Wednesday, May 21, 2008

El emperador y su cicatriz (Saga: ¼ )


La situación es más o menos, así. Al tiempo que José Playo saca nuevo libro de cuentos (orientados, según la crítica, a la “diversión”), Luciano Lamberti espera la preparación de su futuro libro de poemas (orientados, según la crítica, a lo contrario). Emmanuel Rodriguez Horvilleur prepara una fiesta, a la cual la gente va a ir, bailar, tocarse el culo y ser feliz, mientras que F.F. descansa de escribir cosas geniales, viaja por el más allá, le toca el culo de la gente y probablemente, a su modo, es feliz. A todo esto, Darth Vader sigue peleando contra su hijo SkyWalker, siempre parece que uno está por ganar, entonces las cosas se modifican, y el público compra más entradas.
Lucas Moreno y el Comandante preparan genialidades, son cosas que uno se entera conversando, o por mail (las fotos “seriadas” de Moreno, muy estimulantes), al tiempo que Pousa escribe algo nuevo y poderoso, mientras muestra el roll atrás con capa descubierta en el medio de una institución de prestigio. De Cuqui, ni noticias. Debe estar viviendo con Vicente Luy. Uno de los Tejerina espera recibir buena plata por haber ganado premio provincial (con un texto que puede situarse en lectura comparativa con el de Jaiku Cruz). Al otro Tejerina lo vi pasando en bici entre Belgrano y Tucumán. Godoy vuelve a desnudar la relación política, poesía, posexistencialismo y porno, mientas sube un hermoso y triste poema a su blog. Gaitieri escribe cuentos, novelas, cuentos: me acaba de llegar uno que se llama “Brasilero”, ya lo voy a leer. Si me preguntan cuándo sale mi libro, respondo que en Julio /Agosto, quizás. Ya habrán más noticias generales. Humedad, siete por ciento. SkyWalker está tirado en el piso y Vader patina arriba del jabón. Qué divertido.

Leslie leyó el domingo, no pude ir. Este jueves se festeja el cumpleaños del mayo francés. A quién le interese, en el comment, más información. También se puede leer este lindo manifiesto.

Pd: Ramacccioti crece. Giordano revitaliza su blog, y Carla lo deja plantado. Los blogs también pueden tornarse aburridos. El frío choca en las sierras, y espera para volver. Nos congelarán a todos. Eso. Nos congelarán a todos. Capas y capas de hielo detrás.

Sunday, May 11, 2008

/ Primero /

“Luego vio como unos chicos salían corriendo. Despotricó, cogió una piedra del suelo, y la lanzó contra ellos. Pero ya habían desaparecido detrás de los contenedores”.


/ Segundo/

“Una vez terminado el ejercicio, estamos más libres y solos, casi invulnerables”.


/ Tercero /

“Detuvo su caballo, extrajo el revolver de su cintura y disparó seis tiros al aire. La bandada de pájaros, aterrorizada, se elevó al cielo, como una nube de humo desprendida por un incendio. Era tan grande que hubieran podido verla días y días de camino de allí. Oscura en el cielo, sin otra meta que su propia dispersión”.


