Vacaciones Clínicas
(nota con enfermeras y días en el hospital, publicada en HDC)




0. Era uno de esos primeros de enero en que todo el mundo comentaba: “anoche comí demasiado”, “hoy voy a dormir todo el día”, “que forma de empezar el año”. Un primero de enero tradicional, con sol de siesta y calor (agobiante) por la noche. Entonces se acabó el día y empezó otro. Hice (para empezar bien el año) media hora de yoga autodidacta; luego me puse a escribir y mi compañera dijo que se sentía mal, y luego dijo que se sentía peor, y luego vino el médico de urgencias y de pronto era dos de enero, a las dos de la tarde y estábamos en una clínica. Había una fila de accidentados y tullidos (me acuerdo, patente, de un tipo en silla de ruedas con un pie hinchadísimo) y solamente una secretaria con un tic en el ojo y otro en la boca que reclamaba paciencia. Luego pasaron ocho horas de ansiedad (mi caso), dolor (el caso de mi compañera) y una espera kafkiana. A las once de la noche ella ya estaba internada. Yo era el acompañante. Seguía siendo dos de enero: ¿cómo podía ser el mismo día que al principio, cómo podía ser, siquiera, el día después a un día cualquiera? No os preocupéis: al final todo salió bien. Pero no es esa la historia, sino una que podría llamarse “vacaciones en la clínica”. 
1. Había cuatro tandas de enfermeras. A la madrugada sólo una se encargaba del ala derecha del segundo piso, una cincuentona con pinta de Patti Smith que daba respuestas retóricas: “¿Está todo bien”, preguntaba uno, y ella respondía “¿no debería estarlo?”. Por la mañana había tres enfermeras (una jovencísima), a la siesta un enfermero y una enfermera, a la tarde dos treintañeras, y entonces volvía Patti. Cuatro, tres, dos, uno: como si la cantidad de enfermeros imitara el pulso laboral del día o como si fuesen apagando las velas de la jornada medicinal. Había personas con problemas posbanquete de año nuevo, un par de casos de apendicitis, varios ancianos con la cara apagada y una señora que gritaba “quiero irme a casa”. La primera noche apenas si pude dormir: entraba a cada ratito a la pieza y controlaba el sueño de mi compañera, y después iba a una especie de comedor lleno de acompañantes semidormidos en sillones, donde pasaban videos incomprensiblemente bizarros. Hubiera sido mejor que pasaran una de esas comedias hospitalarias. ¿Se hubiera despertado la gente del sillón? ¿Hubieran salido los internados a presenciar ese extraño giro de comedia? ¿Dónde estaba Patch Adams?
2. El segundo día fue similar al primero pero con menos dolor (para mi compañera) y menos angustia (en mi caso). Ya conocía a los otros ciudadanos del piso, reconocía la cara de los administrativos y miraba con empatía distante y semianestesiada a los visitantes ocasionales. El tercer día ya entraba y salía del ascensor como si estuviese en casa: mientras tomaba un café en el bar del gran complejo sanitario vi a una de las enfermeras vestida de verde y con un paraguas violeta corriendo hacia un taxi, casi una escena de película francesa. ¿Qué diferencias hay entre la sala de espera de una clínica y la sala de espera del banco?, me pregunté, incitándome a no dar la respuesta obvia. Pero después me di cuenta que la comparación era otra. Ahí estaba yo: fuera de la vida cotidiana, en un lugar aislado, mirando por la ventana como si viviera otra vida pero sabiendo que pronto tendría que volver a la rutina que me pertenecía: ¿no eran, esos días, como una vacación? Afuera lloviznaba. Mi compañera caminaba por el pasillo con el suero al lado, en un extraño desfile. 
3. Cosas que deben llevarse para hacer de acompañante durante una internación: una almohadita, un calmante, frutas (siempre frutas), el cargador del celular, efectivo y libros. No hay que llevar de ninguna manera “El padre”, el poemario en el que Sharon Olds le escribe a la lenta agonía de su padre; si puede llevarse cualquier libro de Bolaño (de prosa febril y curandera), o una foto de Williams Carlos Williams (que era poeta y pediatra) o el gran cuento de Carver llamado “Parece una tontería” que te saca el corazón y te lo vuelve a poner. También es una buena idea aprenderse una canción pegadiza para convidarle al silencio de la noche: puede ser esa de Charly que dice “de chiquito fui aviador / pero ahora soy un enfermero”, o alguna de la heroína pop de turno, pero de ninguna manera el silbido virósico de Kill Bill, a cargo de una de las enfermeras locas de Pickapoon. 
4. Finalmente el cuarto día, luego de un nuevo episodio kafkiano de cuatro horas buscando a la médica encargada (que se había esfumado del planeta) nos dieron el alta, Antes de salir, mientras mi compañera se cambiaba y una enfermera recogía las sábanas, volví a mirar por la ventana: los árboles, la calle aún mojada, una ambulancia entrando por la puerta trasera. Me acordé de ese gran cuento de Cheever donde un personaje decide atravesar todo el barrio a través de las piscinas, y se mete en las casas, y nada y corre y salta paredes sin parar. Podría hacer eso, pensé, ir de una clínica a otra, sería como un nadador de clínicas. Entonces escuché que la enfermera silbaba y me di cuenta que, de uno u otro modo eso era, exactamente, lo que haría.

Leyendo por un sueño




1. El cuento número noventa y tantos era otro cuento de amor: un tipo se encontraba con una antigua novia, decidía dejar todo y rehacer su vida. El cuento siguiente era sobre una mujer que agarraba el auto, en el camino se encontraba con un tipo casi en bolas haciendo dedo (¡!) pero no lo levantaba y luego se reencontraba con su primer amor (L). El siguiente era sobre un tipo encerrado en un psiquiátrico y sobre lo loco que estaba el mundo, etcétera. El siguiente sobre una niña muy pobre, sobre sus muy pobres condiciones de vida, sobre la dignidad y el horror de la pobreza: recuerdo perfectamente las ideas; a los personajes, no. Luego venía un relato escrito por un tal Walter White (¡!): la historia de dos gauchos que tomaban mate (L). Luego había uno armado con posteos de facebook (¡!), pero la idea era trágica, obvia, sobreactuada (L). Entre la impaciencia, el entusiasmo y la decepción, yo esperaba el cuento perfecto.

2. Después de estar años participando (con mayor, menor o nulo éxito) en concursos literarios me invitaron a ser jurado de uno de ellos. Mi relación con los concursos empezó cuando un amigo me pasó “Sensini”, un cuento sobre un tipo que participa en cientos de concursos, uno de esos tantos cuentos de Bolaño que te da ganas de escribir. En ese cuento el narrador explica que presentaba el mismo cuento a diferentes concursos literarios, pero cambiando el seudónimo y el título. Recién hace días entendí por qué: mi favorito en mi lista de preseleccionados apareció entre los finalistas de otro concurso y las bases indicaban que eso era ilegal: si tan solo le hubieras puesto otro nombre, pensé, donde sea que estés.

