Los links invisibles: el silencio

Están los Héroes del silencio, El silencio de los inocentes, el Tiempo de silencio y el Cerro silencioso. La primera es una banda de rock, la segunda una película sobre un psicópata particularmente culto, la tercera una novela española y el cuarto, un videojuego famoso; aunque, quién sabe, quizás también son todos códigos de una secta o formas de la política o metáforas de los medios de comunicación o partes de una ciudad.
Luego tenemos ese momento cotidiano mejor conocido como “un silencio incómodo” vinculado a episodios amistosos o familiares en los que, o se dijo algo que no tenía que decirse, o no se sabe qué decir y no se soporta el silencio. También está ese momento conocido como “silencio cómplice” (vinculado tanto a la complicidad como a la cobardía), y ese momento ritual espectacularizado mejor conocido como “un minuto de silencio”, con esa duración tan arbitraria como curiosa.
Hay grupos teológicos que hacen “retiros de silencio”; hay ciertas parejas que, ante las constantes discusiones, se autoimponen horas de silencio para regresar a la armonía y al amor. Hay momentos particularmente silenciosos en la intimidad de cada vida: el segundo después de recibir una pésima noticia, cuando el sonido, extrañamente, se apaga; el momento en que se termina un disco; las horas de la madrugada, cuando sólo los insectos no duermen.
Sumergido en una cámara especial, John Cage escuchó el sonido de sus sistemas circulatorios y nerviosos y se dio cuenta de que el silencio no existía: “En todo caso el silencio, casi en todas partes del mundo, es el tráfico”, dijo en alguna ocasión.
Muchísimos años después, en algún rincón de Argentina, un poeta llamado Lucas Soares escribió “Un drama eléctrico”, un poemario encerrado en el silencio en el que escribe “el drama/ donde uno se convierte/ en los sonidos que oye”.
Sumergido en su mayor momento de gloria, Xavier Iniesta relata cómo fue ese momento en el que convirtió el gol que le dio el campeonato del mundo a su país: “Sólo quedamos yo y el balón, como cuando ves una imagen en cámara lenta. Es difícil escuchar el silencio, pero yo en ese momento escuché el silencio, y sabía que el balón entraba”, dice.
Sumergido en su reino especial , Pascal Quignard escribió una de sus obras cumbres, llamada El odio a la música, en la que, con una musicalidad envidiable, explica que los tiempos modernos son aquellos en los que por primera vez hay seres humanos que huyen de la música.
Claro que están los silenciados, los que tienen voz pero no son escuchados, el silencio de la opresión y del terror; claro, también, que está el ruido visual, esa tendencia de la actualidad a que todos digan algo en todo momento sobre cualquier cosa.
En El Silenciero, Antonio Di Benedetto narra cómo un tipo es invadido por el ruido y no puede soportarlo y ya no puede vivir ningún tipo de vida. Las películas de Lucrecia Martel se caracterizan, justamente, por un tratamiento particular y distinguido del silencio, y no sería raro que antes de leer Zama ella hubiese leído El Silenciero. “No tenemos párpados para los oídos”, dice Martel en una conferencia en la que habla sobre la palabra, el sonido y el cine.
Finalmente, están los silencios gráficos. Miren el mundo, ahí afuera, todas esas publicidades, esas letras que dicen qué hacer, qué oír: dejarán de escuchar y de ver el silencio. Hay un momento fenomenal de la novela Tan fuerte, tan cerca, de Safran Foer, en el que podemos entender un gran silencio familiar y todo lo que significa leyendo decenas de páginas en blanco. Es un efecto similar a lo que sigue a un punto y aparte. O cuando se acaba un texto, o la página de un diario.
Ahora sí: escuchen.
Los links invisibles: Gigantes

Gigantes no hay por todos lados: escasean. Claro que hay estadios gigantes, mercados gigantes, personas grandotas, pero alcanzan para ser contados con nuestros dedos pequeñitos.
Uno de los primeros gigantes vivía en una isla: además de ser gigante era cíclope y se creyó la vil e ingeniosa mentira de un viajero que se hizo llamar “Nadie”. Cientos de años después, un tal Gulliver llegó a una isla: los habitantes eran sumamente pequeños, él fue considerado un coloso problemático y lo ataron al suelo. Pero no sólo en la tierra viven los gigantes, también hay gigantes en los cielos: en la historia de Juan y las habichuelas mágicas tenemos a ese ogro solitario y enorme, enriquecido en su reino de las alturas, a punto de ser expropiado.
En realidad, los gigantes en el mundo no escasean, más bien son llevados a islas: la isla del rugby, donde los más famosos y temibles son los All Blacks; la isla oriental del Sumo, para gigantes anchos; la isla del básquet, donde jugadores de talla inverosímil hacen maniobras en las alturas. Shaquille O’Neal fue amo y señor de esas tierras durante muchos años, y un chino intentó hacer lo mismo pero sólo pudo convertirse en memPocos saben que esa imagen de un oriental riéndose a carcajadas es, precisamente, Yao Ming. Y poquísimos saben que esa escena está sacada de una conferencia que dio junto con Ron Artest, un basquetbolista un poco intenso: además de ganar un título con los Lakers y hacer reír a Yao Ming, dio un par de trompadas en la trifulca conocida como “Malice at the palace” y de pronto decidió cambiar su nombre y se hizo llamar “Metta World Peace” (algo así como “paz y amor mundial”). El partido más famoso que disputó usando ese nombre es uno donde le da un codazo brutal al “pequeñito” y entonces poco popular James Harden (famoso por tener más barba que cuerpo).
Hay varios grandes basquetbolistas argentinos: uno tiene 40 años, es una leyenda viva y sigue jugando al básquet en tierra de gigantes; otro fue conocido como “El gigante González”, tuvo una carrera veloz y escarpada, jugó un amistoso junto a Menem, fue a la NBA y luego terminó haciendo lucha libre y viviendo en su pueblo natal en una silla de ruedas: en la crónica “El gigante que quiso ser grande”, Leila Guerriero cuenta su historia.
También están los dinosaurios, los dragones, los gigantes de Juego de tronos y Olga, el personaje de Liniers. La muestra “Ficción”, de Hora French, apela al gigantismo en su propuesta: desmesurada, nos lleva de viaje por el lugar donde se escondían los gigantes: el circo, las ferias de freaks. Hay un cuento de Luciano Lamberti con gigantes, cazadores y portales. El primer hit de la banda cordobesa Un día Perfecto para el pez Banana decía “Lucharás con los gigantes/ en tus sueños de esta noche”. El escritor Roberto Bolaño era fanático de un tema precioso llamado Lucha de gigantes; una parte gloriosa de esa canción dice: “Me da miedo la enormidad/ donde nadie oye mi voz”. Bolaño lo escuchaba mientras escribía sus enormes novelas y estaba al borde de la muerte. La parte de los femicidios de 2666 (quizás escrita con esa canción de fondo) es monumental, incómoda, ambiciosa, agobiante.
Habría que volver a las cosas enormes, descomunales, a cierto sano gigantismo: ahí están las larguísimas películas de Mariano Llinás, ese gran e inigualable libro llamado La casa de hojas, la música de esa gigante islandesa llamada Bjork. Pero ojito: no todo lo grande es gigante, del mismo modo que no todo lo minúsculo es pequeño, menor. Vean, si no, el calendario miniatura de Tanaka, el pequeño mundo ilustrado de María Negroni o la película También los enanos empezaron pequeños, del inconmensurable Werner Herzog.


