3 de la temporada 8 de GOT; lo vi mínimo tres veces, creo que me pasé una madrugada mirando videos de reacciones, algo clínicamente alarmante que no le contaré a mis nietos”. O también: “Me acuerdo cuando miré Fleabag. Solo descansé entre la primera y la segunda temporada. Mientras tanto buscaba noticias sobre un problema sanitario en China y me comenzaba a preocupar. Además, el gato tenía pulgas”. Parece funcionar, parecen venir a mi memoria las cosas vividas como un rosario de cuentas de series. Es como si las series fuesen una parte más del complejo vitamínico o de la cadena espectacular-alimenticia. Pero entonces aparece mi veganismo de series y una elección que insisto en no modificar: solo veo (completas) 4 series por año. De algunas solo veo el primer capítulo o esos primeros cinco minutos predecibles que repiten las promesas de diversión adictiva del resto. Si la serie se pone muy de moda, miro “Te lo resumo así nomás”, el canal de youtube maestro en desmenuzar tramas y dejarnos con lo básico y necesario para no quedar fuera de cualquier charla de café.

 4. Tengo algunas preferidas, obviamente: Olive Kitteridge, Ergo Proxy, Seinfeld, Breaking Bad, Atlanta, Okupas, Carnivale. Tengo, también, algunas certezas: las series son rehenes del guión, de una estructura narrativa hegemónica y de la empatía para con sus espectadores. Tengo, además, una duda: ¿el primer semestre del 2020 se parecerá más a una película o a una serie? Tengo otra pregunta: ¿Puede ser que nuestra predisposición al material seriado, a la suspensión de las resoluciones, a la cautividad espectacular (todos elementos fuertes de la serie actual) nos preparó (narrativa, vitalmente) para la pandemia actual? Finalmente, entre certezas y preguntas, tengo una colección de hipótesis. Primero: que las series son uno de las plataformas de escritura más rentables del momento. Segundo: que mi familia bien podría ser parte de una serie (y que no voy a escribirla). Tercero: que el principal objetivo de una serie no es contar una historia (y abrir el mundo, ampliar el horizonte, desplazarnos, darnos un punto de vista distinto) sino contar con tu tiempo, conquistarlo, que les puedas dar la mayor cantidad de tiempo posible. En otras palabras: que la naturaleza narrativa de la serie moderna es extractiva. Y tengo una última hipótesis, que ofrezco al mercado de frases de remera o de futuras series de realismo distópico. Dice así: somos la segunda temporada de una serie que no se sabe si sigue.

 

Las confesiones de Fleabag 



0. La serie se llama Fleabag y tiene solo dos temporadas. Al comienzo parece ser sobre una muchacha inglesa que tiene varias citas y que fornica con orgullo y sin prejuicios, etcétera. Entonces aparece el gran desfile de personajes secundarios y uno de los puntos más fuertes de la serie: cada vez que el capítulo transcurre en un espacio acotado (restaurante, iglesia, exposición de arte) el guión se lucirá. Hay un elemento aún más importante que atraviesa a Fleabag: cuando Phoebe Waller Bridge (creadora, guionista y protagonista) le habla a la cámara. Aclaración a los lectores: hola, esta nota contiene SPOILER de alto contenido nocivo, les arruinará completamente la serie si no la vieron ENTERA. Gracias, espero que la cuarentena vaya bien.

1. El recurso de hablarle a cámara durante una ficción y “romper la cuarta pared” ya ha sido explorado con bastantes buenos resultados: ahí tenemos a House of Cards, Alta Fidelidad, The Office y Malcom in the middle. Fleabag se suma a esa tradición audiovisual que, curiosamente, tiene un fuerte ascendente inglés. Hay una diferencia clave en el modo en que Waller Bridge le habla a cámara: difícilmente el público de House of Cards tenga en su mayoría un interés en la carrera política (el personaje le habla al espectador como se le habla a un observador inexperto); difícilmente el espectador de The Office mire a esos personajes “como iguales”. En Fleabag el espectador funciona como un confidente (generacional), como alguien que está a la misma altura que Waller Bridge. Es quien mira en el diario íntimo de la vida espectacularizada del personaje, es quien puede escuchar lo que ella piensa “realmente”. Así, a los cinco segundos de comenzada la serie, la protagonista nos involucrará en su situación. Desde ese momento, las confesiones de la protagonista estarán teñidas por la soberbia y la ironía: cada vez que el personaje le habla al espectador es para marcar una distancia respecto a otros personajes, para que esa altivez sentimental nos permita caminar sobre los restos de las sensibilidades que no nos interpelan. Afortunadamente en esa primera temporada, el recurso comienza a servir, también, para mostrar el modo en que la vida de la protagonista se fue agujereando, para que “confiese” y haga su catarsis sentimental. Problema: de ahí a caer en el popular mensaje aleccionador hay un solo paso, y Waller Bridge lo dará.