/ Dejad a los niños venir /

Hay un lugar en el río, se llama “el pozo”. Todos los años iba ahí. En el pozo siempre se mataba, al menos, una persona. Pasaba de manera espontánea, natural. La gente nadaba, pero en algún momento uno desaparecía. Intentaron resolver el problema poniendo un puesto de bañeros. Los bañeros eran gente sana, musculosa, y saludable. A los hombres que se emborrachaban y que después se ponían a nadar, podían salvarlos. Eran hombres robustos que, sin embargo, habían perdido la fuerza. Los bañeros los llevaban de costado, las dos cabezas brotando fuera del agua, el cuerpo sólido y el cuerpo móvil, cruzando el río. Entonces, en la arena, la gente se amontonaba alrededor. La mayor parte se mantenía callada. Uno que otro movía la cabeza. Algunos insultaban, o le hablaban a dios. Finalmente, el hombre volvía a la vida. Abría los ojos, y no decía nada. Recién en ese momento, los bañeros llamaban a la policía. Se llevaban al rescatado; todo volvía a la normalidad. Inclusive “el pozo”.
Siempre se tragaba a alguien.
Todos los años iba ahí.
Durante la noche, se veía nadar a niños. De golpe el agua los empujaba hacia abajo. Los soltaba. Los volvía a empujar. Era un juego muy divertido. Nunca murió nadie de noche. Sólo morían bajo la claridad de la luz. En una ocasión, desde arriba de una piedra, se cayó una mujer, de espalda. La cabeza golpeó contra una saliente, y ya no se movió. Flotaba, los ojos celestes abiertos, mirando el cielo, o el agua. Flotó toda la mañana y toda la tarde. Nadie se atrevió a sacarla de allí. Daba vueltas, llevada y traída por los remolinos. Algunos esperaron, hasta la noche. Después se fueron. No vieron a los niños nadando, con el cuerpo celeste girando, como una aureola, alrededor.


Friday, May 02, 2008

Nono


Salimos el tres de enero rumbo al sur. La meta específica era, más o menos, Neuquén. Decidimos tomar un colectivo desde córdoba capital hasta un pueblo aledaño e intentar el resto del trayecto haciendo autostop. Elegimos, como salida, Carlos Paz. Yo llamé a Ana desde la terminal, le dije que nos íbamos, me preguntó con quién, a dónde, sólo dije que tardaría en regresar y corté. Marianito en ese momento me esperaba del otro lado de la puerta de la cabina, tenía la boca entreabierta y casi apoyada en la ventana, como si estuviera, otra vez, al borde de empezar a hablar. Dijo que iba a ser un viaje inolvidable, que no se podía esperar nada menos, intentó contarme algo de su chica. No lo dejé. Vi que un colectivo arrancaba escaleras arriba, y salí corriendo. No era, de ningún modo, nuestro colectivo. Marianito sonrió y trató de tomarse las cosas con calma y con humor. En el resto del viaje mantuvo esa postura facial, el mismo gesto idiota, entrecortado y optimista en la cara.
Apenas nos levantaron unos kilómetros.
Nunca llegamos a Neuquén.


- Sólo somos ruinas moviendo ruinas...
- Escuchate este chiste, me lo acabo de acordar.
- ...y las ruinas, si son ruinas, no podrán ser levantadas por nadie.
- Primer acto: una minita levantando un saquito de té que se le cayó al piso.
- ...
- Segundo acto: la misma minita, con una falda infernal, muy buenas gambas, levantando tres saquitos de té que se le cayeron al piso.
- Hablando de ruinas...
- Tercer acto: la misma minita, en tanga, tiene un culo tremendo, levantando uno atrás de otro muchos saquitos de té, todos derramados en el piso.
- ...
- ¿Cómo se llama la obra?
- "El feminismo, sus ruinas".
- En serio, pelotudo. ¿Cómo se llama la obra?
- Ni idea.
- Recogiendo-té.
- ...
- ...
- Muy bueno... Insisto con lo de las ruinas. Mientras me contabas el chiste, pasaron por lo menos quince autos.