Los links invisibles: lluvia

Tarde o temprano se largará a llover. La lluvia limpiará el aire y caerá sobre la tierra y será un alivio. Pero entonces quizás no pare, y llueva más fuerte, y el alivio se transformará en hartazgo, en preocupación. Mientras llueve, en las redes sociales aparecerán posteos que hablan de la lluvia. Llamativas tendencias de los humanos de la era contemporánea: su tendencia a la indignación inmediata, a recomendar series, a regodearse con videos de mascotas, a anunciar el comienzo de la lluvia. Es el extraño reverso de la lluvia ácida: la lluvia obvia, la lluvia tierna, el agua virtual que recorre las redes.
Sucede que esa lluvia también inunda nuestra programación, nuestro lenguaje: podemos tener una lluvia de ideas, puede llover sobre mojado, podemos hacer la danza de la lluvia, esperar las lluvias de inversiones, estar atormentados: quizás sólo seamos máquinas que se secan y se humedecen y gracias a eso funcionan: ¿cómo saberlo?
Uno de los poemas modernos más replicados sobre la lluvia es de Vicente Luy; una de las canciones hispanas que más inundó nuestros oídos dice: “Lluvia cae / lentamente sobre mí”; la canción noventosa y atormentada más conocida probablemente sea Lluvia de noviembre; la poetisa Laura Wittner es especialista en escribir sobre la lluvia; hay un gran poema de Claudia Masin en el que escribe: “Pero el rayo no cae, no cayó / y al día siguiente todo sigue a salvo en el mismo lugar / Ese es el mayor desastre que conozco”.
El chaparrón más conocido probablemente sea el diluvio bíblico. La escena lluviosa más estrambótica es esa de la película Magnolia en la que de pronto empiezan a llover ranas. Hay una página web supersencilla y adictiva que es, simplemente, el sonido de la lluvia, de fondo.
Dicen que el primer Mundial de fútbol que ganó Alemania, esa máquina futbolística, lo hizo gracias a un jugador especialista en ganar partidos bajo la lluvia. Una de las primeras novelas de J. G. Ballard es sobre un mundo en el que se ha llovido todo y los países están enterrados en agua: apenas si quedan islitas, y los reptiles (como las ranas de Magnolia) están reconquistando el planeta.
La lluvia parece someternos a una extraña forma de sentimentalismo: como si despertara nuestros sentimientos, como si nos llenara de humanismo.
¿Es la sensibilidad a la lluvia uno de los grandes inventos del Romanticismo? ¿Es responsabilidad de los climatólogos? ¿De la incansable lluvia pop de los videoclips?
Ahí están, mientras tanto, las referencias lluviosas: gotean sobre la página, caen por la ventana y el papel: “Este es un relato para leer en la cama, en una vieja casa, una noche de lluvia”, comienza diciendo Parecía un paraíso, la recomendable novela de John Cheever.
“Estoy cantando bajo la lluvia”, dice la famosa canción en la que un hombre alegre subraya que no puede ser frenado por ninguna tormenta exterior.
“Desearía que lloviera sobre mí”, cantaba Phil Collins en la década de 1980, en una balada de resignación amorosa.
“Vamos, que llueva sobre mí, que llueva desde una gran altura”, canta Thom Yorke en su versión epifánica sobre la era moderna. Androide paranoico, se llama, precisamente, esa canción, quizás inspirada en un androide mojado de una de las grandes escenas finales del cine.Debajo de la lluvia, llovido entero, ese androide mira a su perseguidor a los ojos y le dice, con palabras tan sentimentales: “He visto cosas que los humanos ni se imaginan. Naves incendiándose cerca del hombro de Orión. He visto Rayos C centelleando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo: como lágrimas en la lluvia”.
Y entonces nos apagamos.

Los links invisibles: comidas



Durante décadas hubo tres libros de posesión obligatoria en la casa de la familia argentina tipo: ese libro mitológico sobre un excluido social llevado a la gloria casi divina luego de su muerte; ese otro libro de tapas duras y cientos de miles de páginas sobre una religión, y las recetas de Doña Petrona.

Ahora las bibliotecas se diversificaron, se virtualizaron, se multiplicaron y/o desaparecieron: la obra literaria de Doña Petrona irá quedando en el olvido culinario pero las heladeras y el gusto general por la preparación de comidas, todavía no. Ahí están Francis Mallmann, el Gato Dumas, los Master Chefs, Maru Botana y la mismísima Narda Lepes, que vende cientos de libros y llegó a recrear televisivamente las recetas de aquella mítica gastrónoma nacional.

La inigualable Cuqui (bajo seudónimo japonés) también escribió un libro, aunque de gastronomía poética, donde hace que noticias policiales sean protagonizadas por alimentos. Ejemplo: “A 8 años de la desaparición de la carne con tomate la búsqueda fue abandonada por completo”. El absurdo y el humor fueron ingredientes, también, de ese insólito hit de la música nacional llamada “Pizza conmigo”, seis años posterior al episodio maestro de Seinfeld llamado “The soup Nazi”, donde un inmigrante riguroso desiste de venderle sus sopas a cualquier neoyorquino que rompa la más mínima formalidad.

Más acorde con el folklore latinoamericano, podemos escuchar ese tema de Juan Quintero y Luna Monti donde se canta la receta para hacer chipá, y continuar luego con uno específicamente cordobesista invitando al asado y al fernet. Después de eso, en la sobremesa, seguro seguiremos armando una playlist dedicada exclusivamente a las comidas.

¿Quejas? ¿Quieren probar una prosa hilarante y nada estreñida? Ahí tienen a “Iti, el hermoso”, ese personaje web que hace manifiestos quejosos contra todo tipo de productos. Así comienza uno de sus textos, en este caso, un exabrupto contra una galletita deforme en un famoso paquete surtido: “Al meter la mano para sacar mi primer bocado lo que salió fue un MENJUNGUE ESOTÉRICO de galletitas unidas como siamesas; pegadas como la marca de Corea a Maradona en el 86; fusionadas en una sola gran masa galletística digna del experimento más satánico”. 

¿Más picante? ¿Quieren una prosa letal que defenestre y a la vez sintetice el paladar argentino? Ahí tienen el artículo de Mariana Enriquez, servido para el idioma inglés, sin traducción, llamado “El arte y el horror del asado argentino”, una joya socioestética en la que justifica el mal desempeño del equipo nacional de asados en un campeonato mundial, luego habla de un episodio casi bíblico con vacas carneadas y finalmente protesta (con especias y argumentos) contra la poca diversidad alimentaria argentina.

Una diversidad que poco le importó a Juan José Saer, quien nos dio grandes páginas describiendo conversaciones entre amigos durante cualquier comilona y quien detuvo y alteró los tiempos de cocción literaria para contar los lentos rituales alrededor y durante las comidas, como ese cordero asado de año nuevo en “El limonero real”.
Cenas con invitados en la mesa hay miles, ya que son un género en sí: posiblemente la más famosa incluya una traición, y luego hay cientos de películas que consisten, apelando a un buen guión y a buenas actuaciones, en una incómoda ingesta en común.