 2. Pero entonces llega lo mejor. El recurso de hablarle a cámara se transforma, en la segunda temporada de la serie, en algo mucho más interesante: el giro ya no es solo desde el cinismo a la empatía a la inglesa; de pronto que el personaje le hable a cámara es parte de la trama: ¡aleluya! Esto ocurre gracias a la aparición de un cura. Después de un capítulo que explota el subgénero de “conversaciones en la mesa”, la protagonista se acercará a este particular sujeto que insulta y que es medio fan del alcohol. En una charla íntima, dios mediando, Waller Bridge mirará a cámara para confesarle algo al espectador. Entonces el cura llamará su atención, destruirá la destrucción de la cuarta pared y le preguntará a ella qué demonios acaba de ocurrirle. Léase: el cura puede notar que algo extraño pasa en esos momentos en que la protagonista nos habla. ¿Esto ocurre porque ella realmente encontró “el amor”? ¿Esto tiene que ver con que se trata justamente de un cura, que puede ver cosas que los otros no? La respuesta es parte de tu religión.

 3. Ese momento marca la diferencia en la tradición audiovisual pop de hablarle al espectador. Unos capítulos más tarde, Fleabag y el cura se acostarán juntos y en ese momento de amor total ella bajará (¡tocará!) la cámara, buscando privacidad. El mensaje parece ser claro y hablarle al corazón de la época con palabras “sanas”: hice todo esto porque estaba sin amor, porque no podía comprometerme, porque era adicta al espectador, ustedes eran parte de mi trauma, pero acá está el amor, acá está el autoconocimiento, y he comenzado a superar esta particular adicción, adiós. Ese es el camino de redención hacia el que Waller Bridge desea llevar su serie para darle un final. Antes que ese cierre con moraleja de distanciamiento espectacular, interesa aquello que Fleabag dijo al darle un vuelco al recurso de “hablarle a cámara”. Primero: que una serie difícilmente pueda pensarse sin hablarle al espectador epocal (y por tanto, está presa de él); segundo, que el espectador “que empatiza” es el sostén económico promedio de una serie (y por tanto es su rehén financiero y temporal); tercero, que el vínculo con la cámara y las tecnologías web es cercano a la confesión y a la fe que duda solo para reafirmarse (ese es el lugar del cura en la serie). El camino de la heroína Fleabag va así desde las confesiones, al lugar donde se caen las máscaras, a la victoria de algún amor, a la conquista, final, de la soledad satisfecha. Termino este texto diciendo lo que parece obvio: toda la segunda temporada tiene como motor a ese giro brillante que se le da a un recurso estilístico. Parecía que la cosa se había acabado ahí; ahora, cuarentenas de por medio, es difícil no imaginarse una tercera parte de Fleabag: de mucho calor humano, sin dudas, con la cámara y el espectador en un nuevo lugar, quizás nosotros podamos decir dónde.



(Nota para el Hoy Día Córdoba)

 Un golpe de dados jamás abolirá la data


1. En este ancho y loco mundo hay muchos tipos de lectores y muchos tipos de espectadores y muchos tipos de consumidores (hasta resulta confusa, actualmente, la distinción) pero hay dos en particular que parecen exacerbados y anabolizados por la contemporaneidad: el lector indignado y el lector enclaustrado. Con respecto al primero, solo podemos proceder a indignarnos y a descalificarlo inconsistentemente, sacudiendo las cabezas, meciéndonos las cabelleras o resoplando en busca de una imposible indiferencia zen. Los lectores enclaustrados, por su parte, tienen una larga tradición: los monjes del medioevo, el Quijote y su esposa Madame Bovary, los bibliotecarios monásticos de GOT y la figura del ratón de biblioteca, cuya pequeñez le permite moverse por lugares recónditos a la vez que carga con una marginalidad política y una descalificación del reino de lo humano. Alguna vez alguien dijo que el cuento “La biblioteca de Babel”, de Borges, era un precursor de Internet. Siguiendo esa idea, el lector enclaustrado bien podría ser un precursor del usuario bigdateado. Este último es más bien una actualización de aquel clásico ciudadano lector, mientras se reformulan globalmente las nociones de encierro y de claustro.

 

2. Veamos: el edificio donde vivo el año pasado tuvo cuatro estaciones: primavera, invierno, la estación cuando todos estuvieron escuchando Luis Miguel y la estación cuando no paraban de sonar canciones de Queen. Del mismo modo, en las redes sociales hubo diferentes temporadas: la temporada Marie Kondo, la temporada Bandersnatch, la temporada Roma, la temporada la Casa de Papel y un rimbombante etcétera. Además, como todos ustedes, me fui adaptando a algunas “casualidades”: que la canción que mi hermana me compartió por mensaje privado sonara un día después en la lista de reproducción del vecino; que un disco con una cantidad discreta de reproducciones que estaba escuchando online fuese compartido más tarde por contactos lejanos del tercer tipo. No solo eso: también que un chiste sobre hoteles se convirtiera en un grupo de ofertas marcadas para viajar por los mejores lugares de Indonesia. Estaciones, temporadas, reuniones, viajes lindos: son todos lugares abiertos y referencias al paisaje y a lugares abiertos: algo poco apropiado para ratones de claustro y biblioteca, ¿no?

