Me reconcilio con las fotos encima de la mesa



Por otra parte, ya va un mes de taller de escritura en casa 13. Tenía bastante pánico, pero no había razón. Se está formando un lindo grupo. Y me hacen soñar cosas. Los pitufos desesperados buscando a pitufina en el bosque, el angelito de casa 13, quieto, a la vez conciente y acalambrado, un padre que está llegando a la casa familiar con regalo para esposa, entonces se tropieza y desaparece, un patio que es dos patios (el segundo, secreto). Y más: una chica que toma un taxi y que se encuentra con que el chofer es Cacho Buenaventura, los pies de Amelia, en una fiesta -luego en el desierto-, un gordo saltando feliz arriba de los cables de luz; una gillete, incrustada en el medio de un tobogán, una nena hermosa que se lanza, y todos vemos…
Gerardo, que escribe sobre Mirtha y Susana, una de ellas sin brazos, perdidas y anónimas en un callejón (entonces planean robar una silla), y que cuando les leo el poema de los mirlos de Wallace Stevens, dice “era como abrir la ducha y que no pararan de salir mirlos”.

Y entonces empieza mayo.
Me reconcilio con mis fotos, encima de la mesa.