Miles de conejos
(fragmento)




La nena está sentada en la vereda del supermercado. Se refriega los ojos sin parar, está tratando de sacarse una basurita. Si la madre la viera le diría “no te toques, es peor”. La nena lleva zapatillas rosas con rayas blancas y un pantaloncito violeta. Tiene una campera puesta, las mangas de la campera le llegan más allá de las muñecas y tiene que arremangarse cada dos por tres. Por la vereda pasa un hilillo de agua. Estuvo lloviendo toda la mañana y toda la tarde del día anterior. Si la madre no fuera la madre sino una niña, estaría a su lado y le diría “imaginate algo en el agua”; la nena se dejaría de fregar los ojos y se enchastraría las manos con el agua sucia que pasa por la vereda. Sería divertido.
Un hombre se acerca. Da unos pasos como para cruzar la calle, saltar un charco, pero se detiene en ese lugar. Deja las bolsas de supermercado en el piso. Se arremanga las mangas de la campera, que le quedan largas, y saca un pañuelo todo arrugado y lleno de mocos que llevaba en un bolsillo. Se sopla la nariz dos veces. Después levanta las bolsas de supermercado e inmediatamente las vuelve a soltar.
–¿Cómo te llamás? –pregunta el hombre.
La nena levanta la vista. No puede ver bien porque tiene los ojos irritados.
–Victoria –responde ella.
–Qué hermoso nombre –dice el señor.
Si la madre de la nena estuviera junto a la nena, la retiraría educadamente. Caminaría unos metros sin decir nada, después trataría de hablar de cualquier cosa: de las ofertas de supermercado, de la escuela a la mañana, de la vida de ayer. A Victoria no le costaría nada hablar de una u otra cosa. La cuestión no es empezar. La cuestión es cuando detenerse.
–Mamá está en el súper –le dice Victoria al hombre. Y levanta un dedo y señala hacia cualquier parte, detrás de ella, como si cualquier lugar de ese mundo fuera el lugar que ella dice. Un auto pasa a toda velocidad y otro auto pasa a toda velocidad y un abuelo sale del supermercado. Camina muy despacio, como si fuese cinco personas en un solo cuerpo, todas apretujadas, con fiebre y frío.
–Yo me llamo Eugenio –dice Eugenio. Se suena la nariz de nuevo y después se mete el pañuelo en el bolsillo izquierdo de la campera. Un bolsillo enorme; en él también lleva: el control remoto, unos calendarios porno, veinte pesos y un llavero con un nadador adentro de un pez. Vuelve a arremangarse, levanta las bolsas del piso. Da unos pasos. Luego se acerca a la nena y le dice.
–Vamos a tomar la leche a casa Es acá cerca.
La nena está concentrada refregándose los ojos. Eugenio suelta una de las bolsas, se agacha y le limpia los ojos a la nena con sumo cuidado. Abre bien una de sus pestañas y mueve los dedos sin lastimarla hasta sacar de uno de los ojos de la nena una especie de piedrita.
–Todos llevamos una piedrita hermosa adentro –le dice.
Victoria sonríe. Se paran y se van caminando.



La casa de Eugenio queda a tres cuadras del supermercado, al lado de una esquina donde hay un baldío y unas casas en construcción. Si alguien viviera en esas casas, vería a dos personas caminando de la mano. Las dos con campera. Las dos pálidas, casi irreales, como si hubiesen salido de casa después de mucho tiempo. Las vería cada vez más cerca, porque hay un camino que atraviesa el baldío y que pasa justo al lado de la casa. Si alguien viviera en esa casa se llevaría tremendo susto, porque en un momento el hombre se mete por una ventana y empieza a gritar: “¿Dónde estoy?” “¿Dónde estoy?”. Cambia la modulación de la voz lentamente. Al principio parece la voz de un adulto simulando el llamado a los juegos de un niño. Luego parece la voz de un niño caprichoso, luego la de una persona enferma, sin familia, en un hospital, en un pasillo muy lejano. “¿Dónde estoy?”, grita la voz. La nena espera afuera. Sin decir palabra, quieta como una estatua, como si estuviera congelada en el mismo lugar que la dejaron.
Al rato el hombre sale de la casa en construcción, le da, de nuevo, la mano a la nena.
Victoria mira la mano de Eugenio por unos segundos, luego la agarra.
–Ganaste –dice Eugenio.
Sonríe como si lo estuviese por pisar un auto. Sonríe y está triste, como si lo estuviese por pisar un auto.