3. Obsesionado con la tarea y con la posibilidad de hacer un exhaustivo trabajo de campo, empecé a encontrar reglas y problemas a medida que leía los cuentos: a) casi la mitad eran cuentos de amor; b) las historias lineales de corte realista eran mayoría absoluta; c) los personajes con una vida “mala” o “triste” abundaban (como si la literatura fuese necesariamente tragedia); d) casi todos los seudónimos revelaban uno de los problemas de fondo: seudónimos con nombre y apellido, como si el seudónimo debiera imitar la estructura del “nombre real”; e) cuentos gráficamente llamativos: solo dos. Cuentos con notas al pie: uno (mal hecho); f) cuentos con machos cabríos ejerciendo “su masculinidad” versus cuentos de “mujeres desesperadas” que dejan a su familia; g) cuentos en un lenguaje solemne de mediados de siglo XX versus cuentos que ostentaban la palabra “pija”, “correcaminos” y “Lady Gaga”; h) cuentos con una respiración inusual: solo tres. Cuentos fantásticos: aproximadamente quince. Con extraterrestres: ¡la mitad!

4. Obvio que todo depende de las definiciones de “cuento” que cada uno tenga. Un amigo que ganó un concurso literario me contó que en la premiación una jurado se acercó y lo felicitó, mientras que otro jurado le dijo que él había votado en contra, que no podía creer que premiaran “una anécdota”. Pluralista, curioso o demagogo, entré al concurso sin una definición de cuento (sin que me interesara imponer una definición) pero a medida que leía me daba cuenta de que varios relatos tenían los mismos problemas (como si tuviesen un virus). A veces encontraba la medicina en los relatos siguientes: había uno con una escena hermosa de un tipo subiéndose al auto del padre mientras se lo llevaba la grúa; otro donde una tía monologaba en un lenguaje que era una mezcla de cinismo, hartazgo y ternura. Me pregunté, entonces, si el cuento ganador debía ser no “el cuento perfecto” sino el que mejor resolviera los problemas de los demás.

5. Una vez hecha una preselección estricta nos reunimos con el jurado y debatimos: un cuento quedó fuera por poner mal un nombre; otro por abusar de figuras estéticas añejas, otro por imponer un final “conciliador”; quedaron apenas cinco o seis. A buena parte de ellos podríamos haberle aplicado la siguiente descripción: “de manera breve y precisa, XX, en un espacio y tiempo acotado, logra sugerir la problemática vida de su personaje”. Claro que es difícil narrar en cinco páginas (máximo permitido por el concurso); claro que, dadas esas circunstancias, atenerse a ciertos límites temporo-espaciales y narrar con atención y cariño (no “piedad”) por el personaje son una buena estrategia. Ese sería un final para este texto y para mi primera experiencia como jurado: un final lleno de comprensión y atención a las circunstancias.

6. Pero prefiero otros finales. Flannery O’Connor da un discurso semi indignada sobre el arte del cuento: dice que hay personas que quieren escribir acerca de problemas, no de la gente; Hebe Uhart, insiste en que hay que aprender a mirar y a escuchar, y evitar caer en la idealización del personaje, como la del canoero que siempre canoa. Daniel Durand tiene un texto fantástico acerca de los consejos literarios; Piglia insiste en la importancia del secreto y de los finales. Quizás el mejor consejo literario que leí recientemente está en la primera página de los Cuentos Completos de Gandolfo, donde, sencillamente, le agradece a sus cuentos preferidos. “Los mejores cuentos que leí tienen algo incomprensible, algo inesperado”, leí, también, hace poco. Me quedo pensando en eso, armando una lista de mis cuentos preferidos y esperando a que la próxima vez (en el concurso, fuera de él) el problema sea lo inusitado, la diversidad. 



Me mudé de la casa vieja. Me mudé de la casa a la que me mudé. Es una larga historia que a nadie le interesa, pero de la que puedo escribir sin que nadie se de cuenta.

Mientras tanto, van cuatro cuentos en la revista international penúltima.
Uno con boyband, uno con tachones, uno con curva climática, uno "sin personajes".

Pueden encontrarlos haciendo clic aquí.



Huele a espíritu adolescente
(Reseña de "Las chicas", de Emma Cline)


1. Irse de casa: ¿cuántas novelas, cuántas canciones, cuántas películas tienen por tema “irse de casa”?: el oso de Moris, el hijo pródigo, Odiseo, Alicia en el país de las maravillas; En el Camino, de Kerouac; Moonrise Kingdom, de Wes Anderson; Extraños en el paraíso, de Jarmusch; Esperando la Carroza, Rayuela; A medio borrar, de Saer; Stranger Things, etcétera. ¿”Irse de casa” no debería ser un género, un estante particular de las librerías y los catálogos? Uno de los capítulos de la nueva temporada de Black Mirror es sobre un rubiales que se va de casa. La nueva serie Westworld es sobre una empresa que vende una alucinante experiencia virtual: irse de casa, viajar a un pueblito del siglo XIX, ser un aventurero omnipotente e inmortal. Claro que los androides que la habitan (y que no saben que son androides) empiezan a “despertar” y a “querer irse del pueblo”: esa es apenas la primera parte de la canción, del resto todavía no sabemos nada. Es precisamente a esta exitosa (y mítica) estantería donde pertenece “Las chicas”, la primera novela de Emma Cline.

2. Aunque, para ser más precisos, la novela de Emma Cline (nacida en California en ¡1989!) no es sobre una chica que se “va de la casa” sino más bien sobre una adolescente que huye de su disfuncional contexto familiar y termina en el lugar incorrecto: junto a un grupo de aparentes semi hippies que idolatran a un hippie peligroso y extorsionador que está esperando comenzar su carrera musical. La novela comete el gran acierto de no centrase en el hippie peligroso, sino en “las chicas”; es decir, (en sentido específico) el grupo de tres jovencitas con las que se obsesiona la protagonista y (en sentido general) “las adolescentes”. Adolescentes: Mtv fue un canal de videoclips musicales que se transformó en un canal de pop para adolescentes; hay quienes dicen que “El guardián en el Centeno” es la novela donde “se inventa” el adolescente moderno: un sujeto conflictuado, semimarginal, apresado por las instituciones, en pleno despertar sexual y en tensión con su familia. Y luego está la “literatura para adolescentes”, ese lugar donde brillan los youtubers y en donde resalta John Green, autor de “Bajo la misma estrella” y “Ciudades de papel”. En las novelas de Green siempre hay un personaje femenino encantador, liberal y conflictuado, a quien el personaje masculino busca y sigue; hay poemas, canciones hipster-cool y adolescentes levemente (razonablemente) inadaptados. Cline parece alimentarse de (y contrarrestar) el fenómeno Green, regresando a las fuentes salingerianas: lo que se dice una astuta (madura) lectura del mercado.