Medio día antes del tres de enero Mariano pasó por casa. Me vio tirado en la cama, leyendo, se sentó, cruzó los brazos, golpeteaba el piso con los pies. Creo que trataba de decidir quién de los dos estaba deprimido, era un juego bastante interesante si se quiere, pero yo no dije palabra, simplemente seguí leyendo. Más tarde se fue, volvió al amanecer del día siguiente. Cargaba una carpa, una mochila con ropa, eso era todo, nada más. Me dijo que nos íbamos. Primero dije que qué, que cómo. Pero después me salió decirle que sí. Le pedí unos días para preparar el viaje, ya que no teníamos claro hacia dónde partíamos, un poco había que ponerse a pensar, él dijo que de ningún modo, que se iba esa misma mañana, y yo estaba claramente incluido en esa forma de deseo y obligación. Le dije que no tenía carpa, contestó que ésa era para cuatro. Le dije que en mi mochila sólo entraba ropa, papel higiénico y algo de dinero, me contestó que era suficiente. Le dije, ya que tenía todo tan claro, si llevaba por acaso dos bolsas de dormir. Contestó que no, que dormíamos así. "¿Frazadas?". "Tampoco". "Dormimos con la ropa que sobra", agregó.
Y entonces salimos el tres de enero, rumbo a Neuquén.


Nunca llegamos a Neuquén. El día siete, lo tenía perfectamente contado, el sol me estaba quitando y poniendo la piel cuando nos levantó un auto largo y púrpura. Hasta ese momento sólo nos habían levantado camiones, a media distancia. Pero el día siete nos levantó un auto púrpura. Era una pareja joven. Ella tenía veintitrés, y él veinte. Ella estudiaba psicología, estaba por recibirse. Él estudiaba algo, tenía mucha plata. El auto era muy espaciado, tenía mucho lugar atrás para guardar cosas. Nos dijeron que eligiéramos la música, pero todo lo que había era reggae, un grandes éxitos de los beatles, y un cd con un tema raro que se llamaba "1979", repetido una y otra vez. Nos preguntaron si teníamos hambre. Preferí mentir, Marianito no. Entonces nos pasaron un bolso y dijeron que comiéramos lo que quisiésemos. Había pan, un bol con arroz frío, dulce de ciruela, jamón, y queso cremoso en estado de sospecha. Entre el reggae y el queso cremoso, entre los dos jóvenes medianamente adinerados que atravesaban el país, entre la piel que se me descosía por la espalda, por el pecho, por los brazos, encontré una nueva palabra: "Restos".
Después Mariano me pasó un poco de marihuana, y me relajé. En un momento comencé a reírme de manera brutal. Todos se callaron, fue algo bastante impredecible. "¿Qué?, ¡¿qué?!", preguntaba curioso Mariano.
"Son sinónimos...", expliqué.
Nadie dijo nada. Vi todas las cosas como suspendidas. Ella apoyaba la mano sobre el hombro de él. Él miraba la ruta y el espejo retrovisor, las dos cosas a la misma vez.


(Sigue acá)

Friday, April 25, 2008

Invitación

Sorpresa con manos (I)

Sunday, April 20, 2008

/ Primero /

"La miraba con franca curiosidad, como un niño que mira un nuevo animal fantástico en el zoológico, y respiraba como si hubiera corrido una gran distancia para alcanzarla".


/ Segundo /

"-Muchas gracias.
- ¿Por qué?
- Por responder amablemente mis preguntas antes del amanecer".


/ Tercero /

"Si me caigo, será tu culpa. Si me muero, no llegará a conocer las historias que me cuentas".


/ Los animales, el bosque /

Apenas entro veo a madre apoyada en una esquina de la mesa. Tiene las manos quietas sobre la madera, y la cabeza levantada. En la otra esquina, pequeña hermana. Mueve los pies debajo de la mesa, y el mantel es un sombrero que le cubre la cara. Madre habla. Le dice a hermana menor que la vecina se ha muerto, que se tiene que ir. Hermana menor deja quietos los pies, se quita el mantel – sombrero y mira a madre directamente a los ojos. Le pregunta qué es un muerto, qué es un funeral. Madre apenas si responde. Cruza un pie con el otro, y con las manos hace lo mismo. Cuando más tarde vuelve a levantar la vista y empieza a hablar, los pies de hermana debajo de la mesa parece que corren, como si fuera un animal perdido en el bosque, tan miedoso y tan rápido que apenas llega a tocar el suelo. El tiempo pasa. Madre sigue hablando. Cierra las cortinas, no va al funeral.