Pero mejor volver al principio: a la carne, al sacrificio, a los gauchos, al asado original. Ahí está esa película mítica y generacional llamada “El asadito” de la que probablemente Narda Lepes no sepa nada y donde quizás se cuente lo inverso de la historia latente del libro de Doña Petrona: en esa película varios hombres, en una previa de año nuevo, ven como sus vidas se han desgastado mientras la noche cae y los mastica muy lentamente.



  Los links invisibles: las 7 diferencias

Había un juego bastante popular en revistas y diarios: el juego de las (cinco, seis o siete) diferencias. Se trataba de dos imágenes que a primera vista parecían similares pero que escondían diferencias: una raqueta de tenis, un almohadón, un gatito. Ese juego compartía página con los crucigramas, con las adivinanzas y con las tiras cómicas. Luego desapareció o se multiplicó en la Internet, donde pueden encontrarse cientos de versiones pero nunca la historia del juego (¿quién lo inventó, cuándo fue su apogeo?).

Como tantos otros dispositivos, el juego de las diferencias permaneció en la memoria de quienes lo conocieron y se fue transformando en otra cosa. Por ejemplo en esa tendencia amateur de hacerse fotos exactamente iguales (misma ropa, misma pose) a las fotografías de infancia, pero sin poder ocultar el paso del tiempo y la edad. Por ejemplo en algunos videojuegos de rol, donde la toma de ciertas decisiones hace que la historia del juego vaya por cierto camino apenas distinto de otro. Por ejemplo en cine: parte de la estética del surcoreano Hong Sang Soo se caracteriza no sólo por diálogos amenos con toques de ternura, intimidad y humor, sino, principalmente, por contar la misma cosa dos veces y por repetir (con sutiles diferencias) una estructura narrativa enla misma película.

En su momento “Televisión registrada” se caracterizó por mostrar las grotescas diferencias (entre un contexto político y otro) del discurso del político nefasto de turno, castigando el cinismo, la inconsistencia política y el oportunismo mediante el uso de archivos. Años antes, Raúl Portal y Federica País conducían PNP (“Perdona nuestros pecados”), un programa de TV con un segmento memorable: en él incitaban a que los televidentes buscaran un error de montaje entre una imagen y la siguiente (un auto con chapa distinta, un botón desabrochado en el saco). En la transición entre menemismo, delarrutismo y kirchnerismo, esos juegos de las diferencias educaban al espectador en la contemplación de las trampas de la imagen.

Como ocurría en PNP, muchas veces el tradicional juego de las diferencias se ha transformado en el juego “del error”: hay dos imágenes pero una es errónea porque, por ejemplo, hay siete objetos que no pertenecen (por verosimilitud histórica) a la imagen. Sin embargo, salvo en esa variante en particular, entre dos imágenes que esconden solo 7 diferencias: ¿cuál es, al fin y al cabo, la correcta? ¿Cuál es “la real”? ¿Podemos elegir cuál preferimos si se trata, como suele ocurrir, de diferencias aparentemente minúsculas, menores? Claro que una de las imágenes nos tendría a nosotros mismos diciendo que no, que no podemos elegir, que son lo mismo. Pero la otra imagen nos mostraría diciendo que sí, que hay una diferencia, y que esa distinción nos importa.

En “Contra Córdoba”, Diego Tatián apela, indirectamente, al juego de las diferencias. Hay una Córdoba infernal, una Córdoba conservadora, amurallada, que ahoga y destruye cualquier tentativa de transformarla, de sacarla de sí; pero también hay otra Córdoba casi idéntica que esconde fantasmas, fuerzas ocultas y latentes que a veces los comerciantes de imágenes quieren borrar, hacer pasar por transparencia y entonces lograr que creamos que no hay juego: que lo que es, es lo que fue, y lo que fue es lo que tiene que ser, porque lo será.

El artista gráfico Richard McGuire hizo un fanzine que se transformó en clásico del comic donde mostraba, simplemente, la “historia” de un rincón de una casa y todo lo que pasaba en él a lo largo de los años. Es una variante historietistica extrema del juego de las diferencias (y una conversación apócrifa con el libro de Tatián): todo cambia, salvo el lugar de los hechos, que parece quieto y a la vez estalla.



Los links invisibles: Tenis


Si hablamos de tenis, Federer, el gran jugador de todos los tiempos, nos es contemporáneo: su destreza y elegancia hacen que se lo compare con un samurai. A Federer sólo se le puede hacer una larga y enfática oda. No, en realidad no: ya la hizo el escritor (y antes tenista) David Foster Wallace, en uno de sus ensayos más conocidos: Federer como experiencia religiosa. Recordemos: en el tenis la cancha se divide en dos partes, así como hay un grandioso texto de Foster Wallace describiendo épicamente el juego de Federer hay uno, del otro lado de la red, donde destroza la “autobiografía” de una tenista famosa: el texto se llama nada menos que Cómo Tracy Austin me rompió el corazón. 

Casi una década después de la publicación de ese texto, Andre Agassi (ya retirado) contrata a un escritor fantasma para que le escriba la biografía. Agassi ha jugado contra el gran samurái y el escritor fantasma (J. R. Moehringer) ha leído a Foster Wallace y sabe cómo no se debe escribir jamás una biografía deportiva. Entonces, en una de esas conversaciones y peloteos millonarios, el escritor fantasma escucha que Agassi dice que ha odiado al tenis con toda su alma. Se da cuenta que ahí, en ese detalle, está el corazón del futuro libro, que luego llamará Open.

Ese es un “momento Gaudio”. Porque si de un lado están los que llaman “momentos Messi” o “momentos Federer”, donde contemplamos con asombro la ruptura de las leyes de la velocidad, la verosimilitud, la destreza y la Física, también existe el “momento Gaudio”. “¡Qué mal que la estoy pasando!”, dijo Gastón Gaudio en pleno partido de tenis y fue replicado para siempre. 

"Open", la autobiografía de Agassi, es un largo momento Gaudio narrado con encanto. El Martín Fierro podría ser literatura gauchesca + momento Gaudio. El gesto de Erdosain de llevarse las manos como rejas a la cara es un momento Gaudio. El personaje del ingeniero Bombita en Relatos salvajes está inspirado en la película Un día de furia + el momento Gaudio.

Pero, en realidad, el momento Gaudio más célebre se dio, valga la paradoja, del otro lado de la red y lo sufrió un mago apellidado Coria en una increíble final en polvo de ladrillo (¡contra Gaudio!). Coria empezó a cantarse a sí mismo el momento Gaudio y no dejó de escuchar ese estribillo y perdió el partido y el tenis para siempre. 