La puerta de la casa es verde y está al final de un pasillo, subiendo unas escaleras. Hay unas plantas marchitas y unas macetas sin nada al costado de la escalera. También una bicicleta vieja, muy vieja y oxidada, sin llantas y con el manubrio doblado. El lugar parece sacado de un sueño: es difícil verlo pero es fácil pasar por ahí. Eugenio saca el manojo de llaves y busca una. Al sacar el manojo, se le caen los calendarios porno y el control remoto. La nena no ve nada de esto. Está llevando las bolsas de supermercado. Bolsas muy pesadas. “¿Qué hay acá?”, parece que se pregunta. Tiene que hacer tanta fuerza que se ha olvidado completamente de sus ojos, de sus manos, de su madre, de las nubes amenazantes que siguen dando vueltas encima de la ciudad.
La puerta se abre. Eugenio le quita las bolsas de supermercado a Victoria. Después la empuja, sutilmente, como si fuese una muñeca que quiere meter en una casa. Victoria se tropieza y va a parar al piso. El piso está pegoteado, parece como si lo hubiesen bañado de manteca. “Ajj”, dice la nena. Después se acurruca en el suelo y se frota la rodilla. Eugenio la deja hacer. Abre una alacena, empieza a sacar cosas de la bolsa y las mete ahí: muchísima pasta. Fideos, fideos, fideos. Fideos y más fideos. Si Victoria viese eso, saldría corriendo espantada. Ella odia los fideos. Pero no los ve. Está concentrada soplándose la rodilla. Tiene el pantalón violeta arremangado en esa pierna. Eugenio deja de meter fideos en la alacena. Mira a la nena. Se saca el pañuelo sucio y se limpia los labios, el cuello y adentro de la campera. Está transpirando. Se acerca a Victoria y le pone una manaza en el hombro. La levanta desde ahí, con la mano en esa posición. Es como si pudiera poner toda la fuerza necesaria en esa mano.
–Ay –dice Victoria.
–No es nada –le dice Eugenio. Entonces la vuelve a empujar, esta vez con más violencia, hacia el lugar donde está la mesa.
–Sentate –le dice.
Victoria no puede contenerse. Da media vuelta y grita como si se estuviese dirigiendo a la maestra, a la abuela o a cualquiera de sus padres. Grita “me quiero ir”.
Eugenio la agarra del pelo y la sienta de culo en una silla.
–Todavía no tomamos la leche –dice.



Las horas pasan. Eugenio está recostado en un sillón de cuero cuyos almohadones tienen agujeros de los que salen algodón y pedazos de lana. Hay mucho olor a pie. Eugenio está descalzo, tiene puestos dos pares de medias, uno negro y el otro negro, encima, un negro gastado que empieza a parecerse al gris. Tiene una frazada a cuadros cubriéndole las piernas y un plato con un sándwich arriba de la panza. Victoria está con la boca amordazada y las manos, sueltas, arriba de la mesa. Pone un dedo encima de otro y otro dedo encima del siguiente. Trata de recordar cómo es ese juego donde la mano atrapada luego es liberada por otra. Le duele mucho la boca. Le cuesta respirar. Trata de olvidarse de eso. Un rato antes, Victoria había empezado a los gritos. “Mamá, mamá”, gritaba, y daba vueltas alrededor de la mesa. Se llevó por delante varias sillas, tiró una azucarera y rompió un jarrón. Parecía un animal encerrado en un zoológico. Si un grupo de niños se hubiese asomado por la ventana, hubiese encontrado algo divertida la situación. Objetos en el piso, una nena que se levanta y corre y vuelve a caer y se agarra la rodilla, un señor persiguiéndola de manera aparatosa, tratando de estar siempre cerca de la puerta, juntando los jarrones y la azucarera del piso, abrazado a ellos como si fueran bebés. Victoria había dejado de correr pero no paraba de gritar. Estaba en la otra esquina del cuarto, mirando fijamente a Eugenio, esperando cualquier movimiento.
–¡Mamá, mamá!! –gritaba Victoria.
Entonces Eugenio se paró, dejó los objetos rotos tirados por el piso, se puso las manos en jarra e hizo una mueca un poco estúpida. Victoria no estaba mirando la mueca. Estaban mirando las manos y el pantalón.
Eugenio acariciaba el cinturón, la parte de cuero, la hebilla de metal.
–O te callas o te mato –le dijo.
“Mamá, mamá”, empezaron a gritar los niños en la cabeza de Victoria. “Mamá, mamá”, empezaron a gritar, también, los niños encerrados en el cuerpo de Eugenio.
–Ganaste –susurró Eugenio, y se agarró las manos como si atrapara a un animal. Después se metió el llavero en el bolsillo, fue a la cocina y al baño, entró en una habitación, rompió la funda de una almohada, volvió a la cocina y amordazó a Victoria.
–Para que no grites más –le dijo.
Victoria pestañeaba sin parar. Eugenio pensó que estaba llorando, pero no era eso. Se le había metido algo en el ojo. Una piedrita hermosa, de esas que llevamos adentro.