Saturday, April 12, 2008

Todas las cosas que ya no funcionan


"Andá a fijarte si hay lluvia", le dice madre a hermana menor.
Febrero.
Todavía estamos en casa, aunque decir "todavía" no corresponde.
"Truco", dice mayor, y esconde la cara.
Mi otro hermano tiene la vista perdida entre la puerta entreabierta y el cielo.
"Truco", repite mayor. "¿Y...? ¿Llueve?", le dice mi otro hermano a la menor. Se le cae una carta.
Una grande.

Febrero.
Todavía estamos en casa.
Es lunes. El cielo estuvo cargado de nubes todo el mes. No se pudo salir, aunque decir "no se pudo", implica mucho más oscurecer las cosas que dejarlas en claro. Es lunes. El tiempo fue malo, imperfecto e inestable durante todo el mes. Afuera las nubes giran alrededor. Parece que no fuera a llover, que la tormenta, por un rato, hubiese terminado.
"¿Llueve?", pregunta madre.
Nadie contesta.
Una carta se suspende en el aire, luego cae.

El clima impide diferentes cosas. Movernos, por ejemplo. Salir. El río sigue y seguirá caudaloso. Igual, no disponemos de tiempo ni de dinero para salir. Padre no aparece. Todavía padre no aparece. Silencio. La cama de padre cruje. Los electrodomésticos están desconectados. La tormenta se va, pero amenaza.

Uno de esos días en que un rayo cayó y arruinó la vieja computadora. El televisor.
Los electrodomésticos que ya no funcionan. Febrero. Hermana juega con un oso rosa. El oso está mojado. "¿Se arruinó?".
No.
"Llueve".

Febrero. La luz apagada, y esperamos sentados con los pies en el piso. "Truco", dice mayor. Mi otro hermano levanta del suelo la carta que cayó, la esconde entre las que todavía sostiene. Mira un espacio vacío entre las cartas, la puerta, y el agua. "Truco", responde.
Hermana entra y sale de la habitación. Se escuchan, lejos, los quejidos de padre. Hermana entra y sale de la habitación. Abraza al oso.

Mojado.
Febrero.
El oso rosa con alas de papel nos vino a robar.
Eso le dijo mayor, a hermana.
Hermana mueve su nariz contra la cara del oso, el hocico.

"Padre nuestro que estás en los cielos".
Oscurece.
Lluvia otra vez.
Al apretar fuerte el estómago del oso rosa, éste habla: "Padre nuestro, que estás en los cielos...", dice el oso.
"Llueve", susurra madre, tapando el gorgojeo religioso del peluche abrazado con alas de papel.
"Llueve". Tiene una de sus dos piernas recostada en el sillón, la otra quieta, como si fuese de madera.

Gemidos de padre en la oscuridad.
Se mueve.
La cama cruje otra vez, hermano mayor simula tirar una carta, pero sólo, apenas, sonríe.
"Truco", repite.
Hermana menor mueve los ojos de lado a lado, como si estuviera masticando un reloj.

"Padre nuestro que estás en los cielos".
Sonido de suelas salpicando pequeñas gotas de agua.
Alguien poco deseable viene a buscar a padre.
Lleva botas canadienses, el pelo mojado.
"Envido", dice mi otro hermano.
"No está", dice el mayor.

Febrero. Tormenta se va, amenaza volver.
"Llueve"
"¿Llueve?".
"Te movés como un oso roto", dice hermana.
Cuando dice eso tiene la voz como si fuese madre.

Madre levanta el otro pie, de madera, pone los dos pies de madera arriba del sillón. Entra agua. La cama de padre vuelve a crujir.
"Va a venir Dios y te va a comer", le dice hermana al oso.
"Venimos del agua, y vamos al agua", dice el mayor.