¿Dónde estará Coria, ahora? ¿Dónde estará Tracy Austin? ¿Qué tenis mirarán? ¿Conocerán la película Matchpoint, de Woody Allen? La escena inicial de esa película es en una cancha de tenis. No hay personajes, solo la pelota yendo de un lado a otro: el narrador nos habla de la suerte, de cuántas cosas en la vida dependen de la suerte y no del tesón o el cálculo: señala, particularmente, el momento en que la pelota golpea la red y se eleva y puede caer de uno u otro lado y cambiar los destinos para siempre. ¿Qué pensará Federer de esa alegoría precaria? El historial de Federer contra Gaudio indica que son todas victorias para el suizo. El historial de Federer contra Coria, ídem. Gaudio comenta que la primera vez que vio jugar a Federer, cuando ambos eran jóvenes y tenían todo el futuro tenístico por delante, dijo: “Ese es malísimo, nunca va a ser un número uno”. 

¿Alguien habrá dicho lo mismo del joven Foster Wallace y afortunadamente las palabras no cayeron en una red rota y llegaron a oídos de David, que dejó el tenis y se dedicó a escribir? Mejor terminar recordando que existe una banda llamada Tennis que tiene dos temas titulados algo así como "La mejor versión de mí mismo" y "Por la mañana seré mejor": parecen títulos de autoayuda para samuráis y antigaudios. 

De un lado de la red, la suerte; del otro, la impaciencia o el hartazgo. 
De un lado de la red, la astucia; del otro, el desencanto.
Y más allá, nosotros, que vemos como la pelota va y viene, hipnotizados por ese vaivén maravilloso y capital.




Caras y caritas



1. Fui al primer recital grande en toda mi vida y, para ir, viajé por primera vez en avión. Finalmente me animé; puede que semejante tardanza haya sido culpa de una película o de una canción de Alanis Morrisette. Cuando el avión comenzó el despegue no sentí miedo alguno, sino que el estómago y el cuerpo entero se me iban para adelante y la otra parte quedaba atrás, y me sentí ridículo por estar preocupado por escribir libros e inventar historias cuando alguien había inventado esa cosa enorme que vuela y lleva gente de un lado a otro. Ya en el aire, en pleno vuelo horizontal, estuve alerta: escuchaba cada ruidito como si tuviese un significado trascendental. Odié las turbulencias, pero encontré cierto encanto en que la palabra fuese ella misma turbulenta (y, lamentablemente, bastante larga). Al lado mío había un señor que tenía los ojos casi afuera de la cara y una bolsa pegada al pecho. “Estoy perfecto, de verdad”, me dijo el hombre esbozando una sonrisa emoticón. Recordé ese aforismo de Nietzsche: “Sin duda mentimos con la boca. Pero con la jeta que ponemos al mentir, continuamos diciendo la verdad”. Es un aforismo clave: divide los sentimientos de las expresiones, como si unos estuviesen en tierra y las otras andando por los aires.

2. En realidad quería hablar sobre las caras que ponemos, sobre los sentimientos asociados a esas caras y sobre las palabras que usamos para referirnos a eso. Ejemplo: “estaba contento”, “me cagué de miedo”, “me dejó de cara”, “J”, “L”, “:0!!”. Ahí están todos esos deportistas profesionales, hablando de sus sentimientos después de una disputa. Ahí están los reporteros preguntándole a un accidentado cómo se siente antes de que se lo lleve una ambulancia. Ahí están esas preguntas rituales que no son preguntas: “¿Cómo estás?”, nos dice alguien a quien no vemos hace tiempo, y se supone que debemos responder con monosílabos, más atentos a la fluidez que a la sinceridad. En el otro extremo están las excepciones: cuando Ginobili, que acababa de ganar su tercer campeonato en la NBA, dijo que “necesitaba otro cuerpo” para sentir lo que sentía; cuando Kevin Garnett, en idéntica situación, comenzó a gritar “¡Todo es posible!!”, en un ataque de romanticismo y posverdad; cuando vimos a Messi correr con la cara llorosa y brazos voladores, o cuando un entrevistado le da vuelta la pregunta al entrevistador y le desarma la entrevista y el tiempo que se necesitaba para publicidades.

3. En el otro extremo está, también, la literatura. A veces cuando doy clases leo que alguien escribe “y entonces llegaron a casa y estaban todos contentos” y me agarro los pelos. A veces directamente lo encuentro en un libro, y me siento inmediatamente defraudado. Cómo van a estar todos contentos, cómo va a ser posible decir eso, me digo, trepado a la silla. Es una generalidad. Las generalidades solo sirven para situaciones generales, no para la literatura. Y así sigo, hasta que me golpeo la cabeza contra el techo. Entonces recurro a la biblioteca de los buenos libros. Agarro el cuento “Animalitos inexpresivos”, de Foster Wallace, y lo releo completo. Uno de los personajes de ese cuento dice que odia a los animales porque estos tienen una mirada sin expresión. Lo que resulta encantador es que ese mismo cuento está repleto de todo tipo de descripciones de caras. Bolaño, en su prosa cinemática y superveloz, cuando tiene que escribir sobre los sentimientos de sus personajes suele apelar a la yuxtaposición sin certezas: “vio la nuca de Fred, sentado al volante, como si estuviera conduciendo, la vista fija al frente, aunque puede que entonces tuviera los ojos cerrados o puede que los tuviera entornados o que mirara al suelo o que estuviera llorando”. Hebe Uhart sugiere usar la metáfora, y en sus clases cita este caso precioso: “una muchacha me abrió con una sonrisa que era también un bostezo”. El escritor colombiano Luis Miguel Rivas lo explicó muy bien cuando vino a Córdoba: le hicieron la típica pregunta retórica de si no está todo contado ya en este loco mundo, y respondió que sí, pero que el asunto es en relación con qué sentimientos se cuenta. No dijo “sentimiento”, usó el plural. Y explicó cómo el budismo sostiene que hay 84 mil combinaciones posibles de sentimientos y que en esa combinación estaban las literaturas.

4. Claro que en el otro extremo no están solamente los libros. Hay modos ejemplares en que la música hace mucho más que hablar de lo feliz y lo depre: tengo varios amigos músicos que se estremecen de indignación cuando alguien dice que los acordes mayores son “alegres” y los menores “tristes”. Hay cineastas, fotógrafos y retratistas expertos en trabajar con la expresión facial y sacarle el jugo a esta cuestión: trabajan con sentimientos que no conocíamos, o nos hacen tener sentimientos de los que apenas sabíamos palabra o profundizan en los menos populares (como bien hace la dupla Chow-Busqued). Pero volviendo a tierra: una consigna de escritura (y de no escritura) que suelo encontrar muy ilustrativa es la de pedir que durante una semana se describan en papelitos caras y expresiones, haciendo que se distingan unas a otras, logrando que sean acertadas, memorables.
Finalmente, para aterrizar del todo: el viaje en avión salió bien. El recital, espléndido. Uno de los temas de la banda que fui a ver dice, muy sabiamente: “Solo porque lo sientas / no significa que esté ahí”. Me retiro, ahora sí, con una mueca misteriosa en la cara.