3. Podría decirse que “Las chicas” cuenta dos historias: la de una mujer de cuarenta y tantos años y su pasado como una chica de catorce. O podríamos decir que cuenta tres: la de una mujer madura en pleno retiro espiritual, conviviendo ocasionalmente con dos adolescentes, mientras recuerda su adolescencia y, en particular, el momento traumático en que se juntó con un grupo de jóvenes desquiciados que vivían en comunidad. Cline recurre tanto a la novela con adolescentes como a la novela histórica y al policial a sangre fría para narrar esa “adaptación libre” de la vida junto al clan Manson. Sin embargo, no es sólo en la combinación de esos tres “géneros” donde brilla Cline, sino en el modo en que reflexiona y escribe sobre la adolescencia: “A esa edad yo no estaba segura de cómo moverme, si caminaba demasiado rápido, si los otros notaban la incomodidad y la rigidez que había en mí. Como si el todo el mundo estuviese evaluando constantemente mi actuación y la encontrara deficiente”, escribe Cline. “El mundo secreto que habitan los adolescentes, y que sólo emerge de vez en cuando y por la fuerza, para acostumbrar a sus padres a asumir su ausencia”; escribe. “Pobre Sasha. Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas”, dice y dispara, una y otra vez.


4. Capote + Green + Salinger + algo de Richard Ford + algo de John Banville: quizás así podrían resumirse las influencias o el mapa en donde se mueve la primera novela de Emm Cline, aunque quedaría tanto afuera. Podríamos preguntarnos de cuál de las eximias narradoras norteamericanas está más cerca la novel autora: ¿O Connor, Moore, Berlin, July, ninguna de ellas? También podríamos buscar su paralelo argentino contemporáneo y consultar qué novela se le parece, cuál de todas esas que hablan de jovencitos pop que crecieron en los noventa, escritas desde un yo remilgado, irreverente. Se podría pensar, además, en el éxito mercantil del tema “asesino serial” y luego en “El Clan Puccio” que espectacularizó su fama durante el 2015. O mejor, podríamos preguntarnos si no es Cline ese punto de cruce entre la prosa elegante y tensa de Samantha Schweblin, el lenguaje reposado de Selva Almada, el policial a lo Almeida, y lo siniestro y terrorífico en Mariana Enriquez. De uno u otro modo, ahí queda Evie Boyd, la mujer que protagoniza la novela: encerrada con sus recuerdos, atrapada entre la aparente inocencia de unos adolescentes y “la chica” que fue, la que creyó ser, todas la que podría haber sido. Como si la adolescencia fuese un idioma confuso, repleto de gestos de violencia y amor: una dimensión paralela, un cofre (brillante y a la vez oscuro) de inagotables promesas sin cumplir.




(publicada en Hoy Día Córdoba, noviembre)



El otro sur
(reseña de "Australia", de Santiago La Rosa)


Un hombre y una mujer regresan a casa luego de que ella pierde al hijo durante un parto. La mujer (Gabi) se envuelve en las sábanas, él la mira y nos dice que parece como si  ella estuviese fuera de la realidad, alienada ante tanta medicación. Luego él deambula por la casa, como si no reconociera el lugar, o como si acabara de mudarse o estuviera soñando. La pareja, nos enteramos entonces, vive en Australia.
Ese es el comienzo de la novela de Santiago La Rosa, un comienzo nada atípico, salvo por el lugar geográfico. Luego de ese primer capítulo la mujer sigue creyendo que va a tener al hijo, el tipo no deja de mirar todo desde fuera, como si también estuviese anestesiado, luego aparece un tal doctor Hughes que propone explotar financieramente el “milagro”, cámaras de televisión, un lugar llamado “Bar Morroco”. Estas dos parecen ser las principales arterias de la novela: un particular estado de anestesia y el paulatino enrarecimiento de la trama.
Acompañando el auge de la “sick lit” y de los dramas “realistas” de pareja, “Australia” se vincula a su vez con las series televisivas que se desarrollan en hospitales, con el desarrollo exponencial de la industria médica y con la traslación de una historia a un espacio “extranjero”, un recurso que atraviesa la literatura argentina desde los cuentos de Borges hasta “La construcción” de Carlos Godoy. Casi a la mitad de la novela el narrador-personaje le explica a una prostituta ecuatoriana el modo que tuvo de adaptarse al nuevo país: haciendo sustituciones, le dice, los canguros por las vacas, el teatro Ópera por el Colón, un grupo aborigenista cortando una calle australiana en lugar de un piquete gaucho. Esa operación de “adaptación” es, justamente, el modo más eficaz de extrañamiento que produce la novela, pero con el efecto inverso en el lector, quien nunca termina de adaptarse y ve cómo las distancias se ensanchan y se acortan constantemente.
No es casual, entonces, que la contratapa del libro la escriba Roque Larraquy, uno de los narradores contemporáneos especializados en el extrañamiento de la trama; incluso un detalle como la dedicatoria del libro adquiere fuerzas llamativas: “para Soledad y Aurora”, leemos, como si con esos nombres no sólo se invocara una presencia (íntima), sino también el símbolo del nacimiento y el de lo desértico, lo aislado.
Hace poco María Moreno recordó una de esas hipótesis contundentes respecto a la literatura argentina: que nace y que está fundada (desde Echeverría) en la violación. “Australia” parecería señalar hacia otro eje, uno acaso límbico, donde se encuentran el hijo de la Maga, el hijo de Odiseo, la distancia del rescate de Schweblin, la virginidad de Borges: una literatura solitaria, fundada en los hijos perdidos. 






(publicado en La voz del interior, noviembre)

Cosas extrañas sobre Cosas extrañas
(publicado en Hoy Día Córdoba, Agosto)




Voy a escribir acerca de tres detalles extraños en “Stranger Things”, la serie del momento. Primera aclaración al lector: el mundo está repleto de gente que dice que la serie es una genialidad, que celebra la banda de sonido y que habla obsesivamente de sus referencias ochentosas. Como consecuencia hay, a su vez, quienes señalan que la serie está sobrevalorada, que es una estafa sentimental, que es una burda copia vacía y que es un producto elaborado en base a un algoritmo que indicó que hacía falta explotar la expectativa de un grupo etario, etcétera. Segunda aclaración al lector: habrá spoiler; igual siga leyendo, disculpas. Ahora sí, un resumen: “Stranger things” es una serie ambientada en los años ochenta sobre un grupo de niños cuyo amigo desaparece en un bosque y que encuentran a una niña calva con superpoderes mientras un monstruo sin cara sale a cazar ciudadanos por las noches. ¿Cuál es la explicación de que eso pase?: un experimento científico para producir una súper espía letal que sepa los secretos de la Unión Soviética. Plus de la serie: el conocimiento del género y de varias de sus grandes obras (y no exclusivamente las de los años ochenta).

I. Empecemos por el grupo de niños, una versión paralela, nerd y progresista del grupo de muchachos de “Los Goonies”. En lugar del niño rebelde, el gordito torpe, el científico oriental precoz y el buen niño yanqui, tenemos al hijo de una madre divorciada pasada de rosca, a un chico levemente obeso y sensato al que llaman “sin dientes”, a un chico negro decidido y de mal carácter, y a un niño de cara semialienígena y semiandrógina. Mientras que en “Los Goonies” resaltaban las diferencias, acá resalta la semejanza: son cuatro niños nerd perdidos en los años ochenta, fruto de una certera estrategia de producción de proyectar estereotipos del presente en una serie sobre el pasado. El punto es que en “Los Goonies” el detonante de la aventura era el riesgo de embargo en que quedaba el barrio donde vivían los niños. En “Stranger things” a los nerds sólo parecería importarles recuperar a su amigo perdido: si hay una mafia científica creando monstruos sin cara o si en un pueblo donde nunca pasaba nada empieza a morir gente o si de pronto existen personas con telequinesis, allá ellos. Su sensibilidad está localizada en su grupo de amigos y el malestar sociocultural les pasa por el costado. ¿Comunismo? ¿Conspiraciones de los organismos de seguridad? La sensibilidad de los niños de “Stranger things” es la primera cosa extraña: son particularmente sensibles y, a la vez, llamativamente insensibles, casi como si sólo les faltara una cuenta de facebook.