 

3. Hay diversos grupos de artistas conocidos por llevar a cabo un programa estético radical que resulta más interesante y memorable que varias de sus no tan simpáticas obras. El grupo Oulipo bien podría ir por este camino: a grandes rasgos y haciendo una síntesis antioulipiana, lo que se plantean es que la literatura puede haber agotado sus temas pero de ninguna manera sus formas. Ante tal estado de cosas, proceden a crear cientos de técnicas y limitaciones infrecuentes: una novela que no tiene la letra e, un texto donde todo sustantivo será reemplazado por el séptimo que le sigue en el diccionario. Contra la base de datos de la literatura moderna, los oulipianos recurren al delirio algebraico y a la elección de limitaciones. Ahí está Bandersnatch de nuevo: una producción que está basada en una actualización de los libros de Elige tu propia aventura, quizás el mayor logro popular indirecto de los oulipianos, que buscaban que esa cosa llamada literatura salga de su encierro moderno.

 

4. El asunto con la danza de los algoritmos, con plataformas como Netflix y Spotify y con el estado actual de las obras artísticas propulsadas en red es que se ofrecen productos que todos pueden consumir al mismo tiempo y de manera ilimitada: si el vecino sojero de arriba y la señora de quiosco están viendo Roma online, también puede hacerlo mi propia hermana en ese mismo momento. Verdad contemporánea de perogrullo: gozando de la era de la reproducción ilimitada, esos usuarios enclaustrados producen contenido y referencias a ciertas plataformas y a ciertos productos y entonces el efecto encierro se maximiza, generando a) pasión precoz por las obras compartidas; b) ganancias megamillonarias en los reyes de la pirámide y, sobre todo, c) un desinterés abismal por aquello de lo que no hable el resto, ni pase por ciertos medios ni pertenezca a ciertas modas ni responda a ciertos parámetros.    

 

5. Dado este estado de cosas y sacando de contexto a los oulipianos, durante los últimos años traté de inventar procedimientos para favorecer otro tipo de azar en la Máquina y contrarrestar a la danza del algoritmo. No sé si esos candorosos procedimientos han funcionado pero antes de retirarme comparto uno. Dice así: “no se puede leer un libro, ni ver una película ni escuchar un disco de la misma nacionalidad que el anterior”. O sea: si veo una película griega, la siguiente no debe ser griega. Si leo un libro de una autora argentina, el siguiente debe ser de un autor no argentino. A ese primer procedimiento agregué otra limitación: la “fuente” no debe ser la misma: si el libro es de Anagrama, el siguiente no debe serlo. Si vi una película surcoreana en Mubi (gran plataforma), la siguiente debe ser de cualquier otro lugar (idem con editoriales, discográficas, medios de comunicación y agentes de prensa). Estas pequeñas limitaciones me han metido en atolladeros sociales generando indignación y dejándome afuera de las conversaciones sobre la última serie de turno. Vuelvo, en esos casos, a casa, directo a mi torre de ladrillos y durlock con conexión a la red: listo para convertirme en lector enclaustrado de uno u otro modo, cayendo, una y otra vez, en la trampa.

                 

Hospital vacío, sol estrellado
(en la nueva editorial de cuentos singlistas)


Siete maravillosas notas sobre "Amarillo sobre amarillo"


Amarillo sobre amarillo: el taxista


Uno de los cuentos de "Amarillo sobre amarillo" es sobre un taxista silencioso. Creo que con él descubrí que un cuento es un taxi. La revista invisibles lo publicó, acá va un link por si quieren leerlo y viajar un rato: "Torre alta". 
Entrevista para el ciclo escribir
(estaba con barba)



Amarillo sobre amarillo
(mi segundo libro de cuentos)


Los links invisibles: el silencio

Están los Héroes del silencio, El silencio de los inocentes, el Tiempo de silencio y el Cerro silencioso. La primera es una banda de rock, la segunda una película sobre un psicópata particularmente culto, la tercera una novela española y el cuarto, un videojuego famoso; aunque, quién sabe, quizás también son todos códigos de una secta o formas de la política o metáforas de los medios de comunicación o partes de una ciudad.
Luego tenemos ese momento cotidiano mejor conocido como “un silencio incómodo” vinculado a episodios amistosos o familiares en los que, o se dijo algo que no tenía que decirse, o no se sabe qué decir y no se soporta el silencio. También está ese momento conocido como “silencio cómplice” (vinculado tanto a la complicidad como a la cobardía), y ese momento ritual espectacularizado mejor conocido como “un minuto de silencio”, con esa duración tan arbitraria como curiosa.
Hay grupos teológicos que hacen “retiros de silencio”; hay ciertas parejas que, ante las constantes discusiones, se autoimponen horas de silencio para regresar a la armonía y al amor. Hay momentos particularmente silenciosos en la intimidad de cada vida: el segundo después de recibir una pésima noticia, cuando el sonido, extrañamente, se apaga; el momento en que se termina un disco; las horas de la madrugada, cuando sólo los insectos no duermen.
Sumergido en una cámara especial, John Cage escuchó el sonido de sus sistemas circulatorios y nerviosos y se dio cuenta de que el silencio no existía: “En todo caso el silencio, casi en todas partes del mundo, es el tráfico”, dijo en alguna ocasión.
Muchísimos años después, en algún rincón de Argentina, un poeta llamado Lucas Soares escribió “Un drama eléctrico”, un poemario encerrado en el silencio en el que escribe “el drama/ donde uno se convierte/ en los sonidos que oye”.
Sumergido en su mayor momento de gloria, Xavier Iniesta relata cómo fue ese momento en el que convirtió el gol que le dio el campeonato del mundo a su país: “Sólo quedamos yo y el balón, como cuando ves una imagen en cámara lenta. Es difícil escuchar el silencio, pero yo en ese momento escuché el silencio, y sabía que el balón entraba”, dice.
Sumergido en su reino especial , Pascal Quignard escribió una de sus obras cumbres, llamada El odio a la música, en la que, con una musicalidad envidiable, explica que los tiempos modernos son aquellos en los que por primera vez hay seres humanos que huyen de la música.
Claro que están los silenciados, los que tienen voz pero no son escuchados, el silencio de la opresión y del terror; claro, también, que está el ruido visual, esa tendencia de la actualidad a que todos digan algo en todo momento sobre cualquier cosa.
En El Silenciero, Antonio Di Benedetto narra cómo un tipo es invadido por el ruido y no puede soportarlo y ya no puede vivir ningún tipo de vida. Las películas de Lucrecia Martel se caracterizan, justamente, por un tratamiento particular y distinguido del silencio, y no sería raro que antes de leer Zama ella hubiese leído El Silenciero. “No tenemos párpados para los oídos”, dice Martel en una conferencia en la que habla sobre la palabra, el sonido y el cine.
Finalmente, están los silencios gráficos. Miren el mundo, ahí afuera, todas esas publicidades, esas letras que dicen qué hacer, qué oír: dejarán de escuchar y de ver el silencio. Hay un momento fenomenal de la novela Tan fuerte, tan cerca, de Safran Foer, en el que podemos entender un gran silencio familiar y todo lo que significa leyendo decenas de páginas en blanco. Es un efecto similar a lo que sigue a un punto y aparte. O cuando se acaba un texto, o la página de un diario.
Ahora sí: escuchen.
Los links invisibles: Gigantes