Cinco hipótesis sobre los mundiales


1. Me acuerdo exactamente donde vi la final del mundial 90: en una habitación matrimonial, tirados con mis amigos de infancia. Más aún: me acuerdo que todos en esa habitación y en este lado del país sabíamos a dónde iba a patear el penal Brehme, a dónde iba a ir Goyco, y que la final estaba perdida si Alemania convertía ese penal. Uno de los chicos en esa habitación llamaba Sergio. Era pecoso. Cuando jugábamos en la calle, era el que más se quejaba, siempre decía que no le hiciéramos foul, que sino tenía que ir al médico. Luego de la final no quiso que pisáramos más su casa. Después creció, no supe más de él. Tengo esa foto mental de nosotros, en ese mundial, junto a tres amigos más, en una habitación minúscula. También me acuerdo donde vi la final del 2014, la goleada alemana de 2010, y me acuerdo de partidos insólitos (Uruguay vs Ghana, en 2010; Italia vs Chile, en el 98): podría sacar recuerdos de cada uno de los mundiales, hilarlos, contar, de algún modo, cualquier historia. Hipótesis 1: los mundiales son como traumas de infancia, o como magdalenas proustianas; son como una máquina de pasar diapositivas o un álbum de fotos: oh, te acordás, parecen decirnos, lo que fueron aquellos días.

2. Cantando la canción que está por encima de las hinchadas, se podría insistir (por enésima vez) con que los mundiales son fachadas. Sirven para esconder lo que realmente pasa, son el opio del pueblo mundialista, se usan en la agenda política para tapar malestares de turno y realizar medidas descorazonadoras: son como la caverna de Platón pero con pasto verde, sombras y gente apasionada y millonaria corriendo detrás de un balón. Sucede que podría decirse exactamente lo contrario, jugando sencillo, tocando corto. Hipótesis 2: un mundial no esconde ni es fachada, sino que es más bien una demostración, un exceso de literalidad: en los mundiales compiten naciones con sus hombres más representativos, empujando una pelota de dinero que, si traspasa un límite (blanco), perjudica la moral y la economía del equipo contrario hasta dejarla en el horno. En un mundial participan muchísimas naciones, pero solo triunfa y es premiada una. Está clarísimo quienes van a ganar y quienes no: jamás los equipos mundialistas emergentes. Los protagonistas suelen ser los emprendedores, los egoístas, el trabajo manufacturado y maquínico en equipo, la tradición, el pulso de la continuidad, el reconocimiento del pasado pisado: un cambio menorsísimo es discutido hasta el hartazgo.

3. Según los manuales oficiales de historia (y de acuerdo a la cantidad de países implicados) hubo dos grandes guerras mundiales. Una fue previa al primer gran torneo futbolístico. La otra (la segunda) interrumpió por única y excepcional vez la continuidad futbolera. Desde entonces, cada cuatro años, pueden pasar miles de cosas en el mundo, pero siguen los mundiales. Puede haber muertos en Qatar, vietnamitas carbonizados, gritos monumentales de torturados, paros de transporte, favelas destrozadas, puede haber un cambio repentino de sede (de Colombia a México), un terremoto letal, pero nada, absolutamente nada ha podido detener, desde 1950, a los mundiales de fútbol y a las millonarísimas ganancias obtenidas a través de ellos. Hipótesis 3: es más difícil frenar un mundial que una guerra.  

4. Y sin embargo. Podría decirse que hay cambios de héroes futbolísticos cada treinta años, que cada treinta años aparecen grandísimas figuras enemistadas y que dos de esas figuras son representantes argentinos. Y también podría decirse que el espectáculo del fútbol (como las tecnologías de la comunicación) se ve drásticamente modificado cada treinta años: de la radio a la televisión, de la televisión al gran mercado publicitario, de ahí al mundo entero y la web, llevando el fútbol a lugares insólitos, incluyendo a todo país que pueda llamarse un país, etcétera. De una u otra manera, toca un nuevo ciclo treinteañero: se viene un cambio exterior a las propias reglas de juego y a la tradición más arcaica. Hipótesis 4: pronto se acabarán los mundiales tal como los conocemos. Será por el cambio climático, o será porque desaparecerán las naciones modernas, o será porque habrá equipos mixtos con nuevas reglas o por un volcán que erupciona en el mismo momento de un partido o por un ataque terrorista o por uno de los últimos grandes ataques financieros. Hipótesis excesiva, y ahora profecía: luego de 2030 ya no habrá más mundiales. Se retirarán cumpliendo sus cien años. Firma: Nostradamus FC.

5. Hipótesis 5: existe el mundial de los medios. Debería incluirse en el fixture, y deberíamos ir viendo los (previsibles) resultados. Grupo A: Aumento de la boleta de gas, Desalojos en Juárez Celman, Fotos de paisaje nevado o con vientito, Las bondades del FMI. Grupo B: Muerte de famoso, Problema ecológico en lugar distante, Capitán Dólar, Recorte de fondos públicos. Grupo C: Aumentos en la Nafta, Aumentos en el colectivo, Aumentos en La Luz, Criminalización de la protesta. Grupo D: Celebración del emprendedor de turno, Algo horrible que pasa en un lugar lejano qué suerte, Elogio de la Civilidad educada, Críticas a la Educación Pública. Grupo E (“el grupo de la muerte”): Publicidades encubiertas sobre la “provida”, Lluvia de inversiones, La Pesada Herencia, Gran Crisis Nacional. Grupo F: complétenlo ustedes, elijan sus mejores figuritas. Y entonces, cuando terminen de hacerlo, miren esa pelota luminosa, cómo rueda por el cielo.





 Ventanita americana
(sobre uno de los videos del 2018)




1. El video explotó, en cuestión de segundos. Al rato ya se lo compartía en redes, al rato se convertía en meme y tuvo tantas reproducciones como el video del felino huidizo del mes. El cantante se llama Childish Gambino, el tema “This is América”: es uno de los videoclips del 2018.

2. Breve sinopsis del video: hay un negro en cueros, sin tatuajes y con barba semibinladesca que comienza bailando de manera levemente ridícula (detalle clave: una apertura de ojo desorbitada y freak). Entonces le raja la cabeza de un disparo a un tipo amarrado a una silla y, luego de entregar el arma (con sumo cuidado), vuelve a bailar como si nada junto a un grupo de estudiantes de preparatoria. Después acribilla a un coro gospel. Sigue bailando con los jovencillos mientras atrás se desata el caos social. Se prende un porro antes de bailar arriba de un auto viejo. Finalmente lo persigue una horda de (parecería) blanquitos.

3. “Esto es América” apareció en el momento y en el lugar adecuado: Donald Glover, también conocido musicalmente como “Childish Gambino”, fue invitado estelar en Saturday Night Live un día antes del estreno del video. Ese sábado, además de cantar el tema en vivo, se burló de Kayne West, el referente del rap que había dicho, haciendo gala de un existencialismo a la Trump, que “los esclavos negros eligieron someterse a la esclavitud”. Como si fuera poco, unos días después se estrenaba “Solo” de la Saga Star Wars, donde Glover-Gambino es el joven Lando Carlissian, y unos días antes terminaba la segunda temporada de la serie “Atlanta”, de la que Glover es actor y a la vez creador. Donald Glover: un verdadero renacentista posmoderno negro, como se dijo en algunas partes, mientras en otras se lo tildaba de galletita Oreo (blanco por dentro, negro por fuera): al menos hasta que apareció el video y rompió la Internet.