II. El segundo elemento extraño es el problema del monstruo sin cara y la heroína, “Eleven”, una niña con superpoderes, castigada y manipulada por un científico que parece más bien un empresario de modas. Es precisamente Eleven quien genera admiración en los niños protagonistas mientras aprende los hermosos valores de la amistad y la lealtad: “los amigos no mienten”, repite, y esa simple frase se transforma en su ideología. Luego protege a los niños a toda costa y les retuerce el pescuezo a varios entrometidos, hasta el punto de convertirse en la imagen (proyectada hacia la niñez) de la fuerza política por excelencia: alguien que está aprendiendo el idioma, cuyo valor es la lealtad a su pueblo y capaz de mover cosas con la mente. El asunto empieza a complejizarse cuando pensamos en el monstruo sin cara, que no tiene pasado, que no tiene lenguaje y que está absolutamente solo en una dimensión paralela. ¿Por qué no tiene cara? ¿Por qué aparece cuando la niña está al borde de conocer los grandes secretos de los militares rusos? ¿Por qué es “el mal”, si solo mató a una chica colorada por quien nadie muestra mayor interés (¡ni siquiera aparecen sus padres!) y se comió un par de animalejos, mientras que Eleven descuartizó a unas buenas decenas? Retomamos: el segundo elemento extraño es el monstruo sin cara, la heroína y, principalmente, nosotros: los monstruos del otro lado.

III. La acumulación de objetos extraños podría seguir: se podría hablar de la sutil defensa del consumo de LSD como forma de evolución de la especie que hace la serie y de la extrañísima decisión de que la mafia científica se camufle en una compañía de electricidad (aleluya!). Mejor ir al tercer elemento extraño: el otro mundo, la dimensión paralela, ese lugar espacialmente similar al “mundo real”, pero donde sólo hay árboles hechos mierda, una niebla invasiva, podredumbre y nada de qué alimentarse. Es decir, una especie de Chernobyl expandida que se mantiene apartada, sin posibilidad de contacto con “el mundo real”, hasta que un exceso de potencia abre la puerta donde aquel mundo queda en contacto con este. El resultado es un mensaje de ambiguo ecologismo: tanta fuerza, tanta experimentación ilegal, traerá el desastre a este mundo, pero igual sigamos jugando a nuestros humildes juegos, parece decirnos la serie. Ahora bien: en esa dimensión paralela el monstruo sin cara, vivo o muerto, estaba solo. Es esa soledad, intraducible, sin gestos, descarnada, la que la serie esquiva, y la que inquieta. Otra vez suena el mantra de la civilización y la barbarie: esa particular costumbre de crear la soledad de los monstruos, dejándolos sin historia, sin familia, sin razón, en una forma constante, paradójica y violenta de ejercer la democracia contemporánea.





Gatitos!
(publicado en Hoy Día Córdoba, Julio)




1. Hace unos meses en casa hay un gato. Se llama “Pinocho”. Al principio se llamaba “Pina” pero semanas después la veterinaria nos avisó que no era “ella” sino “él”. Así que hubo que ponerle algo que comenzara por “Pin@” para no generarle problemas de identidad y de oído y, como en cierto modo nos había embaucado, le pusimos “Pinocho”. Pinocho es cariñoso sin ponerse denso; lo hemos castrado, así que evita excesivas demostraciones territoriales. Mantiene un comportamiento ejemplar: horarios de comida, horarios de salida. Rompe sólo lo estrictamente desechable, juega como si fuese un animal-niño y hace cosas que hacen los gatos en Internet. Tiene el premio al gato del mes todos los meses, aunque sólo haya un gato en casa.

2. En realidad no es sobre Pinocho que quería escribir, sino sobre el mundo de los gatos: no sobre el “alma” de los gatos y su comportamiento, ni siquiera sobre los gatos célebres (el gato con botas, Félix, los Thundercats, el gato de Cheshire). Es sobre los gatos contemporáneos que quería escribir. Esos que salen en Internet, donde se hacen virales los bebés, cualquier cosa que tenga que ver con Star Wars, las parejas anunciando su matrimonio y ellos. ¿Por qué hay tantos, por qué son tan famosos, qué queremos decir cuando decimos y posteamos “gato”, qué queremos mostrar, cuál es la felino-ideología, qué es lo que oculta? Miau.

3. El primer gato que “tuve” se llamaba Puli, porque tenía pulgas y porque yo tenía diez años y mi ingenio era escaso y literal. Puli se murió a los dos meses. En realidad se trepó a un pino, bajó tres días después, comió, salió corriendo satisfecho y lo atropelló un auto. Por esos días (mi memoria insiste en que fue el mismo día, pero yo desconfío) también “tuve” mi primer muerte. Falleció mi abuelo paterno, luego de meses ausente (en realidad, desde la perspectiva del adulto que yo todavía no era, debería escribir “agonizante”). Me acuerdo que lloré muchísimo, encerrado en el baño, desconsoladamente, a mares. Lloré así por Puli, el gato, por el auto, por la mancha en el cemento. No detesten a ese niño sin corazón. Existen los vínculos familiares y los vínculos elegidos. Ese gato fue la primera criatura que quise sin obligación ni necesidad: caprichosamente. Se fue a los dos meses. Ni siquiera llegué a entenderla.

4. Primera hipótesis: no es “la imagen del gato” lo que se festeja cuando mostramos imágenes de gatos, tanto en aquellos viejos horóscopos de bolsillo como en la era youtube. Lo que vemos y festejamos es la domesticidad. Es decir: no que el gato sea tan doméstico y forme parte de nuestras humildes vidas, sino que nosotros seamos los gatos de la tecnología y del tiempo: que estemos familiarizados, que estemos a gusto, que todavía seamos una mezcla de animales salvajes y bichos semi rutinarios. Segunda hipótesis: no es “la imagen del gato” lo que celebramos, sino la de cierta naturaleza simpática pero impredecible, egoísta pero dependiente, ingenua y semi-adaptada. Es decir: somos los gatos de nuestro reino, somos gatos travestidos de gente que necesita, de vez en cuando, hacerse la inocente. Un Freud gatómano postularía: “el inconciente tiene forma de gato”.

5. Pausa: esa imagen del planeta Tierra como canica necesitó de siglos y siglos y recién apareció con el satélite y las cámaras. La imagen de la gota estallando en partículas a mínima velocidad necesitó de la cámara lenta, y ahora soñamos con ella, podemos incluso cerrar los ojos y palparla. Internet permitió la visualización global de los gestos de autismo de los gatos, de sus ataques erguidos de costado y de las divertidísimas reacciones de shock ante la ingesta de helado. Hemos llegado a un estado de mascota-humanismo general. Como si no se hubiera conquistado el sueño de la razón, pero sí cierto sueño específico de la zoología. Amamos a nuestras mascotas. En la foto de familia ahora se ven: mamá, papá, la hermana, el hermano, el hermanito, el tío loco o la tía solterona y una mascota durmiendo sobre el lente de la cámara. Obvio que se puede cambiar gato por perro.