Gigantes no hay por todos lados: escasean. Claro que hay estadios gigantes, mercados gigantes, personas grandotas, pero alcanzan para ser contados con nuestros dedos pequeñitos.
Uno de los primeros gigantes vivía en una isla: además de ser gigante era cíclope y se creyó la vil e ingeniosa mentira de un viajero que se hizo llamar “Nadie”. Cientos de años después, un tal Gulliver llegó a una isla: los habitantes eran sumamente pequeños, él fue considerado un coloso problemático y lo ataron al suelo. Pero no sólo en la tierra viven los gigantes, también hay gigantes en los cielos: en la historia de Juan y las habichuelas mágicas tenemos a ese ogro solitario y enorme, enriquecido en su reino de las alturas, a punto de ser expropiado.
En realidad, los gigantes en el mundo no escasean, más bien son llevados a islas: la isla del rugby, donde los más famosos y temibles son los All Blacks; la isla oriental del Sumo, para gigantes anchos; la isla del básquet, donde jugadores de talla inverosímil hacen maniobras en las alturas. Shaquille O’Neal fue amo y señor de esas tierras durante muchos años, y un chino intentó hacer lo mismo pero sólo pudo convertirse en memPocos saben que esa imagen de un oriental riéndose a carcajadas es, precisamente, Yao Ming. Y poquísimos saben que esa escena está sacada de una conferencia que dio junto con Ron Artest, un basquetbolista un poco intenso: además de ganar un título con los Lakers y hacer reír a Yao Ming, dio un par de trompadas en la trifulca conocida como “Malice at the palace” y de pronto decidió cambiar su nombre y se hizo llamar “Metta World Peace” (algo así como “paz y amor mundial”). El partido más famoso que disputó usando ese nombre es uno donde le da un codazo brutal al “pequeñito” y entonces poco popular James Harden (famoso por tener más barba que cuerpo).
Hay varios grandes basquetbolistas argentinos: uno tiene 40 años, es una leyenda viva y sigue jugando al básquet en tierra de gigantes; otro fue conocido como “El gigante González”, tuvo una carrera veloz y escarpada, jugó un amistoso junto a Menem, fue a la NBA y luego terminó haciendo lucha libre y viviendo en su pueblo natal en una silla de ruedas: en la crónica “El gigante que quiso ser grande”, Leila Guerriero cuenta su historia.
También están los dinosaurios, los dragones, los gigantes de Juego de tronos y Olga, el personaje de Liniers. La muestra “Ficción”, de Hora French, apela al gigantismo en su propuesta: desmesurada, nos lleva de viaje por el lugar donde se escondían los gigantes: el circo, las ferias de freaks. Hay un cuento de Luciano Lamberti con gigantes, cazadores y portales. El primer hit de la banda cordobesa Un día Perfecto para el pez Banana decía “Lucharás con los gigantes/ en tus sueños de esta noche”. El escritor Roberto Bolaño era fanático de un tema precioso llamado Lucha de gigantes; una parte gloriosa de esa canción dice: “Me da miedo la enormidad/ donde nadie oye mi voz”. Bolaño lo escuchaba mientras escribía sus enormes novelas y estaba al borde de la muerte. La parte de los femicidios de 2666 (quizás escrita con esa canción de fondo) es monumental, incómoda, ambiciosa, agobiante.
Habría que volver a las cosas enormes, descomunales, a cierto sano gigantismo: ahí están las larguísimas películas de Mariano Llinás, ese gran e inigualable libro llamado La casa de hojas, la música de esa gigante islandesa llamada Bjork. Pero ojito: no todo lo grande es gigante, del mismo modo que no todo lo minúsculo es pequeño, menor. Vean, si no, el calendario miniatura de Tanaka, el pequeño mundo ilustrado de María Negroni o la película También los enanos empezaron pequeños, del inconmensurable Werner Herzog.