"Padre nuestro que estás en los cielos".
Febrero. Queda una carta en todo el mazo.
"Envido; truco".
Padre se mueve como una oruga en celo, dirigiéndose hacia el baño. La tormenta amenaza, amenaza volver.
Padre hace que va al baño, hace como si vomitara, sus movimientos son lentos, como si realmente estuviera mal.
Al pasar de regreso a su cama, cruza una mirada, que da de lleno en la habitación.
Mira a todos, menos a mí.

(publicado el 13/4 en el suplemento cultural del diario perfil)

Wednesday, April 02, 2008

/ Primero /

Quizás empezar a tener respuestas me impide vivir las cosas. Pero quizás, la respuesta es algo instalado entre la vivencia de las cosas, y su pérdida.


/ Segundo /

Extrañamente, escribir es algo que te hace existir, y a la vez desaparecer. Es lo mismo que sucede con lo demás: los recuerdos, la soledad, el futuro, la infancia.


/ Tercero /

La felicidad es un problema de representación.
El miedo es un órgano.



/ Los animales del señor /

La luz cae sobre las cosas, que apenas se mueven, es la hora de comer.
Hay seis platos en la mesa, cada cual se pone lo que elige en el plato, y lo come, sin apenas levantar la vista, o hablar. Hermano, en cambio, habla mucho. Nos pregunta cosas que nadie responde. El televisor funciona, detrás, pero es como la voz de hermano, sin el intento casi obligado de hablar. Por la ventana apenas abierta, entra una mariposa de noche. En ése momento en que todos los animales del mundo deberían entrar, sólo entra eso: una mariposa de noche.


"..."

(Foto y montaje: Lucas Moreno)

Tuesday, March 25, 2008

Pieles rojas (I): El avance

A la casa de enfrente se mudaron unos pieles rojas. Llegaron en un camión de mudanza, como cualquier persona normal. Más tarde llegó una pequeña camioneta amarilla. Un indio enorme abrió la puerta amarilla del lado del conductor, y sacó todo el cuerpo por ahí. Era como si un toro saliera por la ventana del baño de una granja. Escribí eso en rojo, en medio del piso. Lo volví a leer. La imagen era correcta, estaba bien: un toro da miedo, por más que salga por la puerta o por una botella de agua mineral. El indio tenía la piel color ladrillo, el pelo negro, largo, le llegaba a la cintura. Era un pelo muy hermoso, atado en dos trenzas largas, simétricas, y perfectas. Se movió con paciencia y agilidad hacia la parte de atrás de la pequeña camioneta. Pensé "acá sale otro indio", pero sólo se bajó el mismo de antes, con una jaula. De la jaula salían unos bigotes, y algo brillaba detrás, quieto, animal, y dormido. Luego supe que era un gato. Me tomó mucho tiempo descubrir si su pelo era negro, o blanco. En realidad, ese descubrimiento es algo que pasó después.
El indio enorme volvió a la camioneta. Se movía con una seguridad inhumana, como si, realmente, después de salir, pudiese volver a entrar. Una vez dentro, puso una mano gigante en el volante, mientras apoyaba el codo o la pierna en la ventanilla. Miró de reojo. Una trenza salía por un costado, era como un tatuaje de pelos en la puerta amarilla del conductor.
¿Qué te pasa?, preguntó.
No contesté. Pasaron unos segundos, me miraba fijo, apenas si se movió.
Después encendió la camioneta.
"Infierno vacío, se llama", me dijo, antes de arrancar.
Escribí el nombre del gato en el margen izquierdo de una baldosa.