4. Buena parte del clip “Esto es América” está hecho con una sola toma de cámara y con una coreografía compleja que incluye primeros planos de Gambino y transfondo con “caos social regulado”. El videoclip es a la vez un musical, el retrato semidesnudo del artista negro de turno, una sátira, una declaración y un catálogo de referencias: la pose de Gambino en el primer disparo cita a la imaginería de un tal Jim Crow; la falta de tatuajes y ostentación de riqueza es un guiño apóstata al gremio; la matanza del coro gospel es una alusión a una masacre reciente; aparentemente el caballo blanco es un caballo bíblico, y el escenario con garage se parece a una parte del documental de Jean Luc Godard sobre los Rolling Stones donde representantes de la organización de las panteras negras discuten su doctrina mientras, de fondo, vemos gente asesinada.

5. La  canción no es un hit (difícilmente tenga una parte “pegadiza”), la coreografía es más bien un collage de movimientos (desde MJ hasta el coreógrafo estelar de SIA); Gambino no es el rapero común y corriente (es más bien hipster); la letra cita la larga tradición de canciones sobre (Norte)América, etcétera. Una buena explicación de la “genialidad” del video es que no se esperaba que Gambino se pusiera políticamente explícito, que bailara, que se saliera del R&B que lo consagró en el disco anterior y que además, valiéndose del modelo de la superficie y el fondo, retratara dos asuntos que son contemporáneos a la comunidad yanqui (la portación de armas, la segregación racial) y dos que nos son particularmente contemporáneos a los ciudadanos del mundo global: la disonancia y la distracción.

6. La disonancia: el tono alegre de la canción entra en un loop oscuro y maquínico luego del primer disparo; el coro intenta retomar la parte alegre pero es borrado del mapa. Esa disonancia musical es la misma que enfrenta visualmente el espectador, oscilando entre el baile en primer plano y la violencia armamentista. “Controversial” es lo primero que se dice del video y, sin embargo, es tan obviamente controversial que hasta podría resultar nada controversial: ahí están las reacciones sobreactuadas de varios youtubers (¡No, cómo puede ser! + Gesto especulativo de estupor). ¿Es disonante el video de Gambino? ¿Respecto a qué? Parecería, más bien, que sucede como en el final de la canción: los elementos que eran disonantes terminan ensamblándose forzosamente. Gambino huye y, a la vez, baila.

7. La distracción: según testimonios, a los colegiales danzarines del video se les dio la indicación de “representar la alegría y el optimismo”: por eso se la pasan bailando por toda el escenario. Nada parece distraerlos. Y nada parece distraer a la música ni a Gambino, que sigue haciendo muecas raras para la cámara. El espectador tampoco (y aquí uno de los errores de interpretación) puede distraerse de “el fondo”. Porque no hay tal fondo: la violencia social que está detrás de los colegiales y de Gambino no está “afuera”, no es posible no verla: la distracción no es posible o solo ella es posible, parecería decir el video. Mientras tanto, Gambino no se hace el distraído: se regodea ácidamente con la violencia racial, se regodea de su renacentismo y muestra que el sueño americano y el sueño de las generaciones netflix es exactamente esto: una dosis epifánica de un optimismo psicótico. Eso, y la idea de que una vida según el modelo norteamericano consiste en bailar sobre un escenario de caos social, no por eso carente de “armonía” y de espectacularidad.



Juan Nepomuceno, su gato y los molinos
(cuento para niños para el primer número de la Revista Rampante. 
Viene escondido en la revista, casi un libro adentro de ella. Y con esta encantadora tapa)



Apenas despertó, Juan Nepomuceno se dio cuenta de que había perdido a su gato: ¡otra vez!
No estaba en la alacena, no estaba en el saco de harina, ni durmiendo dentro del horno.

Decidido a encontrarlo, Juan Nepomuceno salió de casa. El barrio estaba completamente distinto: no había casas, no había calles, no había panaderías ni quioscos. Sólo campos de trigo y grandes molinos.

En uno de los molinos había un tipo con una armadura y un palo de escoba dándole golpes a las paredes y gritando “¡Viva mi imaginación!”.
En otro de los molinos había un señor panzón tendido, roncando. Juan Nepomuceno se acercó a preguntarle si había visto a su gato y el señor panzón se despertó y empezó a decir cosas raras: “De tal palo tal pastilla”, “Más vale pájaro en mano que billete de cien volando”.
Juan Nepomuceno no entendió nada, así que siguió camino.

Pasó por un molino donde se hacían medialunas que tenían sabor a sol, pasó por un molino donde se hacía un pan increíble con un sabor asombroso pero que no se podía ver ni tocar. Pasó por un molino donde hacían pan con pasto, que era más sano y fortificador.

Finalmente pasó por un molino donde había una bruja que hacía pan de chocolate, pero no se lo podía vender a nadie porque era obvio que era una bruja.
Como las brujas suelen estar rodeadas de gatos, Juan Nepomuceno se acercó a ella. 
–¿No vio a mi gato? Se me perdió de nuevo –le dijo.
No, no vi nada –contestó la Bruja–. Pero si probás mi pan especial de chocolate quizás lo puedas encontrar. 
Obviamente, Juan Nepomuceno dudó. Le gustaba el chocolate, pero le daba mala espina la bruja. Entonces se acordó del panzón que decía frases incomprensibles y del pan rico que no se podía ver ni tocar y del caballero de la loca armadura. Había cosas más raras en el mundo que una bruja que regalaba pan.
Juan Nepomuceno probó el pan de la bruja. Estaba bien, pero le faltaba sabor.
–Le falta sabor –dijo Juan Nepomuceno, pero eso no le quitó la sonrisa de la cara a la bruja.
–¡Es la primera vez que alguien prueba mi pan! ¡Ahora sé qué le falta: azúcar! ¡Muchas gracias! –dijo, y se metió al molino saltando contenta.

Juan Nepomuceno volvió caminando a casa. Le costó un poquito encontrarla entre tantos molinos.
Cuando abrió la vieja puerta, vio a su gato trepado arriba de la mesa.
–¡Acá hay gato encerrado! –le dijo Juan.  
–Miau –dijo el gato.
Y todo sanseacabó.


Eterno resplandor de una mente sin comienzos



0. ¿Cómo empezar un cuento, cómo empezar una novela, un libro, cómo empezar el año, una relación, un proyecto, un ensayo, cómo hacer para que la cosa arranque, para que estas mismas palabras, ahorita, no se borren, no desaparezcan? ¿Hay un manual de los comienzos correctos? ¿Qué tiene que estar sí o sí al principio? ¿Un estallido que todo lo contenga y lo disperse? ¿Una presentación ordenada del paisaje? ¿El verbo, la luz, el misterio y la oscuridad? ¿Primero va el parto, el nacimiento, el llanto o la huida? ¿Cómo saber si se comenzó el día, la vida, el año, el párrafo, con el pie derecho? ¿De qué no debe prescindir un buen comienzo? ¿Cuándo comienzan los comienzos y cuándo, en cambio, se pinchan, se hastían, se acaban?
Al menos, por ahora, dos certezas. Primero, que podría empezar cientos de veces este párrafo, pero no podría seguirlo si al comienzo no hay algo que llamaré “música”. Segundo, que por prestarle tanta atención a un comienzo puede no haber nada después, puede agotarse la energía, las ganas, la tenacidad y el comienzo ser solo eso: lo que está antes del abismo y el adiós.