Los links invisibles: lluvia

Tarde o temprano se largará a llover. La lluvia limpiará el aire y caerá sobre la tierra y será un alivio. Pero entonces quizás no pare, y llueva más fuerte, y el alivio se transformará en hartazgo, en preocupación. Mientras llueve, en las redes sociales aparecerán posteos que hablan de la lluvia. Llamativas tendencias de los humanos de la era contemporánea: su tendencia a la indignación inmediata, a recomendar series, a regodearse con videos de mascotas, a anunciar el comienzo de la lluvia. Es el extraño reverso de la lluvia ácida: la lluvia obvia, la lluvia tierna, el agua virtual que recorre las redes.
Sucede que esa lluvia también inunda nuestra programación, nuestro lenguaje: podemos tener una lluvia de ideas, puede llover sobre mojado, podemos hacer la danza de la lluvia, esperar las lluvias de inversiones, estar atormentados: quizás sólo seamos máquinas que se secan y se humedecen y gracias a eso funcionan: ¿cómo saberlo?
Uno de los poemas modernos más replicados sobre la lluvia es de Vicente Luy; una de las canciones hispanas que más inundó nuestros oídos dice: “Lluvia cae / lentamente sobre mí”; la canción noventosa y atormentada más conocida probablemente sea Lluvia de noviembre; la poetisa Laura Wittner es especialista en escribir sobre la lluvia; hay un gran poema de Claudia Masin en el que escribe: “Pero el rayo no cae, no cayó / y al día siguiente todo sigue a salvo en el mismo lugar / Ese es el mayor desastre que conozco”.
El chaparrón más conocido probablemente sea el diluvio bíblico. La escena lluviosa más estrambótica es esa de la película Magnolia en la que de pronto empiezan a llover ranas. Hay una página web supersencilla y adictiva que es, simplemente, el sonido de la lluvia, de fondo.
Dicen que el primer Mundial de fútbol que ganó Alemania, esa máquina futbolística, lo hizo gracias a un jugador especialista en ganar partidos bajo la lluvia. Una de las primeras novelas de J. G. Ballard es sobre un mundo en el que se ha llovido todo y los países están enterrados en agua: apenas si quedan islitas, y los reptiles (como las ranas de Magnolia) están reconquistando el planeta.
La lluvia parece someternos a una extraña forma de sentimentalismo: como si despertara nuestros sentimientos, como si nos llenara de humanismo.
¿Es la sensibilidad a la lluvia uno de los grandes inventos del Romanticismo? ¿Es responsabilidad de los climatólogos? ¿De la incansable lluvia pop de los videoclips?
Ahí están, mientras tanto, las referencias lluviosas: gotean sobre la página, caen por la ventana y el papel: “Este es un relato para leer en la cama, en una vieja casa, una noche de lluvia”, comienza diciendo Parecía un paraíso, la recomendable novela de John Cheever.
“Estoy cantando bajo la lluvia”, dice la famosa canción en la que un hombre alegre subraya que no puede ser frenado por ninguna tormenta exterior.
“Desearía que lloviera sobre mí”, cantaba Phil Collins en la década de 1980, en una balada de resignación amorosa.
“Vamos, que llueva sobre mí, que llueva desde una gran altura”, canta Thom Yorke en su versión epifánica sobre la era moderna. Androide paranoico, se llama, precisamente, esa canción, quizás inspirada en un androide mojado de una de las grandes escenas finales del cine.Debajo de la lluvia, llovido entero, ese androide mira a su perseguidor a los ojos y le dice, con palabras tan sentimentales: “He visto cosas que los humanos ni se imaginan. Naves incendiándose cerca del hombro de Orión. He visto Rayos C centelleando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo: como lágrimas en la lluvia”.
Y entonces nos apagamos.

Los links invisibles: comidas



Durante décadas hubo tres libros de posesión obligatoria en la casa de la familia argentina tipo: ese libro mitológico sobre un excluido social llevado a la gloria casi divina luego de su muerte; ese otro libro de tapas duras y cientos de miles de páginas sobre una religión, y las recetas de Doña Petrona.

Ahora las bibliotecas se diversificaron, se virtualizaron, se multiplicaron y/o desaparecieron: la obra literaria de Doña Petrona irá quedando en el olvido culinario pero las heladeras y el gusto general por la preparación de comidas, todavía no. Ahí están Francis Mallmann, el Gato Dumas, los Master Chefs, Maru Botana y la mismísima Narda Lepes, que vende cientos de libros y llegó a recrear televisivamente las recetas de aquella mítica gastrónoma nacional.

La inigualable Cuqui (bajo seudónimo japonés) también escribió un libro, aunque de gastronomía poética, donde hace que noticias policiales sean protagonizadas por alimentos. Ejemplo: “A 8 años de la desaparición de la carne con tomate la búsqueda fue abandonada por completo”. El absurdo y el humor fueron ingredientes, también, de ese insólito hit de la música nacional llamada “Pizza conmigo”, seis años posterior al episodio maestro de Seinfeld llamado “The soup Nazi”, donde un inmigrante riguroso desiste de venderle sus sopas a cualquier neoyorquino que rompa la más mínima formalidad.