6. Porque siempre habrá gato encerrado: tanto en las valijas escondidas en un falso convento como en las cuentas panameñas del político de turno. Tanto en la vida social, que parece pender constantemente de un hilo y sin embargo, sostenerse; como en la fe que nos mueve cada día a ser perseverantes en algo (cualquier cosa). Pero mejor ir otra vez de lo abstracto a lo concreto: con mi familia es semi imposible hablar estrictamente de política porque nos enervamos y se pierde el clima de bienestar social. Podemos, en cambio, hablar de gatitos. Mostrarnos fotos, señalar defectos y virtudes, recordar a aquel gato muerto y desear un futuro de prosperidad humano-felina.

7. ¡Gatitos! El video donde un gatito boxea a un tigre de peluche. El video donde un bebé le da un manotazo a un gato y este contraataca. El video en cámara lenta de un gato saltando hacia cámara, esa sublime plasticidad divina. Los gatos ninja, accediendo a lugares que parecen imposibles (¡envidia!). La obsesión de los gatos con las cajas. El video donde un tipo cae a una fosa y es destrozado por un tigre. Un león en la selva. La selva: el lenguaje de los seres con los que nos encariñamos y que apenas si podemos comprender. Miau.




¿Cómo permanecer completamente?
Publicado en Hoy Día Córdoba, Junio) 




1. Primer semestre del 2016: salieron el disco nuevo de Beyoncé, el disco nuevo de PJ Harvey, el nuevo de Rihanna, de Sia, de Andrew Bird, el disco nuevo de los RHCP, el último respiro de Bowie, etcétera. El mercado de la música internacional clama, continuamente, novedades. Y en ese clamor también estuvo incluido “A moon shaped pool”, el último disco de Radiohead, una banda que hizo uno de los mejores discos de la década del noventa, uno de los mejores discos de la década siguiente y de la que no había novedades desde su último y tibio “The King of Limbs” (2011). El 1 de mayo, día internacional del trabajador, las redes sociales de Radiohead quedaron en blanco: nada por aquí, nada por allá, como si algo inminente estuviese por pasar, como si la banda estuviese haciendo una pequeña huelga publicitaria, como si estuviese citando, astutamente, uno de sus temas: “cómo desaparecer completamente”.

2. Unas horas después, el pánico cedió y se confirmaron los rumores: habría disco nuevo. Todo empezó con el estreno del video “Burn The Witch”, siguió con el estreno del video “Daydreaming” y terminó con el estreno del disco en las redes. Elogiado por la crítica, festejado cautelosamente por fans, despreciado por los trolls, el disco llamó la atención por un conjunto de curiosidades: el amague previo de desaparición mediática, el hecho de que muchos temas ya eran conocidos por los fans, la información de diván que indicaba que Thom Yorke (cantante de la banda) se había separado de su pareja luego de 23 años, el orden alfabético de los temas, que la primera canción pareciese una trampa que tenía poco que ver con el clima (cálido, envolvente) del resto del disco.

3. En las reseñas y comentarios de “A moon shaped pool” se remarca la presencia fantasmal (o sutil) de guitarras; los acertados arreglos de cuerda vinculados a Lord J. Greenwood (o a Mr. Godrich); el ambiente calmo o dulce, contemplativo o melancólico, que generan las canciones. Hay un par de temas con reminiscencias folk, uno con un inusitado comienzo bossa, uno que parece una versión apocalíptica de un tema de Coldplay, uno con un piano hipnótico sobre el que escuchamos “los soñadores / ellos nunca aprenden”; otro que es una canción de cuna que describe un cataclismo. Y ahí está, también, una de las marcas registradas de la banda: la hipnótica voz de Yorke hablándonos, al mismo tiempo, de una experiencia íntima y de una desazón y un malestar planetarios: “Los corazones rotos hacen que llueva”, nos dice; “Venimos de la tierra y a ella volvemos: el futuro está adentro nuestro”, nos dice; “Quemá a la bruja, sabemos dónde vivís”, nos canta entonces.

4. Compuesto de varias canciones que ya habían sido tocadas a lo largo de los años (pero no editadas), “A moon shaped pool” genera dos interpretaciones disímiles: la de los románticos y la de los pragmatistas. Los pragmatistas sugieren que la banda estaba urgida a sacar un disco por motivos comerciales y/o espirituales pero que, como no había canciones nuevas o faltaba (misteriosamente) la inspiración, mejor agarrar las que ya se tenían y juntarlas. Los románticos, en cambio, sugieren que en realidad la banda deseaba celebrarse a sí misma y a sus seguidores y que por eso editó una obra que es una especie de “álbum de fotos” llena de referencias, alusiones al pasado y detalles sorpresa. Un ejemplo precioso de esto podemos encontrarlo en un artículo que señala con alegría y horror que la primera palabra que escuchamos en el disco es “permanecer” y la última, “salir”, indicando y acompañando, de ese modo, la experiencia particular (y el lugar en el mundo) de quien está escuchando el disco. El ejemplo es precioso porque si, en cambio, nos centráramos en la primera y en la última frase, encontraríamos que dicen: “Permanece en las sombras”; “No te vayas”.


5. Celebración o necesidad, las interpretaciones de los románticos y de los pragmatistas sugieren tres mismos hechos: primero, que el disco ha sido compuesto, explícitamente, desde el collage y el reciclaje obsesivo de canciones, motivos y referencias (“Burn the witch” ya aparecía mencionada en el arte de tapa de un disco anterior; en el video de “Day Dreaming” pueden verse escenarios que remiten a videos anteriores de la banda; el tema “Present tense” habla de un video en el que Yorke bailaba como libre desquiciado; etcétera). Segundo, que el disco es bueno o muy bueno pero no sobresaliente (algo a lo que la banda nos ha malacostumbrado). Tercero, y no menos importante; que una banda cuya relación con el mercado y con el contexto social suele ser tensa no editó una “novedad”. Obviamente a consecuencia de esto hay quienes sobreactúan y dicen que sería el último disco de Radiohead. Ahí está, sin embargo, la última canción del disco, una canción amada y reconocida desde hace tiempo por los seguidores y llamada, justamente, “el amor verdadero espera”. De uno u otro modo, Radiohead ha vuelto a patear el tablero: editó un disco contemporáneo a la crisis de los refugiados, al crecimiento preocupante de la extrema derecha, a un clima de consumo desbordante, de feliz vigilancia y exposición colectivas, y de constante alarma ecológica. El disco esconde una provocadora pregunta destinada al ojo de la época: ¿Por qué hacerle un disco nuevo al presente? La respuesta es “Preferiría no hacerlo” y también “A moon shaped pool”.

