Muda (fragmento)
No habrá voz en el relato. Un nudo deshaciéndose en tu boca, algo tirando, el fluir continúo, inexplicable, histérico y desesperado de algo más o algo menos que una voz.
No habrá voz en el relato.
La memoria es un placard y la puerta atascada de un placard. Las personas deambulan por allí, hay personas, luz, y por tanto sombras momentáneamente dibujadas en la puerta atascada. El placard esconde cosas tuyas, nadie te habrá enseñado a abrirlo, porque nadie salvo vos lo podés abrir. Abrir la puerta del placard es poner en ejercicio la memoria. Al abrir la puerta del placard, obedeciendo a la intención directa y al movimiento corporal correspondiente, lo que sucede es una apariencia y una realidad de orden. Proponerse abrir el placard es algo cotidiano, sencillo, realizable. Al abrirlo, de esa manera, cada cosa perdura en su sitio, cada sitio tiene su cosa, su existencia, una explicación. Al abrir la puerta atascada, la puerta no parece jamás haber estado atascada, sino ser fácil, dócil de abrir. Una bocanada de aire limpio, añejo y doméstico, te recibe.
Ahora. La chica que está sentada en el asiento de al lado aparece vestida de verde. Una remera color claro, la parte inferior cortando el ombligo, el ombligo bebiendo el aire. La atmósfera del colectivo, parece, sana. Las ruedas rebotan contra el piso, apenas si rebotan, el motor esperando salir. Afuera muchas personas se mueven y ejecutan con limpieza y amor escenas familiares de despedida. Nada contundente, nada que te impida respirar. Debajo de tus piernas, la mochila azul con los libros, el cuaderno, el lápiz. Un libro va a parar a tus manos por azar, es uno cualquiera, esperarán los demás en la mochila. Empezás a leer, pero no dejás de percibir con tu mirada izquierda el movimiento lento y pectoral de la chica que aparece vestida de verde. Tiene zapatillas de lona, gastadas. La piel tostada por el sol, lo cual parece razonable, hubo sol todo el día, toda la semana, todas las vacaciones. Es domingo, estamos en los primeros días de febrero. Pequeños rastros de algo transparente y pequeño brillan en la piel de la muchacha vestida de verde. Arenilla, te decís. Arenilla. Más arriba, el pelo amarrado; abajo, las manos, una sobre otra. El colectivo se mueve, decidido a partir. Es domingo. La chica vestida de verde no tendrá nombre, y en algún momento empezará a llorar. Cierro la puerta de cada uno de mis muebles. Más tarde, la volveré a abrir.
La habitación en donde vivo es una habitación ordenada. La primera vez que la ordené, noté, se podían percibir tres dimensiones. En una foto, un primer plano hubiese resultado inverosímil, demasiados objetos colocados uno junto a otro sobre la misma pared. Sin embargo un espacio hace que una pared aparezca alejada de la otra; del mismo modo la puerta, en el lado opuesto, metros más allá de la primera pared. Hay dos quiebres en esa pared. Desde lejos parece simplemente una, pero son tres, cortadas una, al lado de la otra.
Una chica verde llorando en una fiesta de quince. Éramos quince, quince hombres. Quince muchachos jóvenes contando chistes en la fiesta de quince. Visto desde afuera el padre de familia, cualquiera de los mozos, hubiese percibido caos, pero lo que reinaba era el orden, gestos razonables de juventud, algo de miedo e histeria, caras infantiles, escasamente adultas. Un orden nada precario, casi absoluto. Mujeres bailando alrededor, hombres y jóvenes de nuestra edad pero para nosotros desconocidos, bailando alrededor. El grupo de quince, y uno de nosotros que salió diciendo que iba al baño para luego regresar. Contábamos chistes, y parecíamos inseparables, cualquiera de nosotros hubiese creído eso, aunque no lo fuéramos. Las luces titilaron, los colores cambiaron el orden de la sala. La gente insistió en bailar, y los amigos inseparables se fueron. Una chica verde se aparece llorando en algo que parece un jardín, en un costado de la fiesta. Está sobre una silla blanca, sobre el armazón blanco de la silla blanca. Si dejo llover en el recuerdo, la chica desaparecerá, la silla blanca estará oxidada. Nunca le voy a hablar, pero la vuelvo a ver, casi rozándola, está allí. Tiene el pelo corto, negro, amarrado. La cara tensa, como corrida de lugar, mirando la ventana. El colectivo arranca. Intenta arrancar.