Más acorde con el folklore latinoamericano, podemos escuchar ese tema de Juan Quintero y Luna Monti donde se canta la receta para hacer chipá, y continuar luego con uno específicamente cordobesista invitando al asado y al fernet. Después de eso, en la sobremesa, seguro seguiremos armando una playlist dedicada exclusivamente a las comidas.

¿Quejas? ¿Quieren probar una prosa hilarante y nada estreñida? Ahí tienen a “Iti, el hermoso”, ese personaje web que hace manifiestos quejosos contra todo tipo de productos. Así comienza uno de sus textos, en este caso, un exabrupto contra una galletita deforme en un famoso paquete surtido: “Al meter la mano para sacar mi primer bocado lo que salió fue un MENJUNGUE ESOTÉRICO de galletitas unidas como siamesas; pegadas como la marca de Corea a Maradona en el 86; fusionadas en una sola gran masa galletística digna del experimento más satánico”. 

¿Más picante? ¿Quieren una prosa letal que defenestre y a la vez sintetice el paladar argentino? Ahí tienen el artículo de Mariana Enriquez, servido para el idioma inglés, sin traducción, llamado “El arte y el horror del asado argentino”, una joya socioestética en la que justifica el mal desempeño del equipo nacional de asados en un campeonato mundial, luego habla de un episodio casi bíblico con vacas carneadas y finalmente protesta (con especias y argumentos) contra la poca diversidad alimentaria argentina.

Una diversidad que poco le importó a Juan José Saer, quien nos dio grandes páginas describiendo conversaciones entre amigos durante cualquier comilona y quien detuvo y alteró los tiempos de cocción literaria para contar los lentos rituales alrededor y durante las comidas, como ese cordero asado de año nuevo en “El limonero real”.
Cenas con invitados en la mesa hay miles, ya que son un género en sí: posiblemente la más famosa incluya una traición, y luego hay cientos de películas que consisten, apelando a un buen guión y a buenas actuaciones, en una incómoda ingesta en común.

Pero mejor volver al principio: a la carne, al sacrificio, a los gauchos, al asado original. Ahí está esa película mítica y generacional llamada “El asadito” de la que probablemente Narda Lepes no sepa nada y donde quizás se cuente lo inverso de la historia latente del libro de Doña Petrona: en esa película varios hombres, en una previa de año nuevo, ven como sus vidas se han desgastado mientras la noche cae y los mastica muy lentamente.



  Los links invisibles: las 7 diferencias

Había un juego bastante popular en revistas y diarios: el juego de las (cinco, seis o siete) diferencias. Se trataba de dos imágenes que a primera vista parecían similares pero que escondían diferencias: una raqueta de tenis, un almohadón, un gatito. Ese juego compartía página con los crucigramas, con las adivinanzas y con las tiras cómicas. Luego desapareció o se multiplicó en la Internet, donde pueden encontrarse cientos de versiones pero nunca la historia del juego (¿quién lo inventó, cuándo fue su apogeo?).

Como tantos otros dispositivos, el juego de las diferencias permaneció en la memoria de quienes lo conocieron y se fue transformando en otra cosa. Por ejemplo en esa tendencia amateur de hacerse fotos exactamente iguales (misma ropa, misma pose) a las fotografías de infancia, pero sin poder ocultar el paso del tiempo y la edad. Por ejemplo en algunos videojuegos de rol, donde la toma de ciertas decisiones hace que la historia del juego vaya por cierto camino apenas distinto de otro. Por ejemplo en cine: parte de la estética del surcoreano Hong Sang Soo se caracteriza no sólo por diálogos amenos con toques de ternura, intimidad y humor, sino, principalmente, por contar la misma cosa dos veces y por repetir (con sutiles diferencias) una estructura narrativa enla misma película.

En su momento “Televisión registrada” se caracterizó por mostrar las grotescas diferencias (entre un contexto político y otro) del discurso del político nefasto de turno, castigando el cinismo, la inconsistencia política y el oportunismo mediante el uso de archivos. Años antes, Raúl Portal y Federica País conducían PNP (“Perdona nuestros pecados”), un programa de TV con un segmento memorable: en él incitaban a que los televidentes buscaran un error de montaje entre una imagen y la siguiente (un auto con chapa distinta, un botón desabrochado en el saco). En la transición entre menemismo, delarrutismo y kirchnerismo, esos juegos de las diferencias educaban al espectador en la contemplación de las trampas de la imagen.

Como ocurría en PNP, muchas veces el tradicional juego de las diferencias se ha transformado en el juego “del error”: hay dos imágenes pero una es errónea porque, por ejemplo, hay siete objetos que no pertenecen (por verosimilitud histórica) a la imagen. Sin embargo, salvo en esa variante en particular, entre dos imágenes que esconden solo 7 diferencias: ¿cuál es, al fin y al cabo, la correcta? ¿Cuál es “la real”? ¿Podemos elegir cuál preferimos si se trata, como suele ocurrir, de diferencias aparentemente minúsculas, menores? Claro que una de las imágenes nos tendría a nosotros mismos diciendo que no, que no podemos elegir, que son lo mismo. Pero la otra imagen nos mostraría diciendo que sí, que hay una diferencia, y que esa distinción nos importa.