 Los engripados
(publicada en Hoy Día Córdoba, Junio)



1. Estaba escribiendo sobre un disco y sobre una película reciente y sobre lo pequeño y lo épico y, de repente, tuve que dejar de escribir porque sentí escalofríos y un creciente malestar. Luego estornudé, luego estornudé tanto que hubo que llamar a la fábrica de pañuelos, luego fui a trabajar de todos modos y volví con fiebre y dolor de cabeza, directo a la cama. Después fui a una guardia, después volví a la cama, y así pasaron cinco días hasta que sentí que la fiebre cedía. Entonces mi novia llegó de trabajar y me dijo: tengo escalofríos, me duele la cabeza. Y le dije: es la gripe, ataca de nuevo.

2. Con la gripe llegaron varios malestares previsibles: un frío glacial que se acumulaba en el cuerpo, la falta de ganas de levantarse, la tos. Y también otros: la dificultad para pensar en cualquier cosa que no fuese “la gripe”, la falta de ganas de leer, de escuchar música o de procastinar sana y tendenciosamente. Lo único que podía hacer en ese estado gripal (además de quejarme) era mirar las primeras temporadas de Game of Thrones y ver como los zombies, la magia y los dragones esperaban para regresar a su trono. El problema era cuando aparecía la nieve y toda esa gente sumamente desabrigada apenas si estornudaba: yo temblaba de inverosimilitud y de envidia.

3. Así, escapando de la nieve interior y de la nieve ficticia, empecé a hacer una lista mental de enfermos respiratorios célebres: Kafka y la pulmonía; el libro de poemas “El asma” de Irene Gruss; Walter White, la tos tabacalera de Fogwill, el famoso “flu game” de Michael Jordan; Funes el memorioso, que muere de una ridícula congestión pulmonar; el padre agonizante al que Sharon Olds le escribe un intenso libro de poemas. Y, finalmente, el primer enfermo literario: cualquiera de nosotros, cuando era pequeño.

4. Con la gripe también llegaron las diferencias y la percepción de las diferencias: sano estaba el verdulero, que me dijo “peores males han azotado estas tierras”, hablando como un personaje de GOT. Sanos estaban mis alumnos, sana estaba la mitad del equipo de fútbol de la que formo parte (la otra mitad estaba con gripe, neumonía o faringitis). En ese juego afiebrado de diferencias entre los engripados y los no engripados, me acordé también de la forma en que mis progenitores enfrentaban la enfermedad: mi padre, previsor exagerado, ante el menor síntoma iba directo a la cama y no salía en tres días. Mi madre, en cambio, negaba que tuviera síntoma alguno: andaba con la cara roja, el estornudo en la mano y no había forma de que se quedara quieta: nominalista en extremo, decía que la enfermedad se hacía fuerte si uno pensaba en ella y le daba confianza y un nombre.

5. Claro que con la gripe vino la fiebre, y con la fiebre los sueños afiebrados, pequeños delirios a treinta y ocho grados y medio: un equipo de fútbol imaginario, llamado “Deportivo Hospital”; una banda de folklore llamados “los engripados”, dignos de un sketch capussotiano, puro estornudo coral. Un rufián llamado “David La Gripe”; un panfleto poético llamado “Aranguren”, lleno de insultos y escrito bajo la influencia de una respiración interrumpida.

6. Y mientras tanto, pasaba lo obvio: los niños jugaban a la pelota en la calle haciendo que la pelota golpeara ocasionalmente la ventana de casa. No tuve otra que callar, guardarme entre las frazadas y recordar qué era la gripe en la niñez. Exactamente otra cosa: la circunstancia indeclinable para faltar a la escuela, un momento de aventura y riesgo sin necesidad de movimiento; un milagro de tiempo en el que los segundos y las obligaciones quedaban postergados, aletargados como monstruos encerrados en una botella. Esa era la gripe literaria, la gripe infantil: nada que ver con el malestar que tenía y que hacía que cada día fuera un día perdido y una obligación acumulada en el libro de deudas, donde cada medicamento tenía un costo y cada vez que prendía la estufa pensaba en cuál iba a ser la boleta apocalíptica del mes siguiente. Esa era la gripe de la madurez: mucha culpa y la poco cálida llamarada del tiempo.

7. Pero siempre puede haber algo peor: cuando me recuperaba de la gripe, leí de nuevo la vieja “Carta de Lord Chandos”, un cuento austríaco de principios de siglo XX en el que un escritor confiesa que ya no puede usar las palabras con la misma felicidad y seguridad con que lo hacía antes, y se retira al silencio. Tuve que leer varias veces ese cuento mientras me quedaba dormido; tuve que hacer un esfuerzo similar para leer dos novelas pendientes y un esfuerzo inusual para escribir un relato. ¿Cuándo llegaría esa gripe que me quitaría las ganas de leer y de escribir?, me pregunté entonces, con pánico, anhelo y curiosidad. O, dicho de otro modo: ¿Cómo llega esa enfermedad que nos quita el placer de hacer lo que hacemos y nos transforma en otra cosa? ¿Cuáles son los síntomas? ¿Cómo se llama cuando perdemos la fe y la intensidad? ¿Qué gripe es esa? Me acordé entonces de “La soledad del lector”, un libro que es un hospital de frases y artistas agonizantes. Me acordé, específicamente, de una frase, una frase limpia, letal y sana: “El lector ha venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida”. Salud.



Sobre "Un oso polar"



“La de Natale es, decididamente, una de las voces más originales dentro de la narrativa que hoy se escribe en Córdoba. Aprender a moverse por el realismo nostálgico y distorsionado que propone implica emprender una aventura tan riesgosa y exigente como caminar sobre una delgada capa de hielo sin saber si debajo se esconde tierra firme, agua helada o un ejército de muñecas rusas con los dientes bien afilados y el jugo gástrico dispuesto a digerir a otra muñeca rusa, que en su panza digiere a una tercera y así hasta el infinito”.
(Federico Falco)

“Si Córdoba fuera la Dublin argentina –y es probable que lo sea–, Natale le pondría un humor muy sutil a los personajes de Beckett. El coqueteo de Un oso polar con lo efímero, lo deforme y lo universal, lo acercan a la poesía de Luciano Lamberti y los experimentos narrativos de Federico Falco, con quienes comparte un aire generacional de promesa no sólo en el perímetro de su provincia sino a nivel nacional”.
(Juan Terranova)

“Sin embargo, como el primero de los cuentos, los cuatro dan cuenta de un escritor original, que con las mismas fichas de los otros jugadores ha hecho una apuesta diferente, y que trae algo parecido a un aire de culminación para algunos de los experimentos narrativos más habituales de la joven literatura cordobesa. 
En el mejor de los otros cuentos, los personajes importantes llevan también la marca de la disfuncionalidad, son todos diferentes: o bien indios pieles rojas, o bien un niño que no habla y sólo escribe en el piso. En este cuento (Pieles rojas), Natale vuelve a lograr imágenes sumamente sugestivas, extrañas. Hay una preocupación casi cinematográfica en la construcción de las imágenes, tan inquietantes como ligeramente temibles. Sería una cinematografía –una narrativa– imposible, que mezclaría a David Lynch, Werner Herzog y Michel Gondry para engendrar bestias balbuceantes y encantadoras, que parecen siempre a punto de decir algo y no lo dicen, o lo dicen de una manera particularísima. 
(Emanuel Rodriguez)