Pieles rojas (II): Contemplación de la montaña

El indio de la camioneta amarilla, durante un tiempo, no volvió a aparecer. Mientras tanto en el barrio todos parecían haberse acostumbrado a la presencia de los pieles rojas. En realidad, no era algo muy difícil, ya que apenas si se los veía. Salieron por primera vez la noche de la mudanza, cuando llegó un camión con pequeñas piedras, que fueron depositadas en la entrada del garage. Eran tres piel roja. Dos hombres que desde lejos parecían gemelos, y una mujer con botas, rostro café con leche, pantalón corto y camisa escocesa gris. A partir de entonces ocasionalmente se los veía salir y buscar algo entre las piedras. No, me expreso mal. No buscaban "algo", entre las piedras, sino piedras entre piedras. Se la daban a la piel roja de la camisa escocesa, que no decía nada, y ponía las piedras elegidas en el bolsillo izquierdo del pantalón. Durante mucho tiempo, nadie, salvo los indios, entró a la casa. Era raro. Como si otra vez nadie viviera allí, pero además como si algo malo hubiese pasado, y nadie quisiera mirar. Una semana y media después de la mudanza, Doña Alba atravesó, curiosa, el portón. Llevaba una taza vacía, en un plato de porcelana, que no dejaba de temblar. Buscaba azúcar, polvo para lavar la ropa, levadura, o sal. No la atendieron, si bien haberlo hecho hubiese, a efectos prácticos, carecido totalmente de sentido. Nada podía sostenerse en esa taza, que estaba condenada, bajo cualquier pequeño movimiento nervioso, a caer.
Durante la noche, en la parte de atrás de la casa, se veía una hilera de humo, creciendo de manera vertical hacia el cielo.



Pieles rojas (III): Chica fácil

El tiempo pasaba rápido. El piso de la entrada de casa estaba todo escrito, ya casi no tenía lugar. La tarde del nueve la señora piel roja saltó, con mucha agilidad, el portón, y se dirigió a paso de tigre hacia mí. Tenía la misma camisa escocesa, la mirada negra, presente, y perdida. Se acercaba cada vez más, pensé que iba a traspasarme, y desaparecer. Me estuve quieto, buscando un lugar vacío en el que anotar. Cuando levanté la vista, lo sabía, ya estaba allí. Ella empezó a tocarse uno de los senos con el revés de la palma de la mano como si con eso me quisiese comunicar algo, me miraba a los ojos, y estaba parada, sin hablar. Después desvió la vista, hacia el piso. "Infierno vacío", leyó.
No contesté.
"Ése es el gato", dijo.
Ella seguía parada allí, y el tiempo pasaba; la luna empezó a salirle por detrás.
"Me llamo Leonor", me dijo.
"Aunque Eugenio me llama `Chica Fácil´".
Sonrió, y movió hacía mi una de sus piernas. Repentinamente las cruzó, puso una mano arriba de la otra, sacó un cigarrillo y empezó a fumar en esa posición que me hacía recordar una silla o una mesa, de mimbre o de cristal.
"A Eugenio antes lo llamaban `Caballo corriendo bajo el blanco del Sol´".
"En cambio a su hermano le seguimos diciendo igual".
No tengo más espacio para escribir, le quise decir, con la mirada.
Era de noche, y detrás de la casa de los pieles rojas empezaba a flotar, otra vez, una estela de humo.