En “Contra Córdoba”, Diego Tatián apela, indirectamente, al juego de las diferencias. Hay una Córdoba infernal, una Córdoba conservadora, amurallada, que ahoga y destruye cualquier tentativa de transformarla, de sacarla de sí; pero también hay otra Córdoba casi idéntica que esconde fantasmas, fuerzas ocultas y latentes que a veces los comerciantes de imágenes quieren borrar, hacer pasar por transparencia y entonces lograr que creamos que no hay juego: que lo que es, es lo que fue, y lo que fue es lo que tiene que ser, porque lo será.

El artista gráfico Richard McGuire hizo un fanzine que se transformó en clásico del comic donde mostraba, simplemente, la “historia” de un rincón de una casa y todo lo que pasaba en él a lo largo de los años. Es una variante historietistica extrema del juego de las diferencias (y una conversación apócrifa con el libro de Tatián): todo cambia, salvo el lugar de los hechos, que parece quieto y a la vez estalla.



Los links invisibles: Tenis


Si hablamos de tenis, Federer, el gran jugador de todos los tiempos, nos es contemporáneo: su destreza y elegancia hacen que se lo compare con un samurai. A Federer sólo se le puede hacer una larga y enfática oda. No, en realidad no: ya la hizo el escritor (y antes tenista) David Foster Wallace, en uno de sus ensayos más conocidos: Federer como experiencia religiosa. Recordemos: en el tenis la cancha se divide en dos partes, así como hay un grandioso texto de Foster Wallace describiendo épicamente el juego de Federer hay uno, del otro lado de la red, donde destroza la “autobiografía” de una tenista famosa: el texto se llama nada menos que Cómo Tracy Austin me rompió el corazón. 

Casi una década después de la publicación de ese texto, Andre Agassi (ya retirado) contrata a un escritor fantasma para que le escriba la biografía. Agassi ha jugado contra el gran samurái y el escritor fantasma (J. R. Moehringer) ha leído a Foster Wallace y sabe cómo no se debe escribir jamás una biografía deportiva. Entonces, en una de esas conversaciones y peloteos millonarios, el escritor fantasma escucha que Agassi dice que ha odiado al tenis con toda su alma. Se da cuenta que ahí, en ese detalle, está el corazón del futuro libro, que luego llamará Open.

Ese es un “momento Gaudio”. Porque si de un lado están los que llaman “momentos Messi” o “momentos Federer”, donde contemplamos con asombro la ruptura de las leyes de la velocidad, la verosimilitud, la destreza y la Física, también existe el “momento Gaudio”. “¡Qué mal que la estoy pasando!”, dijo Gastón Gaudio en pleno partido de tenis y fue replicado para siempre. 

"Open", la autobiografía de Agassi, es un largo momento Gaudio narrado con encanto. El Martín Fierro podría ser literatura gauchesca + momento Gaudio. El gesto de Erdosain de llevarse las manos como rejas a la cara es un momento Gaudio. El personaje del ingeniero Bombita en Relatos salvajes está inspirado en la película Un día de furia + el momento Gaudio.

Pero, en realidad, el momento Gaudio más célebre se dio, valga la paradoja, del otro lado de la red y lo sufrió un mago apellidado Coria en una increíble final en polvo de ladrillo (¡contra Gaudio!). Coria empezó a cantarse a sí mismo el momento Gaudio y no dejó de escuchar ese estribillo y perdió el partido y el tenis para siempre. 

¿Dónde estará Coria, ahora? ¿Dónde estará Tracy Austin? ¿Qué tenis mirarán? ¿Conocerán la película Matchpoint, de Woody Allen? La escena inicial de esa película es en una cancha de tenis. No hay personajes, solo la pelota yendo de un lado a otro: el narrador nos habla de la suerte, de cuántas cosas en la vida dependen de la suerte y no del tesón o el cálculo: señala, particularmente, el momento en que la pelota golpea la red y se eleva y puede caer de uno u otro lado y cambiar los destinos para siempre. ¿Qué pensará Federer de esa alegoría precaria? El historial de Federer contra Gaudio indica que son todas victorias para el suizo. El historial de Federer contra Coria, ídem. Gaudio comenta que la primera vez que vio jugar a Federer, cuando ambos eran jóvenes y tenían todo el futuro tenístico por delante, dijo: “Ese es malísimo, nunca va a ser un número uno”. 

¿Alguien habrá dicho lo mismo del joven Foster Wallace y afortunadamente las palabras no cayeron en una red rota y llegaron a oídos de David, que dejó el tenis y se dedicó a escribir? Mejor terminar recordando que existe una banda llamada Tennis que tiene dos temas titulados algo así como "La mejor versión de mí mismo" y "Por la mañana seré mejor": parecen títulos de autoayuda para samuráis y antigaudios. 

De un lado de la red, la suerte; del otro, la impaciencia o el hartazgo. 
De un lado de la red, la astucia; del otro, el desencanto.
Y más allá, nosotros, que vemos como la pelota va y viene, hipnotizados por ese vaivén maravilloso y capital.