“Me ha tocado estar en una mesa de escritores en la que alguien dijo que tu libro era buenísimo y por detrás escuché un coro de personas que repetían que efectivamente lo era. Creo que decir eso sin hacer ningún comentario posterior, cuando se está entre gente que escribe literatura, resulta por lo menos intrascendente, del mismo modo decir que un libro es una porquería sin dar ningún argumento”
(Pablo Dema)

“Podríamos no haber conocido nunca algunos detalles (otra vez, en apariencia) defectuosos de los cuentos. El narrador, sin embargo, se empeña en ponerlos de relieve e inscribirlos en una suerte de saga nórdica doblada al español. Natale pasa con habilidad del registro literario convencional a su versión paródica o absurda, en un ida y vuelta construido con cuidado y equilibrio. No resulta caprichoso este proceder: nos instiga, hasta deslizarnos suave pero decididamente fuera de la silla”.
(Federico Lavezzo)

 “En ese sentido estos cuentos son, más bien, las puntas de un iceberg que asoma de vez en cuando, si las aguas bajan. O mejor aún, los colores que va teniendo el iceberg a medida que el sol recorre el camino de un día. Y es que se trata de textos donde las horas pasan, errantes como los protagonistas de las historias, así de cambiantes según el modo en que la luz refracta sobre ellos. De hecho, el cuento que abre el volumen, del mismo nombre que el libro, se abre con un epígrafe de Wallace Stevens: “La lengua es un ojo”. Y se sabe, el ojo que mira es capaz de trascender el mundo real y sumergirse en otros mundos, hechos con letras pero profundamente visuales. Gilles Deleuze ha dicho que la literatura consiste en inventar un pueblo que falta. Natale transita esa senda. Y cuando se leen sus cuentos, uno siente el eco de una tradición siempre extranjera, que une a quienes buscan cruzar la línea mágica y llegar al territorio de la invención constante. La de los muchos mundos que habitan en éste”.
(Ivana Romero)


"Over the Garden Wall": la serie animada que va directamente a clásicos. Y de paso, "Intensamente". Y de paso la esquizofrenia política de los últimos meses. 
La nota, acá



Tanaka, y su precioso calendario miniatura. El descubrimiento minúsculo del 2015. 
La nota, acá.

Otro de los descubrimientos fue la versión web de la Revista Un Caño, de la que, desde el año pasado, me hice fan. Acá una nota sobre ellos (y de paso sobre un fotógrafo holandés).



Eameo fue una de los mejores sitios que explotaron en el 2015. En medio de esa explosión, escribí sobre ellos. La nota, acá





Un oso polar, reeditado :)

El desierto y su semilla (la canción)


Invitados por Editorial Clase Turista, y para el tentador proyecto "Literatura que suena", (donde intérpretes de toda Argentina le hacen una canción a su libro preferido) le hicimos este tema a "El desierto y su semilla". 




(póster de Manuel Coll. Si apretan en la imagen, dan con la canción)

// Había una vez el segundo libro de poesía //
Viaje al comienzo de la noche (Vox, 2014)




Hay varios poemas del libro desperdigados por el blog.
* También pueden leer algunos en la Revista El humo.
* O poemas y esta entrevista a cargo del gran Jorge Posada, en Transtierros
* O poemas y respuestas para la revista Aglaura, por Miss Paolini

Una reunión muy roja


Cinco Papás Noel se encontraron por casualidad la tarde del 26 de diciembre en el cruce de una ruta que llevaba de una ciudad a otra. Estaban todos más que sorprendidos de encontrarse. Ninguno entendía nada.
El Papá Noel más gordo le dijo al que era más petiso: “Vos no sos el verdadero Papá Noel, sólo sos un enano con disfraz”.
El más petiso, ofendido por los gritos del gordo, le gritó al que tenía aspecto más joven: “¡Vos no sos el verdadero Papá Noel! ¡Papá Noel es viejo!”.
Y, a su vez, éste le gritó a otro de los Papás Noel, uno que era completamente pelado: “¡Papá Noel tiene barba y bastante pelo! ¡Vos tampoco sos Papá Noel!”.
El pelado, rojo de vergüenza, miró de reojo al que quedaba, y no pudo decir palabra, porque éste último era muy parecido a la imagen que todos se habían hecho de Papá Noel. “¡Y vos...!”, empezó a decir. “¡Y vos...!!!!”.
“¡Vos tenés el pantalón muy corto! ¡Un pantalón que ni siquiera es un pantalón! ¡Es una malla!”, “¡Vos tampoco sos Papá Noel!!!”.
El Papá Noel pelado estaba en lo correcto. En realidad todos estaban en lo correcto. Uno de los cinco era demasiado gordo, el otro demasiado enano, el siguiente no tenía pelo, el otro tenía un pantalón corto que parecía una malla y el restante, decididamente, era menor de edad.

Todo resultaba muy confuso en la ruta esa tarde del 26 de diciembre, justo dos días después de nochebuena y apenas un día después de Navidad.
Al sol le producía mucha gracia lo que veía, pero como era el sol no podía opinar. Sólo le quedaba alumbrar mucho o poco con sus rayos. Trató de poner mucha, mucha luz encima de los cinco Papás Noel, pero ninguno de ellos se dio cuenta. Estaban muy preocupados. Se miraban unos a otros y otros a uno. No sabían qué hacer, ni qué decir.
En la tarde de un 26 de diciembre, en un cruce de rutas, cinco Papás Noel no entendían nada de lo que acababa de pasar.


Siguieron discutiendo en un costado de la ruta hasta que de pronto, vieron que venía un camión grande y largo y rojo. Parecía una nave espacial. Era un camión muy raro, un camión rápido, enorme y rojo.
El camión frenó de golpe, justo al lado del cruce donde se habían encontrado los cinco Papás Noel.
Un hombrecito que parecía salido de otro planeta se asomó por la ventana de conductor.
Llevaba sombrero, tenía las orejas muy puntiagudas y un ojo de cada color.

El hombrecito saludó a cada uno de los cinco Papá Noel con sumo respeto:
“Buenas tardes, señor Papá Noel enano”.
“Buenas tardes, joven Papá Noel”.
“Buenas tardes, Papá Noel que le gusta nadar en el río”.
“Buenas tardes, otros Papá Noel”.
“Me llamo Marxxx”, les dijo.
Una vez que los saludó a todos y mientras el sol alumbraba muy intensamente, el hombrecito que parecía de otro planeta se bajó del camión y les explicó a los cinco Papás Noel que siguiendo esa ruta a toda velocidad en pocos días llegarían a una fiesta.
Una fiesta increíble. Una fiesta especial.
“¿Por qué es especial la fiesta?”, preguntó inmediatamente el Papá Noel pelado.
“Yo ya estuve en muchas fiestas y siempre las fiestas son especiales”, dijo el Papá Noel más gordo.
“Yo tengo calor y quiero ir a nadar en el río o en una pileta”, dijo el papá Noel que tenía un pantalón corto que parecía una malla.
Los cinco Papás Noel entrecruzaron miradas y entonces los cinco juntos, al mismo tiempo, preguntaron:
“¿Por qué es una fiesta tan especial esa fiesta que decís?”.        
El hombrecito que manejaba el camión rojo y que parecía de otro planeta levantó la vista, le sonrió al sol, se quedó callado un rato y finalmente les dijo:  
“Es una fiesta repleta de todas las Mamás Noel y todos los Reyes Magos. Incluso hay ángeles que sirven comidas y bebidas y atienden muy bien. Se pueden quedar todo el tiempo que quieran. Puede hacer lo que se les ocurra, y pedir cualquier cosa”.
Los cinco Papás Noel se miraron.
Uno era muy gordo para ser Papá Noel.
El otro demasiado joven, el otro era muy parecido a Papá Noel pero le gustaba mucho nadar y siempre tenía calor, el cuarto era pelado, el quinto sumamente petiso.
Hicieron un círculo entre todos para tomar una decisión.
“Tenemos que ir a esa fiesta”, dijeron al unísono.
Ya no les importaba para nada quien el verdadero Papá Noel.