Pieles rojas (VI): Mirada hosca y Chica fácil

"¿Qué mirás?", dijo otra vez Bavario, pero ahora cruzando la calle, ya del otro lado del portón. Caminaba descalzo, pero parecía como si llevara botas. Se agarraba las manos, las entrelazaba, hacía sonar sus nudillos. Tenía los ojos negros y perdidos, igual que los demás. La boca gruesa, carnosa, y una cicatriz en el lado derecho de la cara, desde el vértice producido por la unión de los labios al comienzo gris verde azul de uno de los ojos. Esa cicatriz lo diferenciaba de Eugenio, quien sólo tenía marcas en el pecho, en las piernas, y en el brazo.
"Balas", me había dicho Leonor.
"La vida es como dos balas, en el momento en que una se cruza con la otra".
Cada vez más oscuro y más enorme ese cuerpo de pies descalzos.
"¿Qué mirás?", me repitió Bavario.
En la pirca de la casa, el gato esperaba sentado. Las dos patas delanteras estaban casi, una sobre otra, la cola debajo, como si el gato se hubiese cazado a sí mismo, y ahora fuese el turno de esperar. Tenía las orejas erguidas, apuntando hacia piel roja, o hacia mí.
Los nudillos de la mano le seguían sonando a Bavario, insistía, parado allí. Tan cerca, que si no hubiese sido por los agujeros producidos por el movimiento en los dedos de la mano, sólo lo hubiese visto a él.
"Vamos a casa", dijo Leonor, apareciendo por detrás.
Piel roja no se movía, el pelo suelto y negro empezaba a ocupar todo el campo de visión.
Leonor lo abrazó por atrás, como un oso a una serpiente, y se lo llevó.
"Uno de estos días vamos al río", me dijo, conciliadora.
Cuando Bavario se retiró, vi que el pelo negro le llegaba más abajo que la cintura, como una bandera, que flameaba.



Pieles rojas (VII): Observaciones en el agua

Leonor siempre tenía el rostro relajado, distendido, debía dormir muy bien. Si había sol, por un efecto extraño de la luz, la piel le brillaba. O quizás no era la luz, sino Leonor. Se movía con mucha agilidad, no hablaba rápido, pero tampoco lento, como los demás. Parecía que hablaba menos por hablar que por otra cosa, como si estuviese buscando algo, que siempre se le volvía a perder. La miraba y anotaba todo esto en el piso, la lluvia y el tiempo habían ido borroneando las cosas y sin embargo, otra vez, casi no quedaba espacio. Leonor saltó el portón y me vino a buscar. Llevaba un pantalón vaquero cortado por la mitad, marrón. Había sol, y las piernas le brillaban, igual que la cara, los brazos desnudos, los senos y toda la parte de la cintura que dejaba ver una camisa escocesa roja, que parecía haber sido cortajeada y luego vuelta a cortar.
Fuimos al río. Los árboles ya no guardaban nada de lluvia, y los perros se volvían a lamer. El aire era nuevo, distinto, con el leve pero reconocible gusto de un cambio momentáneo y caprichoso de estación.
Nos sentamos arriba de una piedra alta, mirando el agua.
Leonor se empezó a quitar la ropa, quedó aún más desnuda. Luego saltó.
La vi caer al agua, el movimiento fue tan preciso que casi no alteró la superficie del agua. Ahora se sumergía, iba y venía, a veces desaparecía, tan debajo, que no la podía encontrar. Después descubrió una cascada, con un hueco debajo. Me la señaló, al tiempo que decía algo que no lograba entender.
En la cascada, el agua caía y los pelos amenazaban irse con el agua, pero se quedaban allí.
"No te queda lugar. Vas a tener que usar la calle", dijo Leonor.
Tenía seis piedras de distinto color en la mano.
Me señaló una.
Ésa era yo.


Sunday, March 16, 2008

Dulce.
Lento.
Y sabio.


Quisiera escribir algo que diga eso.
Pero antes tendría que vivirlo, ¿no?

Dulce.
Lento.
Y sabio.

Pájaros volando en el centro del amanecer.


Monday, March 10, 2008

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Episodio 9: Pequeña, espera

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Cosas que nunca le pasaron a Peter, III



Escribir es darle sentido a algo que no lo tiene, y que nunca lo va a tener.

Una tarde, a los once años, me subí a una moto, me la prestó Carlitos, nos habíamos estado copiando en el examen de matemática, nos vieron, nos sacaron el examen, yo me puse a llorar porque era muy responsable e idiota, Carlitos me prestó, a la tarde, la moto. La choqué contra la parada de colectivo, Carlitos no dijo nada, se río. Ahora ya no hablamos, trabaja a la vuelta de casa, tiene la misma edad que yo pero otros recuerdos, quizás recuerda ése, no importa, ahora trabaja y me encantaría decirle que por unos segundos me acuerdo de él, de la moto rota, no de la prueba de matemática.