0’. El primer partido de un mundial es clave. La primera impresión es la que se cuenta. En la temprana juventud se le da importancia al primer amor, al primer beso, al primer polvo. ¿De dónde demonios salió eso? Claro que respuestas hay muchas, y cada una es una cosmogonía, una sociopolítica. Este país lo hicieron todos esos hermosos abuelitos que vinieron en barco, dice una cancioneta bastante miope; en el comienzo estaba el gaucho, dice otra. En fin. Me gustan esas grandiosas películas que comienzan poniendo toda la carne en el asador: el comienzo de “Terciopelo azul”, por ejemplo, con ese paisaje, esos colores, esa canción y esa horrible oreja tirada en el verde césped. O el comienzo de “Érase una vez en el oeste”, de Sergio Leone, con esa escena larga a puro silencio, en el que sólo se escuchan el viento, una gotera y el vuelo de una mosca; o el comienzo magnético de “Historias extraordinarias”, o el de Pulp Fiction. En la música, en cambio, suele pasar otra cosa: es que se hizo famosa esa estrategia de guardar el gran hit para la segunda posición, de esconder el lento para la cuarta, de no quemar las naves. A pesar de eso hay un crítico musical que dice que el aleph de Michael Jackson está en el primer tema de su primer disco; la conciencia generacional y estética de Babasónicos es el sello premonitorio del primer tema de “Pasto”; el célebre disco de Pink Floyd empieza con vocecitas medio terroríficas y entonces llega la melancólica y semilisérgica “Breathe”. Por otra parte, en “Finales”, Pablo Bernasconi ilustra y cita los párrafos finales de grandes clásicos de la literatura y muestra lo poco que importa el spoileo en ciertas obras. ¿Ilustrará alguna vez Bernasconi un libro casi similar, pero con los grandes comienzos? Por si las dudas: el comienzo de “Esto parece el paraíso”, de Cheever, es perfecto. Lo mismo con un cuento de Wilcock sobre un cardenal que queda atrapado en un icosaedro. Y está el gran comienzo de un cuento de Bolaño que dice: “Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo parecido) después de la vida. La mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo”.

0’’. Parece simple, pero a veces no puedo dejar de pensar en ello: no es lo mismo vivir algo por primera vez que contar cuál fue la primera vez en que viviste algo. Me pasa, por ejemplo, con los supuestos orígenes de mi relación con la escritura: ¿cuándo empezaste a escribir?, me preguntan en ocasiones, y podría responder de muchos modos, pero me sigue incomodando tener que elegir uno y solo un modo de comenzar (y de recordar). ¿No contaría –no viviría– otra vida si respondiera otra cosa? ¿No seguiría la música, la cadencia, las luces y las sombras de otra historia? En “Esto no es una novela” David Markson acumula, sobre todo, finales: como murió tal artista, qué fue lo último que dijo, de qué se enfermó, en qué tipo de pobreza pasó los últimos años. Una vez el mejor profesor que tuve preguntó, enojado y en voz alta: ¿por qué contar siempre las biografías desde la fecha de nacimiento y la fecha de muerte? ¿Por qué reducir la vida a la tiranía de esos dos puntos nodales? Nadie respondía, y no recuerdo cómo se acabó el silencio. Me acuerdo, eso sí, de que en su biografía Patti Smith decide contar todo lo que pasó antes de que llegara al rock, antes de que se transformara en “esa Patti”: cuenta cuando vivía con Mapplethorpe y no tenían un cobre, cuando ella pintaba y trabajaba en una librería y cuando, tiempo antes, se había ido de casa, contemplando a Juana de Arco luego de dar en adopción a un hijo que no quería.
Tengo, finalmente, otra certeza: que parecería que el comienzo no se sabe a sí mismo o, en términos menos filosóficos, que no sabemos al principio si ha comenzado algo, ni qué, y el comienzo es más bien un holograma, un fantasma, el gesto de la boca cuando se hace una promesa, y nada más. Tengo, también, una pregunta: si el principio es una cadencia, una melodía, una imagen, una promesa, ¿cómo demonios reconocerlas?





 Tres tipos de lector



En el cosmos hay miles de lectores, pero podrían reducirse todos a solo tres o cuatro categorías tipo: el lector activo versus el lector pasivo versus el lector que hace el 69, por ejemplo; o el lector de libros copados versus el lector de libros horribles versus el lector que lee ambos pero no los distingue; o, sobre todo, el lector versus el no lector versus el nuevo y contemporáneo “no, no lector”, que niega que no ha leído (¡) y comenta y discute en las redes como si lo hubiera hecho (¡!). Lamentablemente no es la ardua, poco gratificante y hasta valiente tarea de hacer una tipología totalitaria la que me interesa ahora; sólo quiero mencionar algunas especies de lectores que, en una charla veraniega, llegué a describir y etiquetar.
Para hablar del primero, el lector influencer, mejor ir de lo abstracto a lo concreto y recordar ese famoso capítulo de los Simpsons al que se suele recurrir para hablar del crítico, de las pretensiones del arte y las pretensiones “del pueblo”. En ese capítulo Homero es parte del jurado de un concurso de cine y, ante el estupor general, se desternilla de risa mirando un film que pasará a recordarse como “la bola en la ingle”. Homero dice que el concurso debería terminar en ese momento, reclama que le den los cien mil dólares a esa película y agrega que “funciona en muchos niveles”. Lo llamativo no es tanto que Homero esté eligiendo lejos de las pretensiones profundas y sublimes del arte emergente que busca la consagración (la ganadora resulta ser una película donde Barney habla de su dramático alcoholismo ¡en blanco y negro!) sino que está al borde de convertirse en lector influencer: no le es suficiente “ser un lector/espectador”, sino que quiere redistribuir el capital financiero y hacer que algo que pertenece a otra esfera (la de los bloopers, la de las lesiones en el fútbol americano) entre en el mundo del cine (cosa que finalmente pasa: una reversión del film gana el Oscar y, años después, en “el mundo real”, el género se convierte en boom). Atención: sería un error vincular exclusivamente al lector influencer al “community manager” porque esa es solo su versión empresarial y tecnológica. El lector influencer, más que hacer gala de sus consumos gratificantes o de su propia biografía lo que hace es, como Homero, descontracturar la tradición e intentar instalar lo erróneo/inusitado como nuevo.
Para hablar del segundo lector, mejor apelar directamente a sus dos opuestos: el lector solitario  y el lector a quien no le interesa lo que le pasa por al lado. El modelo de lector solitario es ese estereotipo chimeneico del siglo XIX que pervivió hasta hace unos años como “el verdadero lector”. El lector al que “no le interesa lo que le pasa por al lado” bien podría tener como ejemplo a ese adolescente que durante el reciente recital de Justin Timberlake se sacó una selfie con el archifamoso cantante y, mientras todavía lo filmaban, pareció preguntar “¿quién demonios era ese?”. El lector en comunidad es exactamente el reverso de estos dos lectores. A saber: en sus diarios de la edad del pavo Fabián Casas cuenta no sólo todo lo que lee (¡y que tiene que ponerse saquitos de té en los ojos para que le descanse la vista!) sino con quienes lee y la cantidad de horas que se pasan discutiendo de lo que leyeron. A saber: en la sencilla y hermosa “Visages, Villages” la entrañable Agnes Varda hace un documental a dúo junto con un fotógrafo célebre: en la película ambos entrevistan a ciudadanos, escuchan lo que tienen para contar y luego instalan gigantografías que recuperan (o le dan) un sentido (comunitario) a la vida artística en un sitio y en una época.
El tercer tipo de lector es nada menos que el lector cebado, y ese estrato en tierras argentinas podría tener en el podio a Sarmiento, Borges y Piglia, pero faltaría, mínimo, Marcelo Bielsa. Momento biográfico: hace unos meses estaba navegando perdidamente en la red y vi que Roger Koza (cuyo trabajo estimo cada vez más) compartía un video donde durante más de una hora el DT daba una clase magistral sobre fútbol. Bielsa no sólo tiraba categorías, consejos y ejercicios, sino que se detenía en detalles epifánicos (¿por qué los potreros sólo tienen pasto en los rincones?) e incluso imaginaba qué tipos de tácticas cambiarían el fútbol rotundamente. Bielsa vendría a ser el paradigma del lector cebado: es quien ha leído muchísimo, ha releído y estructurado sus lecturas e inclusive llegó a pensar hacia los extremos de su disciplina e imaginó un futuro distinto. Este, el lector cebado, bien podría ser homologado con la función tradicional de “el crítico”, aunque también podría haberlo sido cualquiera de los otros lectores. Una nota al pie: lo menos interesante sería detenerse en la disciplina, es decir, qué bueno, todo bien, pero Bielsa habla de fútbol y nada más. En realidad parecería como que las clases de Bielsa son sobre otra cosa: quizás son, más bien, clases de estética, un poco de sociología y un poco de historia del estructuralismo. Es sumamente curioso lo que el lector cebado genera: hace cebar a sus lectores, los mete en esa maquinita, y ya no se puede mirar (leer) el mundo sin olvidar esa manera loca e inquieta. Eso es (por ahora) todo, amigos.





