A la casa de enfrente se mudaron unos pieles rojas. Llegaron en un camión de mudanza, como cualquier persona normal. Más tarde llegó una pequeña camioneta amarilla. Un indio enorme abrió la puerta amarilla del lado del conductor, y sacó todo el cuerpo por ahí. Era como si un toro saliera por la ventana del baño de una granja. Escribí eso en rojo, en medio del piso. Lo volví a leer. La imagen era correcta, estaba bien: un toro da miedo, por más que salga por la puerta o por una botella de agua mineral. El indio tenía la piel color ladrillo, el pelo negro, largo, le llegaba a la cintura. Era un pelo muy hermoso, atado en dos trenzas largas, simétricas, y perfectas. Se movió con paciencia y agilidad hacia la parte de atrás de la pequeña camioneta. Pensé "acá sale otro indio", pero sólo se bajó el mismo de antes, con una jaula. De la jaula salían unos bigotes, y algo brillaba detrás, quieto, animal, y dormido. Luego supe que era un gato. Me tomó mucho tiempo descubrir si su pelo era negro, o blanco. En realidad, ese descubrimiento es algo que pasó después.
El indio enorme volvió a la camioneta. Se movía con una seguridad inhumana, como si, realmente, después de salir, pudiese volver a entrar. Una vez dentro, puso una mano gigante en el volante, mientras apoyaba el codo o la pierna en la ventanilla. Miró de reojo. Una trenza salía por un costado, era como un tatuaje de pelos en la puerta amarilla del conductor.
¿Qué te pasa?, preguntó.
No contesté. Pasaron unos segundos, me miraba fijo, apenas si se movió.
Después encendió la camioneta.
"Infierno vacío, se llama", me dijo, antes de arrancar.
Escribí el nombre del gato en el margen izquierdo de una baldosa.
El indio de la camioneta amarilla, durante un tiempo, no volvió a aparecer. Mientras tanto en el barrio todos parecían haberse acostumbrado a la presencia de los pieles rojas. En realidad, no era algo muy difícil, ya que apenas si se los veía. Salieron por primera vez la noche de la mudanza, cuando llegó un camión con pequeñas piedras, que fueron depositadas en la entrada del garage. Eran tres piel roja. Dos hombres que desde lejos parecían gemelos, y una mujer con botas, rostro café con leche, pantalón corto y camisa escocesa gris. A partir de entonces ocasionalmente se los veía salir y buscar algo entre las piedras. No, me expreso mal. No buscaban "algo", entre las piedras, sino piedras entre piedras. Se la daban a la piel roja de la camisa escocesa, que no decía nada, y ponía las piedras elegidas en el bolsillo izquierdo del pantalón. Durante mucho tiempo, nadie, salvo los indios, entró a la casa. Era raro. Como si otra vez nadie viviera allí, pero además como si algo malo hubiese pasado, y nadie quisiera mirar. Una semana y media después de la mudanza, Doña Alba atravesó, curiosa, el portón. Llevaba una taza vacía, en un plato de porcelana, que no dejaba de temblar. Buscaba azúcar, polvo para lavar la ropa, levadura, o sal. No la atendieron, si bien haberlo hecho hubiese, a efectos prácticos, carecido totalmente de sentido. Nada podía sostenerse en esa taza, que estaba condenada, bajo cualquier pequeño movimiento nervioso, a caer.
Durante la noche, en la parte de atrás de la casa, se veía una hilera de humo, creciendo de manera vertical hacia el cielo.

Pieles rojas (III): Chica fácil
El tiempo pasaba rápido. El piso de la entrada de casa estaba todo escrito, ya casi no tenía lugar. La tarde del nueve la señora piel roja saltó, con mucha agilidad, el portón, y se dirigió a paso de tigre hacia mí. Tenía la misma camisa escocesa, la mirada negra, presente, y perdida. Se acercaba cada vez más, pensé que iba a traspasarme, y desaparecer. Me estuve quieto, buscando un lugar vacío en el que anotar. Cuando levanté la vista, lo sabía, ya estaba allí. Ella empezó a tocarse uno de los senos con el revés de la palma de la mano como si con eso me quisiese comunicar algo, me miraba a los ojos, y estaba parada, sin hablar. Después desvió la vista, hacia el piso. "Infierno vacío", leyó.