Entonces los cinco se subieron contentos y ansiosos al camión largo, rojo y enorme por la parte de atrás.
El hombrecito que parecía de otro planeta cerró la puerta trasera y caminó lentamente hacia la cabina del conductor.
Sacó un reloj de uno de sus bolsillos, y lo golpeó contra el piso hasta que el reloj ya no funcionó más.
“¿Es muy lejos?”, gritaron los Cinco Papá Noel.
“No, en un rato llegamos”, les respondió el hombrecito que parecía de otro planeta y que tenía un ojo de cada color.
Mientras aceleraba, el hombrecito que se hacía llamar Marxxx puso la radio y empezó a tararear una canción.
El sol miraba todo esto y se reía como si le estuviesen haciendo cosquillas.
Luego se fue del mundo, como siempre ocurre con el sol y con todas las cosas.



 (Uno de los cuentos de "Cuatro cosmo cuentos", libro para seres 
menores editado por Sofía Cartonera)
Entrevista Nudista Q





Editorial Nudista decidió hacer estas entrevistas-documentales y además subir los e-books con toda la conversación a la web. Tuve la suerte de estar entre los elegidos para empezar el proyecto. 

Pueden descargar los e-books y ver los videos acá. Por ahora somos Comamala, la grand Cuqui y yo. 
Y un nuevo video de Bosques de Groenlandia




Acá "Muñecos de Nieve", el nuevo video de Bosques de groenlandia
Filmado por Lucas Moreno, en un viaje en que regresó a Bariloche a recordar viejas y nuevas épocas. 
De la “Antología de Íconos Contemporáneos”
(fragmento, que fue publicado acá)

I

Hola, sí :)
quería comunicarme con ustedes
por el siguiente motivo
tengo esta cara todo el día :)
no sé bien qué hacer ni si corresponde
hacer algo al respecto así que les escribo :)
afuera el sol brilla como si fuese un gran monitor
y todos los animales son bestias sin conexión alguna
mi abuela no sabe usar Internet
y a pesar de que estamos en democracia
hubo fraude en las elecciones :)
así que hola, qué tal, cómo están
quiero saber si está todo bien con tener
la misma cara :) y si a ustedes también les pasa :)
si sí, pues no les parece que hay algo raro
e incómodo, digo, es una cara, nada más que un círculo
puntos y una raya doblada pero
es como si todos los países tuviesen la misma moneda
o todos naciéramos en las mismas condiciones socioculturales
o sea no habría ricos ni pobres ni pesimistas ni optimistas ni
empresarios y gente de camerún
somos todos los mismos finalmente, me entienden?  :)
hay algo que no funca ahí
en estar con la misma cara :)
todo el santo día
así que en caso de que les pase
propongo una crucifixión de esta cara :)
y si no les pasa, entonces bueno
escríbanme cómo hicieron
va a ser bueno recibirlos
en mi casa de acá
donde mi hermano compite contra los seres del universo
y tiene una cara parecida a ésta cuando le hablo :)
y mi otro hermano sale a trabajar y cuando mira la tele o
busca cómo gastar lo que no tiene o cuando se besa con su chica o
cuando se pelea con su chica y y dice que al final es puto
usa esta cara :)
acá de este lado de la tierra
“brillante” significa la luz de las cosas y cada vez menos el sol
qué bueno sería estar escribiendo eso
y que les llegue inmediatamente y ver que también ustedes
me contestan así :)
asombroso increíble


II

Pucha, chabón, a mi me tocó esta cara :(
estuve apichonado todo el santo día
hablando con la vieja y con el pa
les dije “vieja, pa, me caigo y me levanto
me desperté y me tocó esta cara
en la repartición”
les dije
“llévenme de putas llévenme de farra
llévenme de faso, de alita
pero sáquenme de acá”
la verdad un poco
me siento como el jonathan con su novia la Ushuaia
que le decíamos así porque era fría como miedo de borracho
y porque vivía en el culo del mundo y tenía
alta vista desde atrás
y cara de culo de adelante
y a la larga la cara le ganó al culo o sea así :(
con esta cara ni me vendo a la carnicería a la remisería a los verduleros
con esta cara no llego a ninguna parte ni en ninguna parte estoy
escuchame, chabón, todo el santo día yendo
a la cancha o a la concha o de trampa o de corazón
te lo digo
los hermanos sean unidos esa es la mentira primera
pero a mi me tocó esta cara :(
me quedo tranca en el sillón
y le digo al abuelo ma` sí
renuncio a todo al movimiento
y encuentro en la tristeza la paz de mi ser :(


III

Facha ;)
Toda la facha ;)
Del mundo entero ;)
Y toda la plata ;)
Cósmica, bullicio, poder ;)
Una casa con dos pinos ;)
Y dos piletas
una con agua fría y otra con vapor ;)
Sueños que se cumplen ;)
El día de los vivos ;)
Facha ;)
Toda la seguridad ;)
Interna y externa ;)
Para afrontar las cosas ;)
Días con la cantidad de horas que uno quiera ;)
La decisión de consumir ;)
Bien guardada en la caja fuerte ;)
Facha, toda la facha ;)
Una edad por cierto joven y por siempre indefinida ;)
Plata toda la plata toda ;)
Incluso para repartir ;)
Sexo, mucho sexo, mucha sexualidad, mucha droga ;)
Recitales todos ;)
El imperio de la razón relacionado con los nuestros ;)
Plasticidad, oro, electricidad full y agua ;)
Y nada que se agote ;)
Vivir en el reino de lo inagotable ;)
Que ese reino sea el de uno ;)
Como si fuésemos un puente privado ;)
Entre lo que queremos y podemos hacer ;)
Facha, mucha facha ;)
Guerra, ninguna guerra ;)
Portadas de revista, a saber ;)
Televisión menos, Internet más ;)
Un país mejor ;)
Lleno de niños ;)
Que nacen ;)
Porque quieren ;)
Y cuya dosis de esperanza ;)
Tiene mucho amor ;)
Mucha facha ;)
Y poca presión ;)
Libertad mucha ;)
Y toda la onda ;)
Así sí, sino no ;)
Metralleta ;)