Una chica que me gustaba mucho y con la que tuve una relación absoluta, es decir, pasó poco pero fue como si hubiese pasado mucho y a la larga me destrozó, lo que es bueno, hubo que inventar un Peter nuevo para las situaciones en que ella reaparecía y preguntaba, "¿Cömo estás?". Bien. Esta chica me llevó a andar en moto, arrancó a millas kilométricas por hora, la moto a la media cuadra agarró arena y patinó, yo salí volando, me quedó una cicatriz enorme en la rodilla.
"¿Cómo estás, bien?" Sí, bien, ahora me estoy acordando de vos, como si hacerlo fuese de alguna manera soportable.

Motos, motos.
El hijo flaco de Don Pyres, que era peluquero y tocaba el acordeón, se compró a los 20 un Ford Taunus amarillo. Todos los días lo cuidaba, lo lavaba, ponía canciones de Bon Jovi a mil, el auto afuera, empastado, lavado, encerado, el tipo sonriendo. Don Pyres parecía contento, quizás le hacía algún arreglo de acordeón a las canciones de Bon Jovi del hijo, hasta que un día les dejaron un perro abandonado en la puerta de la peluquería y el hijo flaco y alto de Don Pyres lo adoptó. Era negro, lo llamaron Jhonny, creció rápido, no se animaba a salir de la casa para caminar. El hijo de Don Pyres le agarró tanto cariño al perro como al auto, los cuidaba mucho a los dos, el auto lo sacaba a pasear, muy despacio, con el perro atado en la mano libre del volante, daba dos vueltas a la cuadra, todos lo miraban, el perro caminando al lado del taunus, creo que era muy feliz.
Después nos mudamos.
Escribir, el tipo enceraba el color amarillo de un cristal. El perro a veces le ladraba al acordeón. Lo que pasaba afuera era quizás importante, y al mismo tiempo era como si realmente no pasara.



Cosas que nunca le pasaron a Peter, IV


Escribir es una forma éticamente elevada de ejecutar venganzas mezquinas.

Una profesora en tercer año le dijo a Peter: "no tenés actitud, nunca vas a llegar a nada, te van a pisotear toda la vida, como ahora". Ella tiene plata y da clases de inglés, y creer que nunca fue tan feliz como yo es estúpido, probablemente lo ha sido mucho más, tiene contactos en Inglaterra, vive en dólares y un hombre que ella dice querer a su vez se muere con ella y dice que la quiere. ¿Cuál es la diferencia entonces? La diferencia es que ella me dijo eso. Ahora lo recuerdo, sé que era mentira, y por un pequeño momento soy alusivamente feliz, los dragones crecen en el agujero.

Uno de mis ex compañeros de secundaria le dijo a Peter: "no dejés la carrera, tenés que seguir estudiando economía, terminá lo que empezaste". Escuchando Radiohead por la calle céntrica de Carlos Paz veía un mundo lleno de peces que nadaban en agua verde, mi cabeza era una pecera quebrada con la cabeza de un niño – adolescente estancada, completamente, adentro. Pero una vez soñé con un pez que me cantaba una canción, y esa canción era hermosa, y quise cantar esa canción para afuera.


También los otros. Sujetos indeseables que no sólo no comprendían qué estaba haciendo en el fondo de la casa, sino que además no lo compartían. "Tenés que salir, Peter", decían. Pero cuando salía ellos estaban afuera, y más allá no había nadie, igual que en el fondo. ¿Para qué me hacían salir?

Fort Dragonia.

Hay gente que no necesita andar diciendo esas cosas. Cuando salgo abren la boca y les sale luz, y además lo contrario, que es luz pero que la otra gente llama "no – luz".


Escribir también es una forma de declararles matrimonio perpetuo.