No contesté.
"Ése es el gato", dijo.
Ella seguía parada allí, y el tiempo pasaba; la luna empezó a salirle por detrás.
"Me llamo Leonor", me dijo.
"Aunque Eugenio me llama `Chica Fácil´".
Sonrió, y movió hacía mi una de sus piernas. Repentinamente las cruzó, puso una mano arriba de la otra, sacó un cigarrillo y empezó a fumar en esa posición que me hacía recordar una silla o una mesa, de mimbre o de cristal.
"A Eugenio antes lo llamaban `Caballo corriendo bajo el blanco del Sol´".
"En cambio a su hermano le seguimos diciendo igual".
No tengo más espacio para escribir, le quise decir, con la mirada.
Era de noche, y detrás de la casa de los pieles rojas empezaba a flotar, otra vez, una estela de humo.

Pieles rojas (VI): Mirada hosca y Chica fácil
"Balas", me había dicho Leonor.
"La vida es como dos balas, en el momento en que una se cruza con la otra".
Cada vez más oscuro y más enorme ese cuerpo de pies descalzos.
"¿Qué mirás?", me repitió Bavario.
En la pirca de la casa, el gato esperaba sentado. Las dos patas delanteras estaban casi, una sobre otra, la cola debajo, como si el gato se hubiese cazado a sí mismo, y ahora fuese el turno de esperar. Tenía las orejas erguidas, apuntando hacia piel roja, o hacia mí.
Los nudillos de la mano le seguían sonando a Bavario, insistía, parado allí. Tan cerca, que si no hubiese sido por los agujeros producidos por el movimiento en los dedos de la mano, sólo lo hubiese visto a él.
"Vamos a casa", dijo Leonor, apareciendo por detrás.
Piel roja no se movía, el pelo suelto y negro empezaba a ocupar todo el campo de visión.
Leonor lo abrazó por atrás, como un oso a una serpiente, y se lo llevó.
"Uno de estos días vamos al río", me dijo, conciliadora.
Cuando Bavario se retiró, vi que el pelo negro le llegaba más abajo que la cintura, como una bandera, que flameaba.
Pieles rojas (VII): Observaciones en el agua
Leonor siempre tenía el rostro relajado, distendido, debía dormir muy bien. Si había sol, por un efecto extraño de la luz, la piel le brillaba. O quizás no era la luz, sino Leonor. Se movía con mucha agilidad, no hablaba rápido, pero tampoco lento, como los demás. Parecía que hablaba menos por hablar que por otra cosa, como si estuviese buscando algo, que siempre se le volvía a perder. La miraba y anotaba todo esto en el piso, la lluvia y el tiempo habían ido borroneando las cosas y sin embargo, otra vez, casi no quedaba espacio. Leonor saltó el portón y me vino a buscar. Llevaba un pantalón vaquero cortado por la mitad, marrón. Había sol, y las piernas le brillaban, igual que la cara, los brazos desnudos, los senos y toda la parte de la cintura que dejaba ver una camisa escocesa roja, que parecía haber sido cortajeada y luego vuelta a cortar.
Fuimos al río. Los árboles ya no guardaban nada de lluvia, y los perros se volvían a lamer. El aire era nuevo, distinto, con el leve pero reconocible gusto de un cambio momentáneo y caprichoso de estación.
Nos sentamos arriba de una piedra alta, mirando el agua.
Leonor se empezó a quitar la ropa, quedó aún más desnuda. Luego saltó.
La vi caer al agua, el movimiento fue tan preciso que casi no alteró la superficie del agua. Ahora se sumergía, iba y venía, a veces desaparecía, tan debajo, que no la podía encontrar. Después descubrió una cascada, con un hueco debajo. Me la señaló, al tiempo que decía algo que no lograba entender.
En la cascada, el agua caía y los pelos amenazaban irse con el agua, pero se quedaban allí.
"No te queda lugar. Vas a tener que usar la calle", dijo Leonor.
Tenía seis piedras de distinto color en la mano.
Me señaló una.
Ésa era yo.