Yo, jugador




1. A veces por la madrugada, cuando no puedo escribir, trabado por alguna mágica y misteriosa razón, me acuerdo de la novela luminosa, donde Mario Levrero cuenta cómo perdía el tiempo jugando a los sencillos juegos de cartas disponibles en cualquier computadora en lugar de ponerse a escribir. Me acuerdo, entonces, de Dostoievsky, y de ese modo de enfrentar deudas financieras y literarias escribiendo una novela sobre su propia adicción a la ruleta; me acuerdo, también, de la obra aparentemente más lúdica y semiadolescente de la literatura argentina; me acuerdo de los ludópatas de Saer, y me acuerdo, finalmente, de un amigo de la carrera de Letras que seguía estudiando aunque lo aburría soberanamente la literatura y quien por las noches, luego de sufrir mal de amores, jugaba, oh casualidad, al Buscaminas. Entonces vuelvo a mirar las ventanitas en la computadora: de un lado, el Word; en el otro, el navegador con redes sociales, un disco de fondo y el peligro de cualquier otro juego pendiente, acechando.

2. Así como cualquiera podría trazar una biografía personal a través de los diferentes libros que fueron marcando cada año (“Stoner” en 2016; “La casa de hojas” en 2014; “La soledad del lector” en 2013; “City” en 2012; “Fruta Fermentada” en 2006; “Infancia en Berlín” en 2005), también podría trazarse una línea histórica con discos, con hechos históricos trascendentales y con juegos. Mi lista, que en principio creía obvia y menor, incluiría al TEG, al Rummy, al tutti freaki, al Póker, al Catán, a los rompecabezas, al Scrabble, al fútbol 9, al fútbol 7, al fútbol 5, al 25, al arco a arco, a “patear penales contra uno mismo haciendo de arquero imaginario”, a la escoba, a la mancha, a la escondida, al Estanciero, la Atari, el Family game, la Nintendo prestada, el Sega, la play, la Wi, el solitario. Ahora bien: no tengo la menor idea cuál fue el primer libro que leí o que me leyeron, así como tampoco tengo la menor idea cuál fue el primer juego que jugué o que me enseñaron. En el principio de ambas historias hay, entonces, un vacío narrativo, junto a un mismo gesto: la gran concentración.

3. Están los que suelen despreciar la relación de la literatura con el juego, están quienes dicen que una cosa es la literatura y otra cosa es la vida, están quienes dicen que los juegos son solo para seres menores (salvo que esté implicado el dinero), están los que todavía dejan afuera de la discusión artística a los videojuegos. La literatura, como los juegos (y la bolsa de valores), genera una suspensión del tiempo y una especie de mundo paralelo regido por sus propias reglas: el problema, claro está, es la relación entre esos dos (o tres) mundos. Quizás por eso uno de los cuentos más divertidos, trolls y políticamente confuso de la literatura sea “La lotería en Babilonia”, de Borges, en donde se nos cuenta la historia de una sociedad totalmente abocada y regida por el juego y el azar, en donde el destino y los actos de cada cual son consecuencias de miles de sorteos en la Lotería.

4. Tarde o temprano aparece no sólo el tema de la concentración y de un conjunto de reglas paralelas a las que nos sometemos, sino también el de la competitividad. Durante las últimas semanas fui a ver un campeonato de fútbol femenino en el que jugaba una de mis hermanas. Había muy buenos equipos y partidos sumamente atrapantes; terminé trepado a una reja cuando mi hermana hizo el 3 a 2 de un partido clave, y vi como una de las jugadoras del equipo campeón era expulsada en casi todos los partidos debido a sus violentas demostraciones de competitividad. También fui a jugar un par de partidos en fútbol mixto amateur: en una jugada, dos chicos que tenían buen pie se pusieron a discutir si una jugada era lateral o no y entonces uno, que estaba dando sus primeros pasos en el fútbol, se acercó e hizo “piedra, papel, tijera” con otro para decidir si era o no lateral. Si hubo un momento en que decidí seguir participando de los partidos de fútbol mixto fue ahí. Me queda pendiente, también, jugar un partido con mi hermana.
 
5. Una cosa es placer y otra trabajo, una es jugar y otra trabajar, una es leer y otra es vivir, pero, como bien decía un sociólogo francés, sin tomarse un juego en serio el juego no funciona. Finalmente: ¿Qué es lo opuesto del juego? No encuentro respuestas a esa pregunta y, mientras espero ansiosamente la próxima temporada de Games of Thrones, recuerdo que en el horroroso y célebre Juego de la Vida uno estaba obligado a andar en auto, a ser monogámico y heterosexual y a considerar la vida filosófica como una metáfora de la quiebra cívica. Recuerdo también el encantador error en la última pantalla de Pacman, donde en lugar de acceder al “final de la historia” el laberinto quedaba semideshecho; recuerdo esa página de “Elige tu propia aventura” a la que sólo se podía llegar salteando las opciones que daba el libro. Recuerdo, ahora sí, aquella época en que, si tenía algún problema, trataba de pensar en las reglas que habían llevado a él, y en cuáles podía cambiar. Pero de alguna manera pasé de pantalla, o empecé a jugar a otra cosa, y no sé bien cómo volver.