Caras y caritas



1. Fui al primer recital grande en toda mi vida y, para ir, viajé por primera vez en avión. Finalmente me animé; puede que semejante tardanza haya sido culpa de una película o de una canción de Alanis Morrisette. Cuando el avión comenzó el despegue no sentí miedo alguno, sino que el estómago y el cuerpo entero se me iban para adelante y la otra parte quedaba atrás, y me sentí ridículo por estar preocupado por escribir libros e inventar historias cuando alguien había inventado esa cosa enorme que vuela y lleva gente de un lado a otro. Ya en el aire, en pleno vuelo horizontal, estuve alerta: escuchaba cada ruidito como si tuviese un significado trascendental. Odié las turbulencias, pero encontré cierto encanto en que la palabra fuese ella misma turbulenta (y, lamentablemente, bastante larga). Al lado mío había un señor que tenía los ojos casi afuera de la cara y una bolsa pegada al pecho. “Estoy perfecto, de verdad”, me dijo el hombre esbozando una sonrisa emoticón. Recordé ese aforismo de Nietzsche: “Sin duda mentimos con la boca. Pero con la jeta que ponemos al mentir, continuamos diciendo la verdad”. Es un aforismo clave: divide los sentimientos de las expresiones, como si unos estuviesen en tierra y las otras andando por los aires.

2. En realidad quería hablar sobre las caras que ponemos, sobre los sentimientos asociados a esas caras y sobre las palabras que usamos para referirnos a eso. Ejemplo: “estaba contento”, “me cagué de miedo”, “me dejó de cara”, “J”, “L”, “:0!!”. Ahí están todos esos deportistas profesionales, hablando de sus sentimientos después de una disputa. Ahí están los reporteros preguntándole a un accidentado cómo se siente antes de que se lo lleve una ambulancia. Ahí están esas preguntas rituales que no son preguntas: “¿Cómo estás?”, nos dice alguien a quien no vemos hace tiempo, y se supone que debemos responder con monosílabos, más atentos a la fluidez que a la sinceridad. En el otro extremo están las excepciones: cuando Ginobili, que acababa de ganar su tercer campeonato en la NBA, dijo que “necesitaba otro cuerpo” para sentir lo que sentía; cuando Kevin Garnett, en idéntica situación, comenzó a gritar “¡Todo es posible!!”, en un ataque de romanticismo y posverdad; cuando vimos a Messi correr con la cara llorosa y brazos voladores, o cuando un entrevistado le da vuelta la pregunta al entrevistador y le desarma la entrevista y el tiempo que se necesitaba para publicidades.

3. En el otro extremo está, también, la literatura. A veces cuando doy clases leo que alguien escribe “y entonces llegaron a casa y estaban todos contentos” y me agarro los pelos. A veces directamente lo encuentro en un libro, y me siento inmediatamente defraudado. Cómo van a estar todos contentos, cómo va a ser posible decir eso, me digo, trepado a la silla. Es una generalidad. Las generalidades solo sirven para situaciones generales, no para la literatura. Y así sigo, hasta que me golpeo la cabeza contra el techo. Entonces recurro a la biblioteca de los buenos libros. Agarro el cuento “Animalitos inexpresivos”, de Foster Wallace, y lo releo completo. Uno de los personajes de ese cuento dice que odia a los animales porque estos tienen una mirada sin expresión. Lo que resulta encantador es que ese mismo cuento está repleto de todo tipo de descripciones de caras. Bolaño, en su prosa cinemática y superveloz, cuando tiene que escribir sobre los sentimientos de sus personajes suele apelar a la yuxtaposición sin certezas: “vio la nuca de Fred, sentado al volante, como si estuviera conduciendo, la vista fija al frente, aunque puede que entonces tuviera los ojos cerrados o puede que los tuviera entornados o que mirara al suelo o que estuviera llorando”. Hebe Uhart sugiere usar la metáfora, y en sus clases cita este caso precioso: “una muchacha me abrió con una sonrisa que era también un bostezo”. El escritor colombiano Luis Miguel Rivas lo explicó muy bien cuando vino a Córdoba: le hicieron la típica pregunta retórica de si no está todo contado ya en este loco mundo, y respondió que sí, pero que el asunto es en relación con qué sentimientos se cuenta. No dijo “sentimiento”, usó el plural. Y explicó cómo el budismo sostiene que hay 84 mil combinaciones posibles de sentimientos y que en esa combinación estaban las literaturas.

4. Claro que en el otro extremo no están solamente los libros. Hay modos ejemplares en que la música hace mucho más que hablar de lo feliz y lo depre: tengo varios amigos músicos que se estremecen de indignación cuando alguien dice que los acordes mayores son “alegres” y los menores “tristes”. Hay cineastas, fotógrafos y retratistas expertos en trabajar con la expresión facial y sacarle el jugo a esta cuestión: trabajan con sentimientos que no conocíamos, o nos hacen tener sentimientos de los que apenas sabíamos palabra o profundizan en los menos populares (como bien hace la dupla Chow-Busqued). Pero volviendo a tierra: una consigna de escritura (y de no escritura) que suelo encontrar muy ilustrativa es la de pedir que durante una semana se describan en papelitos caras y expresiones, haciendo que se distingan unas a otras, logrando que sean acertadas, memorables.
Finalmente, para aterrizar del todo: el viaje en avión salió bien. El recital, espléndido. Uno de los temas de la banda que fui a ver dice, muy sabiamente: “Solo porque lo sientas / no significa que esté ahí”. Me retiro, ahora sí, con una mueca misteriosa en la cara.