12 comentarios:

Yararán dijo...

oyy, no, de verdad el relato está muy bien peor la historia no me gusta, es cruel y vos no sos cruel che, ¿¿qué te pasa?? jaja, no, en serio, me pareció muy raro leer esto y que sea tuyo.
Quizás una vez terminado sea "nataleano" pero por ahora no lo es o no lo parece, siempre tus textos me dejan hermosas imagenes y este nonononoonon.
En fin, un abrazo y siga escribiendo

Ramacciotti dijo...

Aún no leí bien este fragmento como para emitir opinión alguna. Así que me reduzco a opinar sobre la opinión de sofi.
Hace un tiempo le pasé un cuento para un concurso a la luli para que lo leyera, y la respuesta que me dio fue exactamente la misma que escribe sobre tu relato la sofi. La luli decía "no, javi, vos no tenés que ser cruel, hay mucha violencia" Y yo pensaba que en todo lo que escribía de algún modo siempre hay una violencia contenida, en todo caso fuera de foco. Y acá vuelvo a tu texto: yo creo que en varios de tus relatos("nataleanos" usando la feliz expresión de sofi ja) existe una crueldad de segundo grado, como un silbido detrás de un ruido que está detrás de la canción principal. Pero hay violencia. Quizá la eleccion de los personajes(algo autistas, algo infantiles) desenfoquen y lateralicen eso, pero está. Ya voy a escribri con la sofi un artículo "La crueldad disipada en la estética nataleana: el indie, el blog y el dispositivo Kirchnerista" Ponele...

Yararán dijo...

No importa que la crueldad esté en sus otros textos disimulada o dibujada, éste no me parece un texto de Pablo simplemente eso y punto XXavier o te cago a piñas jaja. besos a los dos

Pablo Natale dijo...

Supongo que a veces uno intenta no ser uno mismo. O hacer otra cosa, ir a otros lados.
Como si hubiese tenido ganas de hacerme un corte de pelo especial. O como si lo que estuviese atrás lo hubiese querido poner delante. En fin.

Belén dijo...

a mi me gusto taaaaaaaanto. no pude dejar de leerlo.

un beso

Yararán dijo...

retiro algo de lo dicho, ya te explicaré... al final no eras tan malo ;)

Nela dijo...

fuerte!... y pega como la mierda.me gustó. impactante que me dejó con una piedrota en la panza.

Graciela Llados dijo...

Que pena que lo leí después de comer. Tengo las albóndigas en la boca y las mandíbulas tensas. Me hizo acordar a una peli terrible que vi alguna vez, adonde todo el ritmo de tensión lo marcaba un canilla que goteaba. Todavía la recuerdo . Era un peli en B&N.
Un beso maestro

bzt: dijo...

este relato me hace acordar a un calculo renal, piedrita hermosas, que llevamos dentro, y duelen de manera febril, y queres que salgan, pero sabes que van a doler mas, tanto que no sabes que elegir, por ser tan hermosamente filosas. bello y terrible...

que buen sombrero el de la foto.

hola pablo, abrazos, me voy.

Pablo Natale dijo...

El del sombrero de la foto es Jodorowsky. El cuento nació de algunas ideas de él: la piedra interior, una historia de monjes y conejos. Sigue, los personajes cambian un poco, no es tan terrorífico al final. Eso me gustaba pero ahora me preocupa. Me quedo atrapado con mi nena dejando que pase un poco de tiempo...

Yararán dijo...

tu nena jaja, ponele.
Salutes

luli dijo...

ey yo espero tus novedades editoriales... quedò libro pra mi? besos dos!
cuidate!